Publicado: vie, Oct 5th, 2018

Cuentos de otoño de Farramuntana: Lapis Navis [ II ]

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Al hombre perverso se le conoce en un solo día (Sófocles) Los dos hermanos esperaban a que llegase Fernando, de pie junto a las puertas cerradas del salón de Cortes, en Burgos. El monarca había convocado a varios nobles y al Obispo de Toledo, con la intención de acordar una paz duradera entre las facciones en continua disputa. —Parece que tu revancha se ha completado y saldremos mejor parados de lo que me temía. —Sabía que el rey entendería mi rabia. Éramos muchos los señores enfrentados al Obispo y no le interesa enemistarse con todos nosotros. Ahora que ha conseguido un pacto con el Reino de Aragón, se da la excusa perfecta para hacer las paces aquí también. —Está contento como un crío. Es buen momento para sacar tajada. Entraré solo a la reunión, tú espérame fuera. —Por supuesto. Aborrecería tener que arrodillarme frente a un mozo estúpido, por mucha corona que lleve puesta. —Jajaja, contigo nadie se salva de la hoguera. —¿Cómo llamarías tú a quien solo se mira el ombligo? Ya se sabe, sevillano y hombre de bien, no puede ser. Mientras los hermanos hablaban, pasó por su lado el Obispo, acompañado de cuatro soldados. —Buenos días Gutierre — saludó Iñigo con socarronería —. Aquí no necesitas tanta protección, hombre. Pero podrías aprovechar la compañía para que te llevasen bajo palio. El prelado sonrío y tendió la mano para que los de Turriaurelia se la besasen. El menor pasó la lengua lascivamente entre los dedos repletos de anillos. —¡Bravo! — dijo el obispo, a la vez que lamía la zona que Iñigo había humedecido — Ahora que nadie nos ve ni nos oye, no tenemos que disimular. —Tú piensa en la limpieza que he hecho entre tus filas, y que la próxima vez apuntaré más alto. —¿Me amenazas quizá? No tienes ni idea de a quién te enfrentas. —¿A un pavo castrado vestido de rojo? —Pobre ignorante. Qué extraño sería un maleficio viniendo de mí ¿verdad? Pues oye esta invocación “Por el poder de Baal Zebub, ut malediceret tibi semen”. Ahora espera, espera y verás…o quizá sean tus nietos quienes lo vean. Transcurrieron treinta años y los dos señores pasaron a una teórica mejor vida. Munio, hijo de Iñigo, mandaba ahora en Turriaurelia, y estaba aliado con Gonzalo de Monreal, el noble más poderoso de la región. Munio había dado a su hijo el nombre del abuelo. El heredero tenía también el carácter ambicioso e irascible de su antepasado. — Padre, ya es tiempo de que te retires y dejes en mis manos el poder de estas tierras. —Aún soy joven y fuerte. Puede que un día de estos te dé un hermano — se burló el aludido. —Sería un doble bastardo, porque ya solo levantas la copa. —Veremos. En cuanto a la sucesión, yo decidiré cuándo es el momento. Quiero que este periodo de paz dure unos cuantos años más. Tú y tus hijos sois demasiado impulsivos. —Y tú un buey, gordo y dormilón — respondió Guillén, el mayor de los nietos. —Gracias a este buey comes, no lo olvides. Si no te gusta el plato puedes irte y servir al señor que más te plazca. Hemos acabado esta conversación. Dejadme solo. Los aspirantes al título se retiraron rezongando entre dientes. —Tenemos que darle una lección a ese anciano cagalindes — gruñó Beltrán, el segundo hijo de Iñigo —. Creo que ya sé cómo hacerlo. Guzmán, hijo ilegítimo de Gonzalo, habitaba en el castillo de Monreal. Amigo y compañero de tropelías de Beltrán, ambos solían cabalgar juntos. En varias ocasiones habían violentado a siervas doncellas que cometían la imprudencia de entrar en el bosque solas. El padre era consciente de que su primogénito natural era un crápula, pero se obstinaba en ver en él solo las virtudes. Por ello, cuando emprendió viaje a Oriente, cumpliendo con la embajada del Rey para rescatar a unos templarios cautivos, no dudó en dejar a su bastardo al mando del señorío. Aprovechando su ausencia, Guzmán facilitó el acceso a Iñigo y sus hijos a las estancias en las que habitaban la esposa y la hija del señor del castillo. —¡Blanca, despierta! —¿Qué ocurre madre? —Baja la voz, he oído ruido de armas en el pasillo. Los cuatro intrusos entraron en la cámara a oscuras. Habían llegado hasta ella sin luz, y sus pupilas dilatadas por el hashish eran capaces de ver en la penumbra. Descubrieron a las dos mujeres acurrucadas en un rincón. Sin decir palabra, para evitar ser reconocidos, se distribuyeron las dos víctimas y las forzaron según lo que habían acordado antes de llegar allí. Iñigo prefirió a Constanza, la madre, que, al ser más experta en las lides amatorias, pensó, probablemente se resistiría menos. Por otra parte, no quería compartir la presa con nadie. Los tres jóvenes se repartieron los arañazos y patadas de Blanca. Completada la infamia, dudaron por un momento si culminar el crimen con dos asesinatos, pero Iñigo sujetó el brazo de Guzmán para evitarlo. Tenía otros planes.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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