Publicado: vie, Sep 21st, 2018

Cuentos de verano de Farramuntana: ‘Surprise’

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Los especialistas en deformaciones del alma nos tacharían de Diógenes renacidos cuando viesen como solemos acumular recuerdos, físicos y mentales, amontonados en cajones caóticos, de madera o neuronales, hasta llegar a un punto en que comprometen nuestro espacio vital. Y, sin embargo, el rey de los cínicos, al que dicen que imitamos, practicaba más bien todo lo contrario. Cuentan que peregrinaba equipado solo con tres cosas: un bastón, una bolsa en la que guardaba apenas nada, y un vaso; pero que cuando entendió que podía beber agua usando las manos, se deshizo de un tercio de sus pertenencias. Luego siguió su camino, feliz de poder caminar mucho más ligero. Yo hago ese mismo ejercicio de vez en cuando. Ataco con crueldad a las múltiples cosas que he ido apilando en los armarios y me pregunto ¿cuánto tiempo hace que no uso, no miro o no recuerdo este tal o cual chisme? Y si la respuesta es “más de cinco años”, lo tiro sin piedad a un contenedor de basura, respetando, por supuesto, el código de separación selectiva. Acabado el esfuerzo, me siento renovado, limpio, más íntimamente yo. Hoy le ha tocado a la cocina, y al final del proceso tenía dos bolsas grandes para desechar. Pero justo cuando estaba a punto de dar el visto bueno definitivo he descubierto en el rincón más recóndito, al fondo de un estante, una caja de cartón que no he podido reconocer. En el lateral tenía escrita la palabra “frágil” con letras verdes de gran tamaño y un enigmático número: 1728. Contorsionándome con grave peligro para mis cervicales, he alcanzado a la intrusa y la he sacado a la luz, con no poco esfuerzo dado que además era pesada… Al abrirla, he encontrado en su interior un kit completo para hacer queimada, envuelto en hojas de papel de periódico que ya se deshacían por efecto del paso de los años. El cazo, el cucharón y las tazas, todo de barro cocido. No tengo ni idea de cuándo o cómo me hice con ellos, pero lo cierto es que no los he utilizado hasta ahora. Eso me plantea un dilema: ¿voy a tirarlo sin haber quemado orujo en su interior ni una sola vez? O lo que es más inquietante: ¿debería deshacerme de todo sin saber nada de su procedencia? Repaso mentalmente los amigos y conocidos gallegos, por ver si así logro recordar que alguno de ellos me regaló este juego en alguna ocasión. Pero antes necesito saber la fecha en que el chunche en cuestión se convirtió en otra de mis posesiones. ¡Claro! El periódico que envuelve las piezas. El primer análisis es infructuoso, las hojas que he elegido son del panfleto “Despertad”, editado en suiza y traducido al español para los Testigos de Jehová ibéricos. Leo en él que la tirada es de más de ocho millones de ejemplares. Sorprendente. Se trata de un número de mil novecientos ochenta y dos. No me cuadra con ningún recuerdo de la época. Otras dos planas pertenecen a algún semanario en color, también de los ochenta. No hay fechas en ellas, pero las fotos del personal con hombreras y pelos cardados no dejan lugar a la duda. Sigo sin sacar nada en claro. Desarrugo como puedo la última de las disponibles y ¡bingo! es del Correo Gallego, casualmente la página veintitrés del martes veintitrés de agosto de mil novecientos ochenta y ocho. “Hoxe inaugúrase a exposición do artesán Xisé G. Capeáns”, leo en la misma. En el artículo califican a su obra de mística, como si la elaborasen “as mans dun deus antigo”. Hay una foto del artista, que, si realmente se trata de un Dios, va de incógnito. Sigo embelesado con las noticias de aquel día, sin recordar mi objetivo inicial. “O grupo Xistra de Celeiro, gañou o V festival da canción Galega”. El Hostal Colon, sin acento, ofrece habitaciones a solo dos mil setecientas pesetas y el Doctor Labella hace lo mismo con sus servicios de otorrino, previa cita, todas las tardes. No menciona precios. Devoro las letras, hasta la última, y doy la vuelta al papel para disfrutar ahora de la veinticuatro. En un rincón, con un titular pequeño, leo “aparece sin vida la mujer desaparecida días atrás”. Esta noticia, menos festiva, está redactada en castellano. La historia da para una novela. El cuerpo de la señora se encontró en una acequia cercana a un taller mecánico, del que se notifica el nombre, no entiendo bien con qué propósito. Estaba tumbada boca arriba, con las piernas semiflexionadas y un brazo delante de la cara en actitud protectora. La versión hipotética del suceso es que la infortunada se acercó al lugar, por una razón “que solo ella sabría”, resbaló en la maleza y cayó hacia atrás. Al intentar asirse a las piedras de un muro de delimitación de parcela cercana, una de ellas se desprendió y se le vino encima, puesto que la tenía sobre su cuerpo. La fallecida residía habitualmente en Sudamérica, pero estaba pasando unas vacaciones con su familia, conocidos industriales locales. Me quedo un rato pensativo y con ello, sin saber cómo, mi cerebro vuelve a la búsqueda en la que estaba empeñado antes. El año ochenta y ocho estuve de vacaciones por el norte, incluyendo una visita a Santiago. Allí debí comprar el pote. No me queda más remedio que guardarlo, para estrenarlo al menos. Mientras llega el momento, empiezo a memorizar el conjuro: …lumes fatuos da noite de San Silvestre, corpos mutilados dos indecentes, e peidos dos infernais cus… E cando este gorentoso brebaxebaixepolasnosasgorxas,tamentodosnósquedaremoslibres dosmalesdanosaalma e de todo embruxamento. Amén. Pero ¿para qué esperar? Tengo una botella de buen orujo en ese armarito que ostenta el rimbombante nombre de “mueble bar”. ¡Venga! vamos con el ritual. Esperaaaa, hace ya un cuarto de siglo que dejé de fumar, de manera que me da la impresión de que no tengo cerillas, ni mechero, ni nada que se les parezca. Quizá si pongo un papel sobre la vitrocerámica…Excelente excusa para seguir haciendo limpieza. En el trastero encontraré papeles viejos, Bajo al sanctasanctórum y abro un armario al azar. Descubro un gran cesto de mimbre, del que no recuerdo la utilidad, lo abro y, efectivamente, tiene papeles. Una docena de carpetas abultadas. Hojeo lo que contiene la primera… Son poemas, cuentos y hasta obras de teatro que escribí hace varios decenios. Me quedo estupefacto, no solo por la cantidad, sino además por el estilo. Me gusta mucho como creaba ese joven, de manera que, con su permiso, voy a ir recuperando y publicando las letras que contienen unos papeles que ya amarillean. Me olvido de la queimada. La catedral de la poesía, de ancestrales y enmascaradas puertas, de cúspide inaudita; repleta de luces sin forma, de músicas, símbolos y cristales de ideas… está en tus ojos, porque cada poema mío no es más que un espejo vacío.

Sobre el Autor

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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