Publicado: vie, Sep 14th, 2018

Cuentos de Verano de Farramuntana: ‘Dura y dura y dura’

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Sostenibilidad. La palabra está de moda y la mayoría de individuos cree entenderla de manera intuitiva, como sucede con los conceptos que vamos implantando en este marketing que lo gobierna absolutamente todo. El significado más purista sería algo así como: “característica de un desarrollo que asegura las necesidades del presente, sin comprometer las de las futuras generaciones”. Evidentemente, asumiendo que los requerimientos del futuro serán similares a los actuales, claro. Porque nadie ha viajado hacia delante para hacer una encuesta preguntando a sus tataranietos “¿qué es lo que necesitas tú?”. Sin embargo, a pequeña escala el asunto es fácil de comprender. Yo lo he logrado esta tarde contemplando un diminuto objeto, que, sin embargo, me ha producido una sensación mayúscula. Se trata de una tiza de billar. De esas cúbicas, de color azul, con las que se pinta la punta del taco. Aprovecho la ocasión para explicar su utilidad: disminuye la posibilidad de que se produzca la temida “pifia”, en la que, al golpear la bola buscando un efecto, esta resbala y nos deja en el más penoso ridículo, solo superable por la ejecución de un siete en el tapete. Para poneros más en situación os contaré que de niño y adolescente frecuentaba esos tugurios en los que se podía jugar con las máquinas del “millón”, habilines, pinballs, flipers o como quiera que las llaméis los que las habéis conocido, pero en los que también había futbolines, mesas de ping-pong y billares. A mí me gustaba especialmente practicar este último, pero no podía permitírmelo tanto como hubiese deseado, por falta del líquido elemento, esencial para dicho propósito: useasé, el money. A pesar de ello, dedicaba largos periodos a contemplar cómo ejecutaban las carambolas los expertos (hombres-viejos que utilizaban tacos desmontables, que llevaban en secretos maletines) en la mesa “grande”. Eso como era asistir a un partido de primera división, comparado con las partidas a las que teníamos acceso los principiantes, en tapiz pequeño, con tacos vulgares, muchas veces no demasiado rectos, todo ello alquilado y medido por minutos en un relojito con caja, al que volvían las bolas una vez consumido el plazo. Lo nuestro, vaya, era un encuentro en el patio del colegio. A estas alturas habréis comprendido que me refiero al elegante billar francés. Nada de esas mariconadas del “americano”, snooker, o como quiera que se le llame a ese follón de bolas de colores en una mesa agujereada. Pues bien, en esas tardes de humo, en las que todos fumábamos sin fumar, pasando horas en un local que usualmente era subterráneo, aprendí a ejecutar efectos, retrocesos, lujos, a pasarla fina-fina, a intentar algún massé sin provocar desperfectos, y a utilizar bien las bandas. Todo ello en el tiempo que se suponía que estaba reservado para los deberes. Pero quiero pensar que el ejercicio mental del cálculo geométrico y físico al que me dedicaba, era mucho más productivo para mis meninges y sobre todo para el alma. El caso es que a mí me gustaba infinitamente más. Luego pasaron los años, llegaron las obligaciones, el trabajo, el esfuerzo de otro tipo, y sus recompensas. En un momento de esa progresión tuve acceso a la compra de una vivienda, relativamente grande, en las condiciones accesibles y humanitarias del año noventa y uno. Es decir, firmando una hipoteca al dieciséis por ciento de interés. Era sufrimiento con gusto, pero pude salir adelante. Y en esa casa, en el local calificado como trastero, cabía un billar “serio”, de los de dos veinte por uno diez. Mi sueño de niño. No se hable más. Lo compré, así como un par de tacos desmontables y de calidad, ya que los que acompañaban a la mesa eran pura morralla. Aún recuerdo el día en que llegó la camioneta con las piezas que componían aquella joya, y cuánto pesaba la placa de pizarra que hace de base para el tapete. Valió la pena todo, a cambio de la primera partida celebrada justo después. Larga introducción, diréis. ¿De que nos estaba hablando este hombre? De la sostenibilidad. Vuelvo a retomar el hilo del asunto. Ayer mismo, estaba jugando al billar, una vez más, lo que constituye un excelente ejercicio de limpieza mental. En un momento determinado apliqué tiza a la punta del taco, y me fijé en la caja, de doce piezas, en la que estaban los recambios para cuando aquella se consumiese. La abrí y me di cuenta de que en ella aún quedaban once unidades sin utilizar. Después de veintiséis años jugando, de manera intermitente, eso sí, solo he gastado parcialmente una de ellas. Fue como un shock. Interrumpí la partida y me fui a surfear para verificar cuánto costaba una de esas cajas. Tenían que ser carísimas, a la vista del resultado que daban. Puede que tanto como la misma mesa. Pues bien, hoy en día se pueden adquirir por menos de cinco euros. De manera que, cuando la compré, hace más de cinco lustros, y teniendo en cuenta la inflación acumulada, debió costar unas trescientas pesetas. Como son una docena de tizas en el paquete, esta que está en uso costó cinco duros de la época. Y aún le queda sustancia. Menos de una peseta al año de coste. Por debajo de un céntimo de euro anual. Uno coma seis por diez a la menos cinco, euros por día, para los amantes de la expresión científica. A estas alturas, la susodicha caja se ha convertido en una pieza de colección de un valor muy superior, porque se siguen produciendo, pero no este modelo. Los fabricantes de tizas deben estar en la ruina, o bien trafican con coca, o venden antigüedades, o todo ello a la vez. El caso es que mis tataranietos heredarán una parte sustancial de este paquete. Quizá alguno de ellos haga la misma reflexión. Y si esto no es sostenibilidad, que venga Dios y lo vea. Post-data: ¿por qué me gusta el billar, aparte de por el motivo más evidente? Pues porque refleja a la vida. Tú piensas la jugada, visualizas los movimientos, planificas cada detalle de la jugada…y luego la bola roja, en un rebote inesperado te aparta de la trayectoria prevista. O haces una ridícula pifia. O te sale un churro, es decir, una carambola imprevista. O ni siquiera tocas la bola a la que apuntas, etc, etc. Y en todos los casos conviene ir al rincón en el que te espera, paciente, la tiza y aplicarla a la punta del taco con parsimonia, respirar profundo…y a por otra.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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