Publicado: vie, Jul 6th, 2018

Cuentos de verano de Farramuntana: El banco [ yII ]

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A continuación cinco posible finales alternativos para la historia del banco. Ruego a los lectores que voten por el que más les guste y me digan porqué, enviando un mensaje vía Messenger a mi página de Facebook www.facebook.com/llop.farraguas. Los que lo hagan participarán en un concurso, cuyo premio es una colección de los tres libros publicados por el que suscribe. Plazo hasta el próximo lunes a las 21h. (en combinación con sorteo ONCE). El resultado se dará a conocer en el Nuevo más de la semana próxima.

(Final 2)

Mientras la mujer se dirige hacia el banco, veo que el hombre que lo ocupaba previamente da la vuelta y también va en esa dirección. Puestos a imaginar, supongo que había dejado un mensaje escrito en un papelito y ha considerado que la idea es absurda, por lo que pretende ahora recuperarlo y romperlo. El caso es que coinciden ambos en el asiento. Por primera vez dos desconocidos a la vez en el mismo. Se han saludado y colocado después cada uno en un extremo. La casualidad ha hecho que ella esté en la zona en la que se oculta el mensaje. Pero no lo ve. Al cabo de un rato, es la primera en levantarse y se despide de su accidental acompañante. Entonces él recupera precipitadamente el papel y se queda un rato mirándolo. Al final, decide volver a instalarlo entre los barrotes. La canción de Jorge Sepulveda se queda allí, esperando de nuevo a una alma gemela.

(Final 3)

Todo el mundo se ha ido y empieza a soplar la mágica Tramuntana. Los bufidos son tan intensos, que uno de ellos saca al papelito de su prisión de madera y lo hace caer en el asiento. El siguiente lo lleva en volandas hasta un recoveco entre las rocas. Aparece una segunda mujer. El pelo se le alborota con las ráfagas de aire. Agacha la cabeza y hace un gesto para sujetarlo, y con ello descubre el mensaje. Lo recupera y lo lee. Veo una sonrisa en sus labios. Lo vuelve a tirar y acelera el paso en la misma dirección en la que se había marchado el hombre. Doy por sentado que va al encuentro de él. Imagino también que viven un tórrido romance, que sin embargo dura poco. No eran las almas gemelas que la nota pretendía reunir. Sin embargo, el papel sigue volando durante días entre las rocas. Otras mujeres lo encuentran y vuelve a reproducirse la misma situación. Varios desengaños se suceden. Han pasado dos meses y la misiva está ya muy maltrecha. Apenas puede leerse. El azar hace que se enganche a una de las patas del banco. La primera mujer vuelve a pasar por allí. Le duelen los pies por culpa de unos zapatos demasiado altos para ese terreno. Se sienta y se descalza. Mientras se los quita, descubre el papel, que está enredado con un hilo de color rojo por capricho de los remolinos del noroeste.

(Final 4)

Cansado de dar tumbos sin que nadie le preste atención, el mensaje acaba llegando hasta el agua. Como el papel tiene vida propia, lo toma como una inmolación liberadora. Baja desde las rocas dando tumbos en el aire, como hacen las hojas de árbol en otoño. Le da así un poco de suspense al acto final de su existencia. Pero su momento postrero no ha llegado aún. De entre las olas surge una mano dorada que lo atrapa mientras está todavía en brazos del viento. Es una Serea, una quimera cantarina que vive en las profundidades, pero que sale de vez en cuando a la superficie en busca de un nuevo Ulises. No necesita leerlo. Le basta con atraparlo para saber que es lo que está escrito en las líneas, que ahora se desdibujan por efecto de la humedad. Con dos coletazos se acerca a la orilla, y con un impulso de sus brazos de musculo fino, emerge para sentarse en las rocas, no lejos del banco. Allí, la cola se transforma lentamente en piernas y la mujer, única e incomparable, se dirige hacia el lugar en el que vive el hombre. Va desnuda, pero eso no le importa lo más mínimo.

(Final 5)

Alguien necesitaba un mensaje para decidirse a perseguirlo —al amor, su amor—. El mensaje fue escrito y depositado entre las grietas de un banco, y este necesitaba la sombra tanto como el mensaje a su único lector. Decidió el árbol que era bueno dar sombra y cobijo a las historias. Entonces brotó. Tiempo después, una tarde gris oscura de sospechosa calma, desde lo más espeso de las ramas del árbol, descendió al banco una criatura que solo podía ser mitológica. Nadie la había visto llegar antes por el aire, de manera que parecía nacida de las hojas o vástago extraño de las ramas. Resultado aparente de una generación espontánea. Como un fruto vivo e independiente. Deslizándose por el tronco, llegó hasta el rincón en el que estaba escondida la nota. Una vez allí, la extrajo de su escondrijo entre los barrotes y se la tragó. Justo después se transformó en mujer. Tomó asiento y se dispuso a esperar un hecho futuro, ahora ya no probable sino cierto. La sorpresa ingerida la apresó a un recuerdo olvidado y amarrado en los rincones de la memoria, Reina de un país sin secretos, decidió que era tiempo de contarle a su comunidad lo que llevaba dentro. Y en una puesta de sol, y al borde de su Tótem, les explicó que había una criatura que sabía escribir lo que del corazón le nacía.

(Final 6)

Observaban juntos desde el hotel. Vieron toda la historia del banco…y dijeron: “vamos a arreglar esto nosotros, porque si no…”. Se dirigieron hacia el objeto de sus miradas y captaron por el camino todas las ondas de amor que flotaban huérfanas en el aire, como en una canción de John Paul Young. Se las apropiaron y se vistieron con ellas. A partir de ese momento, ella llevaba un vestido de flores y él pantalón corto. Como eran caprichosos y juguetones, quisieron ver que ponía en aquel papelito doblado y escondido entre los barrotes. Resultó que no tenía nada escrito. Era un folleto de propaganda de Mercadona. Pero ya que estaban allí, ella le besó dulcemente y él entonces susurró “mirando al mar, soñé…”. Las olas producían un espray de gotas infinitesimales y los besos sabían doblemente a sal. Se amaron largo rato (les gustaban los sitios especiales, imprevistos y atrevidos), acapararon el banco y nadie más pudo sentarse en toda la noche. Allí se quedaron todavía para ver amanecer, semidormidos, abrazados muy estrechito porque el espacio era limitado. Ella contempló como el sol asomaba la nariz por encima del agua, a la vez que su amante la besaba en el cuello desde atrás. El sol emergía con fuerza, y el deseo de ambos se reproducía. Los listones de madera, mientras tanto, se les seguían clavando y grababan en sus carnes un dolor que luego sería el mejor y más dulce de los recuerdos. Las primeras luces. Sentir el frio de la mañana y a la vez el calor intenso en el interior y el placer…todo ello mezclado, le provocó a ella unas tremendas ganas de desayunar.

Sobre el Autor

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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