Publicado: vie, Jun 29th, 2018

Cuentos de verano de Farramuntana: El banco [ I ]

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El banco está en medio de las rocas, a apenas diez metros del agua. Los días de temporal, las olas llegan a salpicar los listones que lo componen. Luego, cuando el sol seca la madera, queda barnizado con sal. Es un lugar incomparable para sentarse a mirar como amanece, o el dulce baile del mar durante el atardecer. Yo estoy sentado en otra butaca, en el balcón de mi habitación del hotel, casi a tiro de piedra del citado banco. Desde ese punto veo pasar a las personas que circulan por el camino de ronda. Apuesto mentalmente en cada ocasión: ¿quién llegará primero?, ¿se sentarán?, ¿besará el chico a la joven a la que ha llevado a un lugar tan propicio? Los usuarios son de todos los tipos. Familias; parejas jóvenes que hablan animadamente y esperan al momento ideal para abrazarse; parejas de mayor edad, siempre silenciosas; dobles parejas, los hombres delante y las señoras detrás; tríos, que siempre acaban con uno de ellos apartado del banco; personas con perro…y finalmente los solitarios. Se van turnando en la ocupación del asiento de manera natural y aleatoria. En realidad, el banco pasa la mayoría del tiempo vacío, porque nadie se queda más de unos minutos sentado en él. Ahora mismo lo ocupa un hombre solo. Me parece oír sus pensamientos… Demasiado tiempo sin amor. Toda una vida en realidad. Casi no me acuerdo de la última vez que sentí algo de calor en el pecho. Ya solo me queda tibiez y la amargura de estas lágrimas que caen al banco. Sal sobre sal. Ojalá no venga nadie. ¡Dejadme llorar a gusto! ¿Dónde estás, alma gemela? ¡El mundo es demasiado grande para encontrarte, y yo tan débil para seguir buscando! Pero sé que me sientes desde algún lugar y que tratas de encontrarme también. Intuyo que lloramos al unísono. Nuestros pensamientos fluyen paralelos a miles de kilómetros de distancia quizá. Solo tengo una opción. Un acto desesperado, eso es. Por pocas opciones que aún queden. Espera, ¿dónde está el lápiz? Aquí. Y un pedacito de papel bastará. ¿Qué pongo? Me va lo que me resta de vida en ello. Ha de ser algo que la atrape desde la primera frase, suponiendo que los dioses me concedan el milagro de hacer que ella pase por aquí. Suena cursi, pero tiene que ser Jorge Sepúlveda. “Mirando al mar soñé que estabas junto a mí, mirando al mar yo no sé que sentí, que acordándome de ti lloré”. Añado mi nombre y dirección. Hago un rollito y lo encajo entre los listones del respaldo. Mi mensaje, no en una botella sino en un banco, que se queda aquí esperando a que ella se siente en este mismo lugar y lo vea. Este se ha quedado casi un cuarto de hora. Cabizbajo, componía con el banco y el horizonte una imagen terriblemente melancólica. La inmensidad del mar le volvía verdaderamente diminuto y acentuaba la sensación de soledad. Antes de marchar parecía mirar algo en la madera. Puede que un grafitti, un animalillo, o quizá se trataba de un simple gesto sin sentido, producto de su abstracción. Finalmente se ha levantado y ha empezado a andar hacia la puesta de sol, como no podía ser de otra manera. Se va a producir el relevo de manera inmediata. Hay una mujer, también sola, que se dirige hacia el banco. Llega desde el Este. Camina muy despacio. Se diría que el peso de los pensamientos ralentiza su paso. No sé por qué se me instalan a veces las canciones en la cabeza y no puedo dejar de tararearlas mentalmente. ¿Cómo habrá venido a parar a mis pensamientos esta del año cuarenta y nueve del siglo pasado? Se la oía a mi abuela materna, la que es de piedra, cuando yo era niña. Recuerdo que me parecía extraño que cantase algo con tanto sentimiento, porque ella era, y es aún, fría como los inviernos de nuestra tierra. Incapaz de abrazar. A duras penas se deja achuchar un poco por los que nos atrevemos a acercarnos, pero siempre con sus brazos caídos. “La dicha que perdí, yo sé que ha de tornar, y sé que ha de volver a mí cuando yo esté mirando al mar”. Eso es lo que necesito precisamente ahora. Mi luz antigua, la felicidad. Acabar de salir de este pozo dentro del cual estoy trepando por las paredes. Las manos se me están quedando heladas y el corazón también. Pero sé que en cuanto asome por la boca del hoyo volveré a ser yo. Alguien podría ayudarme en este esfuerzo. ¡Si tuviese ahora esa suerte que siempre me ha faltado! Un hombre con ganas de vivir, que me contagiase de entusiasmo. Y que me hiciese sentir deseable. ¿Por qué no un alma gemela? Esa que comparte ombligo conmigo y que me está buscando desde que nació, para volver a reunirnos. Bastaría con una sonrisa suya, una mirada, para que le reconociese. Individuos de la misma especie, aquella que se limita a dos ejemplares. Entonces nos abrazaríamos sin palabras. Lloraríamos y reiríamos a la vez juntos, sintiéndonos completos. Creo que sabría que se trata de él hasta leyendo algo que hubiese escrito. Quizá no sea necesaria la presencia física. Es curioso. La mujer se ha parado pocos pasos antes de llegar al banco. A lo mejor los pensamientos se han vuelto tan densos que ya no le permiten ni andar. Pero no, parece que se da la vuelta. Renuncia a sentarse en el mirador que estaba reservado para ella. Ahora, decidida, acelera en sentido contrario. Sigo jugando a adivinar las circunstancias de cada caminante. Puede que esta haya olvidado algo en un lugar que ha visitado previamente. O incluso la comida en el fuego, en una casa cercana. También podría llegar tarde a una cita. Puestos a imaginar la supongo entrando en su habitación y conectándose a las sacrosantas redes sociales, probablemente en busca de la persona que no ha podido encontrar durante su paseo.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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