Publicado: vie, Jun 22nd, 2018

Cuentos de verano de Farramuntana: Noche de espíritus

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Hechizado, como tantos otros millones de personas lo han estado antes. En mayor medida que la media, a consecuencia de mi vena literaria y también por una cierta tendencia espiritual, necesario contrapunto a la formación científica. Fascinado por la magia de estas piedras, que se resisten al previsible derrumbe en tierra de terremotos, quizá debido a la protección de la Virgen de las Angustias. Seducido por las ingentes cantidades de historia que destilan los muros que hoy me albergan. Cautivado, como no, por la Alhambra. En estos tiempos, pasar la noche aquí, dentro del magnético recinto, es, como siempre lo ha sido, un lujo. Pero más asequible. Aunque solo sea una vez en la vida, para que no puedan decir de uno eso de “dale limosna mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”. Porque no venir a este paraíso es casi como malgastar ambas, la vista y la existencia. Son las dos de la madrugada y no consigo dormir. Quizá por culpa de la sobredosis de estímulos presentes en cada uno de los rincones de la ciudad. De manera que me pongo, como suelo en estas circunstancias, a componer unas (estas) líneas. De repente, me sobresalta una voz que habla, o susurra más bien, en inglés neoyorkino, justo a mi espalda. —Oiga, esto de escribir historias de este lugar ya lo he patentado yo, aunque no formalmente. Me doy la vuelta y le veo. Es un hombre grueso, de nariz rotunda, pelo peinado hacia delante en las patillas y mirada penetrante. Va vestido al estilo del siglo XIX. Ato los cabos de toda esta información y le pregunto: —¿Señor Irving? —El mismo. Eternamente aficionado a deambular por las esquinas de este sitio. —Estupendo, porque ya tenía yo ganas de decirle un par de cosas. Después de pasar varios meses alojado de gorra en las habitaciones de la reina, ¿solo se le ocurrió explicar que el nuestro era un país áspero y melancólico? Los españoles ya somos expertos en criticar lo nuestro, masoquistas hasta la médula, así que no nos hacen falta extranjeros que hagan lo mismo. —Eso reflejaba parte de la realidad en una época en que, para que se haga una idea de las diferencias, yo viajaba junto con un amigo de la Embajada rusa. Y en su país, todo el mundo llevaba armas encima, algo similar a lo que ocurre hoy en el mío. También dije que, por ser la nación así, ustedes son arrogantes, intrépidos, frugales, sobrios, llenos de arrojo ante los peligros, y que desprecian a los afeminados placeres. Todo eso me suena a piropo, ¿no? —Uy, sí que han cambiado mucho los tiempos, porque lo de los afeminados placeres ahora no está muy bien visto definirlo de esa manera. —Pero hombre, si yo quiero muchísimo a esta tierra y a sus gentes. Piense que he sido el que más ha contribuido a traer turistas americanos aquí. Si me diesen un dólar por cada yanqui que, después de leer mi libro, ha cruzado el océano para ver Granada… —Para lo que te iban a servir los dólares en donde estás ahora —dice una segunda voz, que sale de detrás de las cortinas que tapaban la ventana. Los dos miramos en esa dirección y vemos como una mano delicada las abre para dejar paso a alguien ataviado con ropas algo más modernas, aunque no mucho. En esta ocasión reconozco inmediatamente a un compatriota. Se trata de Albéniz. Los dedos de pianista, la barba y el ensortijado bigote le delatan. —Mi pieza “Granada”, de la Suite Española, ha hecho más publicidad de estos lugares que tu libro. Las notas musicales permiten soñar más abiertamente que las letras. —O los cuadros, si son suficientemente imaginativos. Los míos han enseñado también Granada al mundo — añade una tercera voz, a la que acompaña el voluminoso cuerpo de Santiago Rusiñol, saliendo de detrás de las mismas cortinas —. Hola Isaac, vaya juergas nos corrimos juntos en París, cuando yo solo era un pipiolo. La habitación empieza a parecer el camarote de los hermanos Marx, pero la cosa solo acaba de empezar. Inevitablemente, y en este caso filtrándose a través de las paredes, interviene el que, por los ricos ropajes, el turbante y el tono un poco lloroso, deduzco que es el décimo segundo Mohamed, alias el desdichado, Abu abd Allah, al que nosotros llamamos Boabdil. —Si alguien puede exigir derechos sobre la Alhambra, ese soy yo. A pesar de haber sido increpado feamente por una madre machista, la realidad es que fui el último rey de Granada. Y como tal… —Como tal, nada de nada — replica una rubia, algo entrada en carnes y ataviada con corona y un grueso manto, que llega por el mismo sitio por el que el moro se ha colado en la habitación —. Fernando y yo te quitamos todos los derechos sobre estos lugares, en los que ahora descansamos eternamente los dos. ¿Hay acaso propietario más legítimo de una parcela que aquel que tiene sus restos en ella? Es más alta de lo que siempre había imaginado, menos guapa que en las películas y luce el mal genio que todos le atribuyen. Solo hay alguien que puede ponerla firmes: su nieto Carlos, que sale de detrás del cuerpo de la castellana, como si hubiese estado dentro de la misma hasta ese momento. —Abuela, esto es cuestión de galones. Un emperador tiene siempre más derechos que una reina, y no digamos si los comparamos con los de este del turbante. Vuestros dominios fueron solo un pedacito de los míos. Además, yo construí un nuevo palacio en este recinto y lo hice más bello aún. —Eso es muy discutible — la que faltaba, otra granaína ilustre, la mismísima Eugenia de Montijo, baja de la lámpara, en donde había permanecido al acecho hasta ese instante —. Los edificios que mandamos construir mi marido y yo le dan mil vueltas al tuyo. Y en cuanto a galones, yo también soy emperatriz y no de origen extranjero como tú, sino nacida en España. Entre todos me tienen apabullado y, desde el breve intercambio con el primer aparecido, no acierto a decir palabra. Estoy perdiendo una oportunidad magnífica de hablar con seres excepcionales. Me dirijo hacia el escritorio en el que están mi cuaderno y el bolígrafo, con la intención de tomar al menos algunas notas. A pesar de la poca luz del cuarto, veo que alguien se ha sentado en mi silla y está utilizando los citados utensilios. —Acabáramos — le digo al intruso —, Don Federico, solo faltaba usted. —Calla shiquillo — me contesta, mientras pone su índice junto a los labios para pedir silencio —. Esto no me lo pierdo yo. De esta escena saco una obrita de teatro fetén. Me rindo. Les dejo discutiendo y me tumbo en la cama. Incomprensiblemente, el ruido de sus voces hace que me sumerja en un profundo sueño. Decididamente, es agotador esto de pasar unos días en la muy noble, muy leal, nombrada, grande, celebérrima y heroica ciudad de Granada, a la que tendrían que añadir el título de…abarrotada de fantasmas ilustres.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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