Publicado: vie, Jun 15th, 2018

Cuentos de primavera de Farramuntana: Sahara [ yIII ]

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La invité a que me explicase detalles de sus costumbres, y me contó que las mujeres de su pueblo también solían estar solas la mayoría del tiempo. Los hombres, según fuese su nivel social, pastoreaban, comerciaban o guerreaban, y ello les mantenía lejos del poblado de tiendas. Pero en este caso ellas disponían de libertad y autoridad infinitas, si se las comparaba con las que vivían allí donde ahora nos hallábamos. En primer lugar, podían tener amantes, antes y después del matrimonio. La única condición era que no se convirtiesen en asiduos. De hecho, solo se les permitía pasar una noche con la amada. Menna aún era soltera, y me dijo sin rubor alguno, que ya había conocido carnalmente a un par de docenas de varones, lo que a ella le parecía una excelente preparación para la búsqueda de su media naranja. Además, tenían acceso a la instrucción, especialmente cuando pertenecían a la clase social más elevada, los imajaghan, como era el caso de mi interlocutora. Ella se había dedicado a cultivar la poesía. Le pedí que me recitase algún poema y lo hizo con satisfacción, pidiéndome antes perdón por la pérdida de belleza que supondría la traducción al francés. Nuit sans lune, tous les coins de mon coeur font écho à la cloche de ton corps, mais sa symphonie s’eteint, et quand je veux te tenir j’embrasse juste un silence noir, froid, désolé, comme le sable de ce désert solitaire, seulement pendant ton absence. No me atreví a corresponder a aquel regalo traduciendo uno de mis poemas para ella, así que seguimos conversando sobre la cultura imuhagh. Mientras tanto, en la habitación contigua, Hamza y su mujer, Izza, se dedicaban a olvidar el trastorno de aquel día, ejercitando la gimnasia más dulce. Los gemidos de ella revelaban que el león estaba todavía en forma. —Aquí cubro mi rostro cuando salgo a la calle con mi tía, por respeto a las tradiciones locales, pero en mi tierra esa práctica no existe. Las mujeres pueden exhibir su belleza, igual que hacen nuestras primas bereberes del norte, las Kabyl, o las hembras Ouled Naid, que comparten con nosotras la libertad para la relación con el sexo opuesto. —Sin embargo — contesté — vuestros hombres sí se tapan el rostro. Curiosa paradoja. —Es cierto. En su caso, aparte de protección frente a las tormentas de arena, es la mejor forma de ocultar sus sentimientos. Es una táctica muy útil tanto para guerreros como comerciantes, que son dos de las actividades que ejercen. —¿Aún se comercia con la sal de Bilma? —Sí. Algunos valientes se atreven todavía a recorrer el Teneré con ese objetivo. Aunque ahora es mucho más difícil que en el pasado, porque ya no existe la protección del árbol de la vida. A la acacia solitaria sagrada se la llevó por delante un camionero libio dormido, hace diez años. —¿Y esas actividades guerreras son…? —Lucha con los gobiernos que se creen con derecho sobre nuestras tierras. Los tuareg hemos vivido siempre en este rincón inhóspito del mundo. Estábamos ahí mucho antes de que se formasen los países que ahora dibujan fronteras en los dominios imuhagh. Cuando solo había sal y rebaños, nos dejaban en paz. Pero ahora saben que hay uranio bajo el suelo del desierto. —Que vale más que el oro. —De esa manera lo entendemos. Y ahora que la sequía está matando a los rebaños, queremos participar de los beneficios que genera ese material. No exigimos gran cosa, solo un pequeño porcentaje de las ganancias para crear infraestructuras para nuestro pueblo. Escuelas, sobre todo. Pero los invasores quieren llevárselo sin entregar nada a cambio. Así, sin darnos cuenta, pasamos la velada entera hablando, como en un cuento de las mil y una noches, aunque en este caso yo me sentía la Sherezade que se libraba del inevitable castigo. Llegó el amanecer y con él la mitad de mi salvación. Ahora solo quedaba encontrar la manera de volver a salir de la ciudad. Izza dio con ella, probablemente estimuladas sus neuronas por el tratamiento nocturno. Tendría que volver a disfrazarme, pero esta vez no de sobrino sino de sobrina. Aprovechando que la estatura de Menna era muy similar a la mía, podría salir de la ciudad acompañado de “mi tía”, camino del palmeral, como ambas hacían cada mañana. La noche con la targuía me había parecido apenas un instante, seguramente como efecto de un desdoblamiento de mi tiempo, a la manera inversa de lo que poco después descubriría Garnier. Pero sabía que tenía que partir sin más demora. Bastante molestia les había causado ya a Hamza y su familia. Cuando Menna me vio vestido con sus ropas no pudo evitar una larga carcajada, que me sonrojó hasta el tuétano, si bien no de forma visible ya que solo uno de mis ojos asomaba al exterior. El algodón de la túnica desprendía un aroma almizclado, tremendamente embriagador, que yo supuse era el del cuerpo de su anterior usuaria, y del que me propuse abstraerme para evitar la turbación que ello provocaba. No convenía pasar junto a los guardianes de la puerta emitiendo testosterona a toneladas y de forma visible. —El destino está dibujado — me dijo ella al despedirnos —pero tenemos la posibilidad de escribir encima. Sé que un día volveremos a encontrarnos en mi tienda.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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