Publicado: vie, Jun 8th, 2018

CUentos de primavera de Farramuntana: Sahara [ II ]

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—¡T’es fou! — repetía Hamza a gritos, mientras sus brazos ejecutaban unos aparatosos aspavientos, que le hacían parecer un italiano sobreactuando. Admití que me dominaba una locura repentina, pero le dije que, con su ayuda o sin ella, tenía que entrar de nuevo en la ciudad. No era consciente de la dificultad que entrañaría escalar una docena de metros por el grueso muro. Aquel irrefrenable impulso tampoco me dejaba percibir el peligro evidente que suponía violar la regla inflexible de la comunidad. Mi única preocupación era cómo encontrar a la desconocida en los confusos entresijos de la medina. —Si me atrapan, pienso decir que tú me diste la idea — dije al guía con mi mejor cara de póker, reprimiendo el sentimiento de culpa que provocaba el uso de un chantaje tan rastrero. Aquel pobre hombre se veía ya conducido a empujones por sus vecinos, hasta la casa en que la Halka administraba justicia. Los miembros de la institución civil y religiosa, eran doce y siempre dictaminaban sentencias por unanimidad. No cabía duda de cuál sería el resultado en esta ocasión. El guía continuó su soliloquio en los tres idiomas que le resultaban más familiares: francés, árabe y el dialecto bereber de la tribu a la que pertenecía. En él mezclaba gruesas palabrotas, algunas de las cuales yo conocía, con lamentos. Poco a poco, el fatalismo se fue abriendo paso en su mente y le indujo finalmente a buscar una solución al reto que yo le planteaba. Entramos en la casa que su familia tenía en el palmeral y allí buscó ropas con las cuales disfrazarme. Afortunadamente un sobrino que trabajaba a diario en el huerto tenía allí una muda de repuesto que era de mi talla. Los pantalones negros y cortos, solo cubrían media pantorrilla, y la entrepierna colgaba hasta las rodillas. Un cinturón de cuerda, camisa blanca de manga larga y armilla corta marrón, completaban el traje tradicional, que se culminó con el inevitable turbante, que yo mismo anudé, dejando un trozo como antifaz para ocultar la mayor parte del rostro. Hamza me miró de forma aprobadora, e incluso llegó a decir “pas mal”, esbozando una sonrisa. Pero pocos segundos después volvió al gesto sombrío, al pensar que los guardianes de la puerta conocían a todos sus paisanos. Habría que transitar por delante de los mismos dos veces: en breve, para entrar, y al día siguiente para salir. Quizá podríamos engañarles en la primera ocasión, pero en la segunda sabrían que aquel extranjero no formaba parte de los visitantes autorizados para la jornada. Debería pasar por nativo en ambos encuentros. A continuación, ensayamos la conversación que tendríamos que mantener mientras atravesábamos la puerta. Corta pero creíble, y que yo debía ejecutar con un acento impecable. Tras de una veintena de repeticiones, mi profesor dio la aprobación, no sin antes secar con la manga el sudor que brotaba abundantemente de su frente, a pesar de que la temperatura ya bajaba deprisa, puesto que el sol se estaba ocultando. Esa era la única ventaja de la que disponíamos: la escasa luz. Pero quedaba una vuelta de tuerca más, con sorpresa incluida. Mi atribulado acompañante me explicó la oportunidad increíble con la que contábamos: me alojaría en su casa, que estaba muy cerca de la entrada a la villa, por lo que no tendríamos que mostrarnos excesivamente por las calles de la misma…y no sería necesario buscar a la desconocida, que no era tal, sino más bien Menna, una sobrina lejana de la mujer de Hamza, que había venido del gran sur a pasar unos días con la familia. Dicho y hecho, ya a oscuras, nos dirigimos hacia la enorme mole de las paredes que me separaban de mi capricho. Hamza y yo caminábamos cogidos de la mano, como solían hacer los varones en el país y manteníamos una animada conversación. Al llegar al punto crítico, ocurrió lo previsible: la mente se me quedó en blanco y no recordaba ni una sola palabra de la charla bereber que habíamos entrenado. Improvisé un ataque de tos violento, mientras el guía le explicaba al guardián que su sobrino se había resfriado al pasar la noche en el palmeral, y que por ello le llevaba a casa para que el reposo lo acabase curando. Pasamos el primer obstáculo con más pena que gloria, pero ello no impidió que notásemos los efectos agradables de la sobredosis de adrenalina, cada uno por motivos bien diferentes. En menos de dos minutos estábamos dentro de la casa de mi forzado anfitrión. Su mujer se quedó lívida al verme, y él se la llevó a una habitación contigua para explicarle toda la aventura. Yo permanecí en la sala que había junto a la entrada, en la cual estaba sentaba en una silla Menna, ahora ya con la cara descubierta. Su rostro era de una belleza extraña, de piel muy morena, afilado, dominado por labios y ojos de gran tamaño, que contrastaban con una nariz pequeña. En él, la mirada anulaba a todas las demás percepciones, puesto que era tan intensa y directa que casi producía dolor. Ahora entendía como un contacto fugaz con solo uno de aquellos cristales vivos de color verde me había hecho tanto efecto. Se levantó y se dirigió hacia mí para presentarse mientras tendía la mano saludando a la manera occidental. Luego me invitó a sentarme a su lado. —Sabía que volveríamos a encontrarnos, pero no esperaba que fuese dentro de la ciudad santa. Debes estar muy loco para atreverte a venir aquí de noche. Le dije que no creía que hubiese otra posibilidad para verla nuevamente y que por ello me había metido en semejante berenjenal. Entonces ella me explicó que estaba allí solo por una corta temporada y que pronto retornaría con su tribu nómada, que habitaba mil trescientos kilómetros más al sur. Era una targuía. Hembra de la etnia que nosotros llamamos tuareg y cuyo nombre auténtico es imuhagh. Los seres libres. Su tía, esposa de Hamza, pertenecía a la misma tribu, pero la había abandonado muchos años atrás, después conocer a aquel “león” cuando aún era joven.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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