Publicado: vie, Jun 1st, 2018

Cuentos de primavera de Farramuntana: ‘Sahara’ [ I ]

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(Fragmento de un viaje real realizado hace algo más de treinta años, a un lugar extraordinario en el corazón del desierto, cuyo nombre no citaré). Hamza me guiaba por el laberinto de calles, pasillos y estrechos corredores de la kasbah. El reducido espacio entre las paredes de las casas apenas dejaba entrar al sol, lo que era muy de agradecer, porque a esa hora de la tarde la temperatura superaba claramente los cuarenta grados en lugares abiertos. Sus pasos eran rápidos y sigilosos a la vez, y cuando se dirigía a mí, en un impecable francés, lo hacía emitiendo susurros hábilmente medidos. Yo me preguntaba cómo se les había ocurrido a sus padres darle un nombre que significaba “león”, dado que el hombre medía apenas un metro y medio y debía pesar menos de cuarenta kilos. Quizá como homenaje a los extintos félidos del Atlas. Por sus explicaciones supe que los habitantes de la ciudad, unos siete mil, eran mayoritariamente mujeres. Había, además, ancianos que trabajaban como guías, artesanos y tenderos. Finalmente, unos pocos hombres de edad intermedia cultivaban en el oasis los vegetales que alimentaban a sus paisanos. Yo estaba al corriente de que no era prudente preguntar sobre dicha disparidad. Al menos a los nativos del lugar. Si, por el contrario, uno planteaba la cuestión en otra localidad lejana, todo el mundo conocía la respuesta: los varones estaban trabajando en el gran norte, lejos del desierto. Las mujeres, en consecuencia, permanecían allí prácticamente solas. Es por ello que los extranjeros (entendiendo como tales a todos los seres humanos no nacidos en la villa fortificada) solo podían entrar en la urbe acompañados de un guía local autorizado. Este garantizaba en primer lugar que los que accedían a la localidad fuesen vestidos adecuadamente, con los brazos y las piernas totalmente cubiertas. Ni que decir tiene que, bajo ningún concepto, podían entrar allí los perros. El cicerone se aseguraba de que la visita se limitase a lugares permitidos a los extraños, y de que los turistas no tomasen ninguna fotografía de personas en el interior, lo que se consideraba una ofensa inaceptable. No obstante, Hamza me permitió llevar conmigo la Mamiya réflex, colgada al cuello, para que pudiese captar alguna imagen de lugares vacíos, siempre bajo su supervisión. Con ello se aseguraba una propina adicional. Por último, él era responsable de acompañarme a la salida, antes de que anocheciese. Ningún forastero podía pasar la noche dentro de la villa sagrada. Me contó que cien años antes la ciudad tenía dos cinturones de piedra, separados unos diez metros el uno del otro. Ese era el abrigo permitido, solo por una noche, a los nómadas que se acercaban hasta allí. A la mañana siguiente podían acceder de nuevo al interior y completar sus negocios, para luego marcharse definitivamente. Hoy solo quedaba el muro interior, con dos puertas de entrada, y casi todos los visitantes eran turistas que no necesitaban albergue, puesto que tenían habitación en hoteles de las localidades próximas, más permisivas. Ese era mi caso. Continuamos el paseo por los caóticos recovecos del casco antiguo. Pensé que no sería fácil salir de aquella maraña de edificios amontonados idénticos, hechos de adobe y adornados con añil, sin la ayuda de mi acompañante. Y, sin embargo, dicho pensamiento no me provocaba angustia alguna. El ambiente de serenidad que se respiraba, la ausencia de ruidos, el frescor inusual, invitaban a permanecer allí. Pero dicho deseo tenía hora de caducidad, puesto que antes de dos horas el sol se tumbaría detrás de las dunas y yo debería marchar. Como si leyera mis pensamientos, Hamza me dijo que era tiempo de ir a visitar el palmeral, fuera del recinto. Llegamos al mismo con la luz amable del atardecer y me sorprendió en primer lugar la fragancia de los limones. La gente suele pensar que en tales lugares solo hay palmeras y únicamente se recogen dátiles. Sin embargo, bajo la sombra de los altos componentes mayoritarios de los huertos, hay también olivos, higueras y viñas, alimentados todos por el río subterráneo. La sensación que uno tiene en un rincón así, es la de haber viajado en el tiempo a un periodo de vacaciones durante la infancia. Estábamos comiendo unos deglet nour, deliciosos dedos de luz nacidos entre las palmas, arrullados por el sonido monótono, pero relajante, de la noria accionada por un burro filósofo, cuando apareció ella. Pasaron junto a nosotros dos mujeres vestidas de blanco a la manera tradicional, es decir, tapadas de la cabeza a los pies, con tan solo un pequeño orificio triangular para ver el mundo con el ojo derecho. Por las formas y la manera de andar parecían madre e hija. Esta última era más alta y dirigió una polifémica mirada hacía mí. Bastó ese pequeño resquicio para que yo pudiese detectar, en el verde de su pupila, una mágica sonrisa. Se encaminaron hacia la puerta central de la muralla y yo empecé a pensar cómo podría ingeniármelas para pasar esa noche dentro de la ciudad. En el norte había oído contar leyendas sobre hombres que lo habían intentado y de los que nunca más se había sabido nada, pero la enigmática mirada de la desconocida, como si de un personaje de cuento de Bécquer se tratase, me obligaba a ello.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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