Publicado: Vie, May 18th, 2018

Impartir justicia

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[ Pako Segura ] Tremenda labor esa de impartir justicia. Escuchar el relato de los hechos, estudiar las pruebas aportadas por las partes en litigio y tomar una decisión ajustándose a una legislación. Quizá en un pasado reciente se tratase de algo lógico. Tan fácil, que cualquier miembro de una comunidad con un mínimo de sentido común estaba capacitado para poder hacerlo. Vistas las reacciones a las últimas sentencias que se han dado queda claro que en nuestros días la cosa es bastante más complicada. A todas horas tenemos en las grandes cadenas de televisión tribunales populares formados por tertulianos especializados en cualquier cosa. Tratan de igual forma violaciones, crímenes atroces, corrupción política o injurias a la corona. Las pruebas se presentan en formato de reportaje con todo lujo de infografías y postproducciones. Se pasan varias veces a lo largo de la emisión añadiendo música para crear suspense y remarcar bien el mensaje. Todo ello desemboca en los aplausos de un público indignado al que no le suena nada eso de la presunción de inocencia. La audiencia y las redes se encargan de dar el veredicto en este juicio paralelo. Poco importa ya lo que pase en el juzgado. La condena de telediario prevalece sobre todo lo demás. El escándalo es mayúsculo cuando la pena aplicada a cinco tipos que abusan de una chica en un portal es la misma que la de un rapero cuya estúpida canción se mete con el jefe del estado. Pero nadie dice que es la misma porque así lo dicen leyes creadas por un poder legislativo que todos hemos votado. Antes del cabreo bien haríamos en recordar que el juez no es más que un ser humano interpretando normas en un laberinto de ambigüedades. Recovecos legales que son escapatorias para hábiles abogados con honorarios al alcance de unos pocos privilegiados. Porque desgraciadamente, en demasiadas ocasiones el peso de la ley es inversamente proporcional al de la cuenta corriente. Quizá en una sociedad 2.0 no haya más remedio que confiar la justicia a una suerte de inteligencia artificial. Introducir en un ordenador pruebas del delito y testimonios de las partes para que un algoritmo automáticamente dé un veredicto. Se evitarían interpretaciones interesadas, el mal día de un ser humano y los trucos de magia de un letrado. Desaparecerían de un plumazo torres de legajos con sumarios infinitos apilados durante años en los pasillos de un juzgado y se acabarían los inagotables recursos a instancias superiores. Una sentencia aséptica tomada por un elemento programado para ser neutral. Una máquina ajena a presiones externas o a una ideología concreta. Un juez inapelable al que no pueda quitar su credibilidad una corriente de opinión. Eso, o entender que por el camino que hemos tomado retrocederemos hasta llegar al principio. Ojo por ojo y diente por diente.

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