Publicado: vie, May 18th, 2018

CUENTOS DE PRIMAVERA DE FARRAMUNTANA: Trote con el abuelo [ I ]

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Para esta mañana de primavera, el adjetivo de moda “espectacular” se queda muy corto. El sol brilla de tal forma, que todas las facetas del diamante ribereño devuelven agradecidas destellos, que cautivan a los incautos paseantes. De esos que provocan el síndrome de Stendhal, sin necesidad de desplazarse a Florencia. Por mi parte hace tiempo que me he rendido a los encantos de mi tierra natal, así que me dedico, simplemente (que ya es mucho decir) a disfrutarlos. Hoy mi trote se dirige primero a Santa Isabel. Voy hasta allí a saludar a mis abuelos y a mi madrina. Encuentro a Manolo paseando entre las tumbas vecinas a la suya. Según me cuenta después, saludando a algunos viejos conocidos, a los que yo no alcanzo a ver. Le invito a acompañarme en el resto del recorrido: —Si te animas, todavía me quedan otros diez kilómetros. Contigo se me harán más distraídos. Bueno, si te atreves a seguir mi ritmo… —¡Pero muchacho! ¿No ves que como peso muy poco no me canso? Por supuesto que te sigo. Es más, me vas a tener que perseguir tú a mí. Me divierte oír cómo me llama muchacho, a pesar de que ya he pasado la barrera de los sesenta. Pero tengo que reconocer que, comparados con sus ciento diecisiete, todavía soy un chaval. —Eso habrá que verlo. A Farraguas no le ganas tú — contesto entre risas de ambos. Un par de señoras que están adecentando una lápida cercana, me miran con ojos de espanto. Creen sin duda que estoy loco, puesto que me oyen hablar solo. Las pobres no son capaces de ver a sus familiares, y menos a los de los demás. ¡Qué tristeza! Tienen que contentarse con traerles flores y pensar en ellos. —Id, id — dice mi abuela —, que nosotras nos quedamos aquí sentadas al sol. Dejamos a las dos Juanas en la paz del recinto y empezamos a correr en dirección a Palacio. —Un día te explicaré de que están compuestas las almas — me cuenta Manuel —. No son puro espíritu como la gente cree, sino materia. Aunque, eso sí, extremadamente ligera. Hecha de unas partículas que aún no habéis descubierto. No sé qué me sorprende más, si lo que dice o que sea capaz de hablar tan tranquilo a cinco minutos por kilómetro. Entre otras muchas propiedades de las almas, son capaces de leer el pensamiento, así que me saca de la duda: —Ya te he dicho que, con este peso ínfimo, no tenemos que esforzarnos mucho para movernos. El único obstáculo es pasar a través de la materia más densa. Para que te hagas una idea, el aire es como un muro de hormigón para nosotros. Pero una vez que uno se acostumbra a atravesar otros cuerpos, ya es pan comido. —Entendido. ¿a dónde vamos primero? —¿Qué te parece si llegamos hasta las casas de los enanos? Son tres kilómetros desde esta en la que vivo hace… ¡cincuenta y seis años! El mismo número que el de tu nacimiento. Las coincidencias matemáticas me fascinan. ¿Tú crees que son solo casualidades? —Rotundamente no. Son mensajes en una botella que nos envía alguien. Pero no sé quién. Y en cuanto a lo de ir hasta moreras, eso está hecho. Pasamos por delante de Alpajés en un santiamén y luego atravesamos los pórticos que comunican la calle con el mundo interior de los patios. Estamos en las antiguas casas sindicales. —¿Te acuerdas de cuando venía a verte aquí? Me costaba lo mío. El cuerpo no me aguantaba y llegaba casi arrastrándome, pero contento por pasar un rato con vosotros. —Claro que lo recuerdo. Cierro los ojos y veo el día en que me trajiste aquella espada de madera. Nada más tenerla en las manos me puse a dar mandobles con ella y tú me decías… —Dales duro Farraguas, que se lo merecen. Y cuidado con ellos, que estos que no se ven son los más peligrosos. No dejes ni uno vivo. —Efectivamente — asiento, nuevamente sin poder contener la risa —. Y cómo se enfadaba tu hija al oír que me llamabas así. —Ella siempre ha sido muy coqueta, para consigo misma y los suyos. Te llevaba de punta en blanco, a pesar de que el dinero no sobraba en tu casa. La verdad es que yo lo decía para chincharla un poco. Avanzamos hasta la glorieta del clavel, pasando por lo que antaño era el mítico hoyo, en el que tanto me gustaba jugar, a pesar de la prohibición expresa de mi madre. Seguramente debida al deseo de mantenerme limpio. Luego bajamos hacia el jardín del príncipe. —¡Mira quien está allí! — me dice Manuel, mientras señala con el dedo en dirección a la verja. —El mismísimo Tío Calores. A caballo y patrullando por donde solía. —No se ha hecho famoso ni ná, con ese librito tuyo y de María. Todo el pueblo, incluidos los que están en el camposanto, habla del personaje. Echusté, los humos que tiene ahora. Y para más inri, parece que le has escrito un adendum en tu nueva obra. A los demás que nos zurzan, ¿no? —Anda abuelo, no me seas celosillo. Entramos por la puerta de la glorieta y nos unimos al paseo del sobreguarda, tras saludarle. La velocidad del caballo se adapta con precisión a la nuestra y, de esa forma, podemos mantener la conversación. —¿Entonces los caballos también tienen alma? — le pregunto. —La verdad es que no —me responde Carlos —. Esto que ves es parte de la mía propia. A fuerza de pasar tantos ratos juntos, un poco de mi espíritu fue pasando a la montura. Como si fluyese con el sudor. El caso es que ahora yo soy yo y mi caballo. Me quedo pensando en la frase Orteguiana matizada, y en las consecuencias que ello implica. Se me ocurre una simbiosis incorpórea semejante para el viticultor y sus viñas, y lo apunto en un rincón de la memoria para añadirlo al libro de “Manchegos”.

Sobre el Autor

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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