Publicado: vie, May 11th, 2018

Cuentos de primavera de Farramuntana: ‘Historias de tren’

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Era un día frio de invierno en Entra en el vagón una familia japonesa. Se compone de los padres y cuatro hijos de edades perfectamente espaciadas entre los ocho y los dos años. Intuyo que aquí va a iniciarse otra de esas historias del tren y empiezo a tomar notas mentales de lo que sucede. Se colocan ordenadamente, los progenitores en un grupo de butacas, junto con la menor descendiente, y los otros tres, dos chicos y una figurita de porcelana, en el contiguo. El trio de menor estatura se descalza con parsimonia, elegancia y religiosidad. Ese pequeño gesto lo convierten así en una pieza de ballet, llena de armonía en la ejecución conjunta. Acto seguido, dejan los zapatos bajo el asiento, alineados entre sí, con relación al eje del vehículo y vaya usted a saber si incluso orientados hacia el este. Gracias a ese gesto, pueden ahora subir los pies a los asientos, sin ensuciarlos. Comparo su actitud con la de tantos compatriotas míos, que me avergüenzan a menudo al plantar las sucias suelas con descaro en el asiento de enfrente. No solo niños o adolescentes, sino adultos hechos y derechos también. Aunque probablemente en algunos de esos casos, el descalzarse sería remedio peor que la enfermedad, porque pasaríamos del asunto de la higiene al capítulo de los inconvenientes olfativos. El padre, para distraerles, hace unas preguntas en voz alta, pero sin molestar al resto de los pasajeros. A cada frase, los chavales responden levantando con entusiasmo los dedos índices para expresar que conocen la respuesta. El examinador elige entonces uno de los candidatos y este da su contestación con un susurro. Invariablemente todos aciertan y expresan su satisfacción con sonrisas de oreja a oreja y un brillo envidiable en los ojos. Nada de gritos ni aspavientos. Juegan así, sin fatiga, durante una media hora. Acabada esta etapa, el adulto cierra los ojos y se dispone a echar una siesta. Pero los tres jugadores aún necesitan seguir quemando energía. Se contorsionan y hacen equilibrios impensables, tumbando las botellas de agua vacías que están en la mesa con los pies y volviéndolas a poner derechas del mismo modo. Ninguna llega a caer al pasillo. Puro tai-chi. El mayor se dispone más tarde a coger algo de su mochila, que está en el portaequipajes a una altura que parece excesiva para su estatura. No molesta a sus padres, se estira hasta tocarla con la punta de los dedos y la baja a cámara lenta, con el mejor estilo de un equilibrista. De su interior saca un libro. Lo abre con delicadeza y se pone a leer. Si tuviese que definir a esta gente con una palabra, sería “Respeto”. Entre ellos y hacia los demás. Una cualidad que está en completo desuso en nuestro pequeño mundo mediterráneo y orgulloso, repleto de altaneros maleducados, que confunden esa virtud con la falta de libertad. Acabo de hacer trasbordo y esta palabra hace que me sienta casi un pirata. Del regional exprés he saltado sin ayuda de cuerdas, con el móvil entre los dientes, a un cercanías, que me llevará finalmente a mi destino recorriendo una distancia similar al tren anterior pero realizando quince veces más paradas. Es como un taxi asiático, de esos que una persona puede parar en cualquier punto del recorrido para incorporarse al grupo de pasajeros. La rotación de viajeros es tremenda, en cada apeadero suben y bajan unos cuantos y la escena cambia constantemente. El asiento contiguo al mío estaba vacío hasta llegar a la tercera estación. Aquí he sentido, mientras leía un mensaje en el teléfono, que alguien voluminoso se ha sentado junto a mí. Miro de reojo y veo a un subsahariano cuya envergadura se debe, principalmente, al hecho de llevar puesto un anorak de plumas tipo Michelin, de color verde. Yo sudaría como un pollo con esa indumentaria, pero supongo que él es friolero por origen. Carga también con una cartera en la que lleva sus papeles y el imprescindible móvil sin el que ningún ser humano puede sobrevivir hoy en día. Luciendo una sonrisa brillante, que luego deduzco que se debe a la esperanza, marca un número en el citado instrumento de tortura y se pone a hablar en voz alta, aunque muy respetuosamente. Debe ser que es consciente de que habla con alguien que está lejos, y por eso levanta la voz sin darse cuenta. —Hola. Soy el amigo de Yon. Es por lo del tabajo. He enviado mi curiculú hace dos semanas y no sé nada. Al otro lado imagino que contesta alguien muy borde, que habla bajito, porque no oigo al interlocutor a pesar de la cercanía entre el Samsung y mi oreja. Supongo la mala baba porque mi acompañante cambia la expresión, borra la sonrisa y parece volverse aún más oscuro. —Ya, ya compendo. Gracias. Doy por sentado que le han dado una excusa de esas que huelen a “la probabilidad es cero patatero” y el africano se da cuenta de ello. Pero no se desanima, vuelve a marcar y llama al que debe ser su contacto, el tal Yon. Al principio dudo sobre si este segundo actor es compatriota suyo o habitante local, pero la primera frase en suajili me saca de dudas. A partir de este momento asumo que mi adlátere es keniata. —Hello Yon, nimemwita mtu kutoka kazi uliyeniambia na nadhani hawatazingatia. Lo único que entiendo es la parte inglesa, habitual en dicho lenguaje, pero supongo que el resto significa que ha llamado a donde Yon le recomendó y le están dando largas. Sin embargo, al otro lado de la conversación, su amigo sabe cómo reanimarle. En este caso sí oigo perfectamente sus palabras, que tampoco comprendo, y me doy cuenta de que la sonrisa vuelve al semblante de pongamos Mufasa (le bautizo con el primer nombre que me viene a la mente, procedente del Rey León). —Je, unakumbuka Yon? kushughulika na simba wa Mara ilikuwa rahisi En esta frase capto el “simba” que sé que se traduce por león y “Mara”, reserva que visité hace años, así que deduzco que están comentando que lidiar con los leones es más fácil que encontrar trabajo aquí. La ruleta rusa de los que hablan por teléfono en un tren son los túneles. Pasamos por uno y, lógicamente, la comunicación se corta. —What the fuck! Es evidente que “¿Pero qué coño pasa?” no existe en keniata y la práctica lengua suajili ha echado mano de la imprecación yanqui. Mufasa se da cuenta de que acaba de soltar un taco y parece avergonzarse, e incluso pedir perdón con la mirada a todo el vagón. Acto seguido, para recuperar la compostura, dice algo que le parece más apropiado. —¡Jorer! No hay cobertura. Una voz femenina anuncia la llegada de la estación número doce. Mi ya colega se levanta inmediatamente y se dispone a bajar mientras sigue hablando por teléfono, no sin antes decirme: —Adiós. Que tenga un buen día. Le deseo lo mismo y añado que buena suerte con lo del trabajo. Al principio se sorprende y me toma por una especie de brujo que adivina las circunstancias, luego su sonrisa se multiplica por dos y me da las gracias. Viene de un mundo extremadamente distinto al de los japoneses del primer tren, pero el respeto está también ahí. Al final resultará que para ser educado hay que estar en país ajeno.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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