Publicado: jue, Abr 19th, 2018

Cuentos de primavera de Farramuntana: Ganesh [ yII ]

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Llamé a Chandraraj, y tras explicarle la escena le pregunté si se trataba de algo habitual. Él miró hacia donde aún estaban los protagonistas y me dijo: —Son dos parias. Miembros de la casta más baja de este país. Para nosotros son como perros, pero no los tratamos como vosotros a las mascotas. Son impuros y contaminan a través del simple contacto. Hay quien dice que incluso tocar su sombra arruina el karma. Por eso pueden atravesar la autopista sin problemas. Nadie quiere rozarles. Ya había leído algo sobre el sistema de castas: sacerdotes, políticos, comerciantes y obreros, en escala descendiente, y por debajo del cero, los intocables de los que estábamos hablando, pero no imaginaba que en este milenio las cosas llegasen aún a tal extremo. —Claro que seguimos creyendo en esta escala. Hay incluso una sexta casta, “los invisibles”, que no tienen permitido el acceso a las calles durante el día. Solo pueden salir de sus escondrijos por la noche. Parece injusto, pero es tan solo el resultado de sus acciones en vidas anteriores. Si te comportas de manera indigna, bajas escalones en el sistema. Puedes incluso reencarnarte en un animal. Y, al contrario, si sigues la senda del deber de forma correcta, accedes a una casta superior. Yo, por ejemplo, soy un shudrá, obrero cualificado, que aspira a renacer como vaishia, en calidad de comerciante próspero. Y creo que me quedaré en ese nivel. No me apetece convertirme en político, ni sacerdote. Le dije que estaba convencido de que, a base de trabajo duro, podría alcanzar el siguiente nivel en esta vida. Y que también quedaba el recurso de un buen braguetazo. —Eso no es posible. No hay atajos en el dharma. El que se casa con alguien de una casta inferior se contamina, y se condena a volver atrás en la próxima vida. Pero no me mires con esa cara de extrañeza. Yo sé bien que en vuestra sociedad también los ricos se casan solamente con ricos. No pude llevarle la contraria. Poco después aparcamos en algún lugar de la ciudad rosa y visitamos un par de palacios, para desplazarnos más tarde hasta el impresionante fuerte Amber, al cual subimos — paradojas de la vida — montados en elefante. El siguiente punto en el trayecto del día era una escuela de pintores artesanos. Ejecutaban vistosos dibujos en el dorso de antiguos documentos de la época colonial. Era una forma de ahorrar y reutilizar papel, que al comprador le reportaba dos souvenirs en un solo objeto. La mayoría pintaba imágenes con tigres, muy apreciados por los turistas, ahora que ya no se podía ir a acecharlos en directo. Plasmaban cada pelo de la cara de esos bellos animales, utilizando para ello un único pelo como pincel, y el resultado era de una perfección abrumadora. Solo uno de los artistas reproducía escenas diferentes. Motivos vegetales…y elefantes. Ahí estaba de nuevo mi reciente descubrimiento haciéndome un guiño. Me acerqué al pintor, que estaba entretenido acabando una pieza y le pregunté por el precio de una de sus creaciones. Al volver el rostro, comprobé con sorpresa que era el muchacho que había visto atravesar la autopista. Lucía el punto rojo en la frente de los seguidores de Ganesh. ¿Cómo compartir con él las sensaciones que me había provocado aquella escena? No podía inmiscuirme en su vida privada para conocer más detalles de la pareja, pero me moría de ganas de oírle describir la felicidad que yo había comprobado desde la ventana del autobús. Quizá mi nuevo dios me echó una mano en aquel momento, muestra gratuita de su poder, para demostrarme la conveniencia de creer en él. El caso es que el joven me dijo, en un inglés impecable, lo cual era atípico en su generación: —Le he visto a usted esta mañana, ¿verdad? Iba dentro de uno de esos enormes autocares, mientras yo cruzaba la autopista con Trisha, mi mujer. —¡Efectivamente! Les he visto yo también y me ha impresionado la felicidad que desprendían ustedes a su paso. —Ja, ja, ja. No sabía que fuese tan evidente. Pero es verdad, somos muy dichosos y no nos preocupamos de esconderlo. —¿A pesar de ser intocables? —pregunté, al mismo tiempo que me daba cuenta de la impertinencia de la cuestión —. Disculpe mi atrevimiento, eso es lo que me dijeron. —Le informaron mal, y, de hecho, usted mismo puede darse cuenta de que al estar trabajando aquí, no puedo ser un paria. No me lo permitirían. Como artesano, soy un vaishia. —¿Entonces? ¿Tiene idea de por qué me contaron esa patraña? —Porque mi mujer sí es intocable. —Entiendo. Pero parece que a usted no le preocupa contaminarse con el contacto. —Me importa muy poco. Esta reencarnación de ahora es lo que tengo, y en ella soy feliz con mi esposa. Es un ser especial, independientemente de castas o clases. En realidad, es hija de un milagro. —¿Qué quiere decir con eso? —Su padre fue una de las personas que aceptaron voluntariamente la esterilización a cambio de un transistor. ¿Recuerda usted esa campaña promovida por Indira? La dama, por llamarla de alguna forma, creía que con más gente habría más problemas, pero solo esterilizaba a los pobres. El caso es que al padre de Trisha le duró el regalo una semana, tanto como las pilas que lo alimentaban. Luego lo tiró al Ganges. —Sigo sin entender el asunto del milagro. —Pues es que resulta que la hija nació después de la esterilización del padre. Todos lo atribuyeron a la gran devoción que ese hombre tenía por Ganesh. —El todopoderoso eliminador de obstáculos. —Ya veo que lo conoce. De todas maneras, si por culpa de estar con ella me reencarno en paria la próxima vez, tanto mejor, podré estar junto a Trisha con menos problemas. Asentí con la cabeza y pensé que era una hermosa historia. Y también comprendí que aquel joven, que solo dibujaba elefantes, estaba siendo ayudado por Ganesh.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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