Publicado: vie, Abr 13th, 2018

Cuentos de primevera de Farramuntana: Ganesh [ I ]

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La India (cualquier pequeña parte de ese enorme país) es un lugar que te hechiza desde el momento en que pones un pie en su suelo. Basta una estancia de dos semanas, aunque sea en formato turista, para escribir muchas páginas. Pero uno prefiere simplemente disfrutar de la experiencia y dejarse llevar por la influencia de los más de mil millones de almas pacíficas que la pueblan. Es el efecto benéfico del hinduismo. El ambiente que se respira allí hace que nuestra famosa isla de la calma parezca puro frenesí. La parte más interesante de la doctrina religiosa que sigue esa multitud, es la creencia de que Dios es uno, pero que sus manifestaciones son infinitas. Eso hace que puedan venerar a diversas versiones de la deidad, según las apetencias particulares. En mi caso, si me quedase a vivir allí, me decantaría por el Dios más simpático y adorable: Ganesh, primogénito de Shiva. El obeso cuerpo humano coronado por una cabeza de elefante siempre sonriente. Señor de las multitudes y guardián de la sabiduría. Chandraraj, guía durante mi viaje a ese casi continente, me explicó que Ganesh está considerado por sus adeptos el eliminador de obstáculos en cualquier acción que se emprenda, siempre que sea por una buena causa. Su apoyo se consigue mediante la adoración de una imagen suya, a la vez que se repite la oración que cita sus mil nombres: — Gajaananam bhootha ganaathi sevihtam… Kapitha jambu bhala saara bhakshitham… Umaasutham shoka Vinaasha Kaaranam… Namaami vigneshwara Paadapangajam… —¿No hay una versión simplificada? —le pedí. —Claro. Vosotros los europeos siempre tan prácticos. Bastará con que digas: Nirvighnam kuru me Deva… Sarva-karyeshu Sarvadaa. Que significa “por favor, bendíceme de forma que no halle obstáculos en mi camino”. —Mucho mejor. Tendrás que escribírmelo en un papel. —Con mucho gusto — respondió, mientras ejecutaba el gesto de namasté, agradeciéndome él mi interés —. Pero piensa que necesitas repetir esta fórmula breve unas cuantas veces, cuantas más mejor. El mínimo es once. —¡Vaya! Algo parecido a nuestro rosario. ¿Y el máximo? —Ciento ocho. Los mantras son más efectivos cuando se insiste. También conviene que no te contentes con rezar un solo día. Ganesh tiene una gran memoria, pero un oído no muy fino, a pesar de las grandes orejas. Aparte de eso, deberás tomar un baño, lavarte la boca y usar ropas limpias para rezar. Me gustaba la ceremonia, tal y como la describía. En general soy favorable a combinar la higiene física con la espiritual. Algo que no siempre ha sido habitual en la iglesia occidental. De ahí el uso masivo de incienso en el pasado en las catedrales. —También tendrás que realizar alguna ofrenda de agua, flores, incienso o comida al altar en que tengas la imagen del Dios. ¿Sabes? Él es símbolo de descubrimiento de la divinidad dentro de uno mismo y del equilibrio entre fuerza y bondad. Son conceptos con los que puedes comulgar, sin necesidad de ser hinduista. Aquí no hay que afiliarse. Basta con un deseo real y puro de comunicarte con lo que representa. Después completó mi formación como posible nuevo fiel, explicándome que el dios elefante también otorgaba la capacidad de distinguir entre la realidad y la ilusión, así como que su montura, un ridículo ratón, era el antiguo demonio de los deseos, Kaiamuhan. Toda una metáfora. —Verás en todas sus representaciones que Ganesh tiene cuatro brazos en los que lleva objetos diversos. Uno es una cuerda con la que te conducirá por el sendero de perfección. Otro un hacha, para cortar tus ataduras y limitaciones. El tercero, un laddu, su dulce preferido, con el que te recompensará cuando lo merezcas. Y la cuarta mano solo la usa para bendecirte. No sonaba mal. Ya me veía, yendo a trabajar con mi tilak en la frente. Un punto rojo, rodeado de ocre, dibujado con kurkum, y complementado por la fresca pasta de sándalo, que distinguía a los devotos del dios. Pintado entre las cejas, en el tercer ojo, el lugar de la sabiduría, para retener mi energía y mejorar la concentración. Aunque definitivamente, dicho ornamento le quedaría mejor a una mujer. Mientras tanto, el autobús circulaba con dificultad por las afueras de Jaipur, tratando de aproximarse al centro. La vía era algo parecido a una autopista, por la que transitaban otros autobuses, mezclados con camiones, coches, motos, bicicletas, carritos de vendedores, personas a pie, animales sueltos…y todo ello en ambos sentidos de la marcha en los dos lados. Ni que decir tiene que la incorporación al tráfico era libre y practicable desde cualquier punto. Y, sin embargo, no ocurrían accidentes. Lo que sí se producía era un concierto de pitos y cláxones verdaderamente atronador, si bien no iba acompañado por ningún tipo de crispación. Para cada conductor bastaba con tocar la bocina para descargar tensión y luego seguir conduciendo con una sonrisa. Era un mediodía a mediados de agosto, típica fecha para vacaciones, aunque poco propicia en según qué lugares del globo, y la temperatura en el exterior del autocar llegaba a los treinta y cinco grados, lo que sumado a la humedad suponía un efecto de bochorno soportable solo por los nativos. Pero nosotros íbamos dentro del cascarón metálico, que generaba con su aparato de aire acondicionado un ambiente casi gélido. Desde las ventanas veíamos como, fuera, la gente sudaba sin darle la menor importancia. De repente, les vi. Era una pareja de jóvenes. Aparecieron por un lateral de la carretera en dirección perpendicular a la de los vehículos, por lo que entendí que se disponían a atravesar aquel caos. Él le dio la mano a ella, y con una sonrisa mutua, que hubiese hecho palidecer al diente de oro de Pedro Navaja, emprendieron la aventura. Les seguí con la mirada durante todo el trayecto y comprobé que lograron alcanzar el otro lado sin el menor problema. Para ellos no existía el resto del universo, ni siquiera el calor o el ruido. Irradiaban un halo de luz propia, en medio de una luminosidad ambiental cegadora. Era como si fuesen inmateriales, inmunes a cualquier mal, literalmente intocables. Pude apreciar cómo, al culminar la epopeya, el muchacho, que seguía apretando fuertemente la mano de su pareja, le dirigió una mirada tierna, que fue correspondida con otra que contenía más amor que toda la literatura romántica escrita hasta ese momento. Sentí una mezcla de afecto y envidia, que me sorprendió como un dulce latigazo.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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