Publicado: Vie, Abr 6th, 2018

Cuentos de Invierno de Farramuntana: BEREBER (Dueto/Alimón escrito a cuatro manos con Goyta Rubio) [ yIV ]

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En este punto de la conversación ambos nos quedamos callados. Habíamos acabado la cena hacía ya un buen rato y le propuse salir a tomar una copa al jardín antes de retirarnos a nuestras habitaciones. Yo aún ansiaba hacerle una última pregunta. Algo en esa mujer y su innegable efecto sobre mi amigo me impelía a conocer las razones del hechizo. Porque así es como estaba Charly desde el primer momento que la vio: preso de algún tipo de encantamiento, aojado por una criatura extraña y para mí misteriosa, que le había conducido a un estado que yo no conocía en él. Mi amigo supo, de manera seguramente instintiva, que yo quería que me contase su baño de luna y comenzó a hablar de ello espontáneamente, de forma pausada y natural, tan pronto como tomamos asiento en la terraza. “Kwella me tomó de la mano apenas acepté su invitación y con un suave tirón me dio a entender que la siguiera. Salimos del local y caminamos apenas un cuarto de hora por unas calles que a esa hora de la noche me parecían confusas y sin identidad. Con facilidad me hubiera perdido si ella hubiera soltado mi mano, pero afortunadamente no lo hizo. El aire de la noche era agradablemente cálido, por lo que caminamos con gusto y sin apresurarnos. Sin apenas darme cuenta llegamos a una puerta como cualquier otra, ella sacó una llave, abrió y apretando levemente mi muñeca me hizo pasar al interior. Nada más avanzar por el pasillo, que terminaba en un pequeño arco, el aire se inundó de olor a jazmín, tenue al principio, rotundo y dulce después. Llegamos finalmente a un hermoso patio de discretas proporciones. Una de sus paredes estaba cuajada de aquellas sencillas flores blancas cuyo olor lo inundaba todo. El suelo era de tierra y el resto de paredes estaban pintadas de un intenso azul cobalto. Había un pequeño aljibe en un rincón y varias vasijas colocadas con un innegable gusto aquí y allá. El conjunto era perfecto e invitaba a creer que tan reducido espacio bien podría albergar tantos sueños como uno fuera capaz de soñar” Charly debió captar la sonrisa en mi cara y me reconvino con un gesto. Luego haciendo caso omiso de mis posibles objeciones, y descartándolas con un elocuente movimiento de su mano, prosiguió su relato. “Kwella me pidió entonces que tomara asiento en una estructura de madera elevada sobre el suelo. Cubierta con hermosas alfombras y con profusión de enormes y mullidos cojines de diversos tejidos y colores, su aspecto era tentador. Me dejé caer allí con un sonoro suspiro, ella sonrió levemente y me pidió que la disculpara por un instante, no sin antes ofrecerme algo para beber, que yo rechacé en aquel momento. La luz procedente del interior de la casa era tenue pero la luna redonda y plena bañaba el patio y yo distinguía con bastante claridad los detalles a mi alrededor. El aire seguía impregnado del perfume intenso de las flores y algunas ráfagas de viento suave provocaban en mi nariz una sobredosis del mismo. Noté que de algún lugar de la vivienda habían comenzado a llegarme, todavía lejanas, unas notas de jazz. Inesperado, pensé, dejándome llevar por la música. No sé cuánto tiempo pasó hasta que ella volvió a aparecer portando una bandeja con dulces, unas bonitas copas de cristal azul con un delicado borde dorado, y un licor transparente, cuyo origen dijo haber olvidado. Lo depositó todo sobre una mesa pequeña y redonda y excusándose de nuevo volvió a entrar en la casa. El volumen de la música subió, apenas lo suficiente para que la melodía llegara con perfecta claridad a mis oídos. Como no podía ser de otra forma, era Ella Fitzgerald cantando Moonlight Serenade. Poco después reapareció Kwella llevando unas velas que encendió en distintos lugares del patio. Justo entonces me di cuenta que había cambiado su ropa por un sencillo caftán de seda. Tras ofrecerme una copa del desconocido licor, se sentó a mi lado y comenzó a desgranar su historia, la que ya te he contado. Tras un par de horas en las que apenas hice otra cosa que escuchar embobado y mirarla sin poder apartar mis ojos de ella ni un segundo, me dijo que había llegado el momento de tomar nuestro baño de luna. Me pidió entonces que la siguiera al interior de la casa, me llevó a una habitación y me sugirió que eligiera algo cómodo para el ritual. Escogí una camisa amplia de algodón y unos pantalones ligeros que anudé a mi cintura con un lazo. Salí de nuevo al patio y la encontré arrodillada frente a una tinaja grande de barro, llena de agua, que había preparado mientras yo me vestía. ¿Quieres conocer mi receta?, me preguntó sonriendo, y yo, te aseguro que ansiaba conocerlo todo de ella, fuera lo que fuera. Entonces, muy bajito, como quien juega a los secretos, fue enumerando los ingredientes de una poción que yo ya considero mágica: tres palitos de canela, un puñado de flores de lavanda, unas hojitas de laurel, romero y cáscara de naranja. Mezclados con dos litros de agua y hervidos al menos durante media hora, vigilando la cocción para que sienta tu amor. Me confesó entonces que hacía ya muchos años alguien, llegado de un país que no podía recordar, le regaló la fórmula y desde entonces tomaba baños de luna para serenar su espíritu y atraer la energía del astro, y que esa noche deseaba compartir su baño conmigo. Antes de comenzar me explicó la ceremonia, que era su forma personal de relacionarse con la luna. La misma que la alumbraba con fuerza desde el día de su nacimiento. Nos sentamos directamente sobre la tierra con las piernas cruzadas y en silencio unimos nuestras manos. Cerramos los ojos y yo seguí sus instrucciones, sentí el calor que irradiaban sus dedos enlazados en los míos y, dejé que mi corazón iniciara un especial diálogo con ella, a través del satélite. Pasados unos minutos abrí los ojos y vi los suyos que me miraban sin pudor. En aquel momento hubiera deseado quedarme para siempre en aquel lugar, en el interior del pequeño patio que olía a mil esencias y a ella. Kwella se aproximó y me dijo muy bajito: querido es la hora del baño. Se levantó, tiró de mí para que la siguiera y se quitó el caftán despacio y sin miedo, mientras con una mirada me invitó a que hiciera lo mismo. Yo para entonces había admitido que no existía allí más voluntad que la suya, y de forma algo torpe y desmañada me deshice de mis ropas. Nos acercamos ambos a la gran tina y tomando una jarra de agua tibia la volcó poco a poco sobre mí, dejando que resbalara por mi cuerpo. Volvió a llenar la jarra de nuevo, pero esta vez me la ofreció y yo la derramé sobre el suyo. La sentí deslizarse y recorrer cada ensenada, cada valle y empapar su cabello, inundar su ombligo, arremolinarse entre sus piernas y dibujarlas, mientras ella me contemplaba sonriendo. En sus ojos, radiantes, había algo que no sabría definir, pero que hizo que me volviese loco. Ella pareció contagiarse de la misma locura y bailamos bajo la luz de plata, y nos tumbamos en los cojines, para que nos enredaran el jazmín y la música y el fulgor que esa noche brillaba en el cielo para nosotros. Y la besé amigo y me besó y…” Charly me miró y sonrió, un tanto contrariado porque había estado a punto de traicionarse, exaltado por el recuerdo, y contármelo todo. Se puso serio y concluyó: “el resto es nuestro, es suyo y mío, y es tal vez de la luna”. Me hizo un guiño cómplice, dio un trago largo a su copa y volvió a sonreír feliz, mucho más feliz de lo que jamás le había visto desde que le conocía.

Hiriente, hipnótico reflejo, plata en el oscuro inquietante, luna en tu pelo negro. La sal líquida se desliza, juega atrevida en tu pecho, luego desaparece en rincones que ya están llenos de mi deseo. Y tus labios, desnudos, dormidos en el aire fresco, les envían, sin querer, a los míos, suicidas, un reto de fuego.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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