Publicado: vie, Mar 23rd, 2018

Cuento de invierno de Farramuntana: BEREBER (Dueto/Alimón escrito a cuatro manos con Goyta Rubio) [ II ]

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Mi colega, siempre discreto en asuntos de mujeres, decidió esta vez, sin embargo, dar voz a su compañera de la noche anterior, en la misma lengua en la que le habló: castellano que ella había aprendido de un antiguo amante Oraní. Tal fue la fascinación que sintió por Kwella desde el primer momento en que la vio, que no podía — me dijo — silenciar sus sentimientos. Ansiaba fijarla en su memoria y guardar para siempre una historia que comenzó a susurrar casi en trance, más para él mismo que para mí. “Nací en una noche clara y tan preñada de estrellas que mi madre me contó que, desde aquel día, nuestra tribu no dejo de mirar hacia el cielo esperando algún suceso de extraña naturaleza. Las montañas de mi tierra, tan próximas al firmamento, me acompañaron todo el tiempo en el que yo pugné por abrirme paso en la vida. Mientras, mi madre luchaba para hacerme el tránsito más sencillo. Para ella yo sería la segunda de sus hijas y la última de una larga prole. Nueve veces parió la mujer y tuvo que ver como algunos de sus vástagos se quedaron en diferentes lugares de nuestro incesante deambular de uno a otro territorio. Ella me enseñó todo lo que sé. Me regaló la posibilidad de ser libre para amar y para decidir sobre mi vida, me mostró el arte de la danza y la seducción, y al hacerlo me hizo fuerte e independiente. Me adiestró en cómo agradar a los hombres y así me logró invencible. Ese era, al menos, su propósito desde el principio. Coincidíamos en un sueño, común a todas las hembras de nuestro pueblo que nos habían precedido. Somos Nailiyat, nombre de las que, durante siglos, elegimos aquello que deseamos, nos cuidamos las unas a las otras y viajamos sin presencia de varón. Nosotras siempre hemos labrado nuestra fortuna y trazado nuestro destino. Pero eso era antes. Antes de que todo cambiase, antes de ser juzgadas por una moral que no nos pertenece, antes de que nos convirtieran en meretrices al servicio del placer de los hombres y de que nos obligaran a tributar por ello”. Charly me contó que su voz dulce, que yo imaginaba llena de registros y armoniosas tonalidades, se quebró y se tiñó de tristeza en este punto del relato. Que la narradora hizo entonces un alto en la descripción, y él se sintió tan vacío, que hubiera regalado mundos para que la bailarina recobrara su viveza y su color. La miró, y con los ojos le suplicó que volviera a brillar para él. Kwella, hábil en el manejo de las emociones, se tomó solo unos segundos para ocultar su pena tras una púdica cortina y rehízo su natural cortesía para seguir desgranando la historia. Ella continuó explicándole, aún con un poso de dolor que no pudo encerrar bajo llave, que tuvo que dejar atrás todo cuanto su madre le había contado acerca de las mujeres de su pueblo. Palabras que ahora tan sólo parecían viejas añoranzas de un pasado que nunca fue suyo. La infancia, rica en aprendizajes y afectos, fue dando paso a una realidad que iba estrechando cada vez más el abanico de posibilidades. Lo que le enseñaron sobre amar por tradición y por apego a la libertad propia, fue perdiendo sentido a medida que el tiempo avanzaba lenta e inexorablemente. Pero antes, ese mundo de juegos tempranos con las niñas de su tribu — te juro que en aquel momento sus ojos se encendieron como estrellas mientras hablaba — había sido brillante. Recordaba con total precisión sus párvulos y torpes movimientos en los primeros intentos por aprender a mover las caderas y el cuello al ritmo de la música. Atesoraba en su memoria risas y confidencias apenas adolescentes bajo las estrellas. Todo ello sucedió antes de que dejara por larguísimas temporadas su entorno, para partir con su madre a la ciudad. Desde entonces había vuelto en contadas ocasiones a su mundo, en el que prácticamente veía imposible quedarse. La vida en Bou Saada no era exactamente la que imaginara en su infancia. Los sueños de entonces solo eran eco de un pasado ya muy lejano. Eran pedazos de deseos colectivos, cargados de nostalgia. Añoranza de una libertad que todas sentían que habían perdido en algún punto del camino. No escondían el orgullo de sentirse únicas en su especie, mujeres nacidas libres para labrarse un futuro tan solo bajo la directriz y los cuidados de una madre, una tía o una hermana mayor en ocasiones. Jóvenes con derecho a atesorar una pequeña fortuna, y aún para administrarla después del matrimonio. Libres para elegir el destino y su propia trayectoria. Auténticas mujeres, sin apenas límites, en medio de un océano gigantesco de hembras sujetas al poder del patriarcado. Y así fue durante siglos, hasta la irrupción de una cultura por completo ajena a la suya, que llegaría como una tormenta para llevarse todo por delante y encerrar a la esencia Ouled Nail en la habitación de un burdel, o en el mejor de los casos en un garito donde bailar para turistas despistados. Aquí su voz se quebró una vez más, la frente se le llenó nuevamente de pesadillas, y mi amigo, según me dijo, hubiera vuelto a dar lo que fuese por librarla de su pena. Creo que hasta imaginaba una lucha a muerte con ese invasor que ya ni siquiera estaba en aquel país, para ofrecerle victorioso a la mujer todo aquello que había perdido. Le miraba y me daba cuenta de que estaba absolutamente conmovido por aquella historia y aturdido por el hechizo que le producía la hembra bereber. Su madre había hecho sin duda un buen trabajo. Si una Nailiyat era educada para seducir, aquella, que Charly ya llamaba “mi Kwella” era una maestra. Había sido bendecida con todas las gracias posibles. Era culta a su modo, buena conversadora, hábil narradora de historias, convincente en su discurso y sutil en sus formas. Tuve que detener a Charly ya que sus elogios parecían no tener fin. Estaba acostumbrado a los raptos de locura de mi amigo. El carácter bondadoso y un corazón con tendencia a la ilusión le hacían, a pesar de que ya no era un niño, o tal vez por ello, caer rendido con suma facilidad ante cualquier fémina poseedora de ojos dulces y arteras intenciones. Y no es que yo fuese un cínico redomado que tendiera siempre a juzgarlas, pero reconozco que la ingenuidad de mi colega me hacía estar alerta… y aquella vez parecía tocado y bien tocado, y si nada lo remediaba hundido. Traté de cambiar de tema, hice algunas bromas, quizá reconozco poco afortunadas, pero él me miraba huraño e impaciente y nada dispuesto a abandonar el tema.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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