Publicado: Vie, Mar 16th, 2018

Cuentos de Invierno de Farramuntana: BEREBER (Dueto/Alimón escrito a cuatro manos con Goyta Rubio) [ I ]

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Invité a muchas personas a que viniesen a Argelia, pero solo Charly se atrevió a hacer el viaje. Se plantó en el aeropuerto Houari Boumedienne con la única garantía de una dirección, escrita en un pedazo de papel, que creía sería indicación más que suficiente para algún taxista local. Dichas señas eran las de un apartado postal en la oficina de Correos del pueblo en el que yo habitaba. Esa misma mañana, lo que demostraba que la providencia estaba siempre al quite, yo había hablado por teléfono con mis padres. Para realizar esa sencilla llamada era necesario ir a la centralita de Boumerdes, que estaba a media hora en coche desde mi casa en Bordj Menaiel. El lugar más cercano con cabinas automáticas. Además, se requerían numerosas monedas de cinco dinares, difíciles de encontrar, que eran las únicas aceptadas por dichas máquinas. Al menos una docena para hablar un cuarto de hora. El equivalente de unas mil doscientas pesetas de la época, aunque la realidad era otra, puesto que el cambio del dinar solo era teórico. Todo esto para ilustrar que allí nada era fácil, especialmente para un extranjero. Pues bien, durante esa conversación me advirtieron de que mi amigo iba a llegar a mediodía al país. Justo a tiempo para ir en persona al aeropuerto, viajando otra media hora al este, desde la centralita, y recogerle. Le salvé así de más de un posible apuro, dado que no hablaba árabe ni francés. Sin tiempo para el descanso, y tras de una comida ligera, escogimos los bártulos adecuados en casa, dejamos allí los innecesarios, y nos volvimos a poner en la carretera, para dirigirnos al desierto. Era, sin duda, el premio merecido por alguien que había tenido el coraje de ir hasta allá. Para mí sería la tercera incursión al Sahara, con una ilusión intacta, porque sabía que su magia se renueva con cada anochecer. La primera etapa antes de llegar a cenar al destino, fue alcanzar la puerta del desierto: el oasis de Bou Saada, a unos trescientos kilómetros al sur, para los que se requería un viaje de algo más de cuatro horas. La antigua ciudad romana de Arena tenía ahora un nombre árabe, cuyo significado, “villa de la felicidad”, prometía agradables experiencias. Estaba situada en la meseta del Atlas, de manera que, durante el trayecto, los olivos y algunas viñas todavía en producción para consumo de los no nativos, iban desapareciendo gradualmente para dejar paso a la estepa. Y después de esta, llegaba la arena. Para los propios argelinos, especialmente los que habitaban en la capital, un viaje hasta ella representaba la posibilidad de desconexión de la vida ajetreada, durante el fin de semana, y el retorno a un ambiente que, de alguna manera, aunque lejana, les era familiar. Sin embargo, para los auténticos saharianos, la ciudad era ya parte del Norte. Los colegas suizos con los que trabajaba en Argelia en un proyecto llaves en mano para el Estado, me aconsejaron desde mi primer viaje al desierto cuáles eran los establecimientos en los que debía alojarme. La regla era sencilla: elegir solamente los de cuatro o cinco estrellas, todos ellos construidos en tiempos de la dominación francesa, según el gusto francés y para disfrute de los extranjeros. Tras la independencia, el mantenimiento de los mismos se había descuidado un poco, pero eran todavía la mejor opción de entre todas las posibles. En Bou Saada, el único que cumplía con dichas condiciones era el Hotel Le Caid. Visto desde el exterior, su apariencia era la de un fuerte colonial, blanco, robusto, con hermosas ventanas de herradura y rodeado de palmeras. En el interior, un enorme patio con piscina y más palmeras era la atracción principal, máxime teniendo en cuenta que entrábamos en una tierra en la que el agua era el bien más preciado. El edificio databa de mil novecientos veinticinco, y había sido remodelado “recientemente” en el sesenta y siete. Llegamos a él justo a tiempo para comer algo antes de que se cerrase la cocina. Pedimos la típica Chakhchoukha, que tomamos en el salón de té, al aire libre, junto a la piscina. El plato, parecido a nuestro pisto, tenía seguramente conexiones antiguas con la cocina andalusí, puesto que la ciudad la habían fundado bereberes vueltos del sur de nuestro país. Esos que nunca estuvieron en casa en España, ni tampoco la encontraron a su retorno a África. A medida que avanzaba la noche, el cielo se poblaba de estrellas con una densidad y luz desconocidas. Charly estaba hipnotizado por el espectáculo, pero le advertí de que debía reservarse, puesto que aquello no era nada comparado con lo que vería en el corazón del desierto. Creo que éramos los únicos clientes del local. Seguramente por ello, la Dirección nos ofreció un regalo especial: una muchacha de la tribu de los Ouled Naid bailó una de sus típicas danzas para nosotros, acompañada de música beduina de tambores y flauta. —Es por hembras como la que veis, que la ciudad se llama lugar de la felicidad — nos explicó el camarero, mientras nos servía unas copas de Lepanto —. Las mujeres de esta etnia son infinitamente más autónomas que las musulmanas. Incluso más independientes que vuestras mujeres europeas. Hace muchos años se dedicaban a la danza y también al amor, que elegían en cada momento libremente, por lo que algunos las confundían con prostitutas. Pero no era esa su profesión, sino el baile. Con él y con lo que podían obtener de sus amantes, acumulaban la fortuna que les permitía volver a su lugar de origen para adquirir tierras y luego casarse. Ahora todo eso se ha perdido, y solo algunas artistas, como la que tenéis delante, reproducen aquellas antiguas tradiciones. Nos acomodamos semitumbados en los cojines, a la manera local, para contemplar el espectáculo desde una altura inferior. Ello implicaba a la vez, una cierta sumisión hacia la ejecutante y una actitud morbosa de voyeur. La muchacha adornaba su cabeza con un tocado voluminoso, complementado con diadema y colgantes varios, todos ellos de oro. Las muñecas y tobillos lucían numerosos brazaletes. Estos tenían la finalidad de acompañar, con el sonido que originaban, a los gestos sincopados de la mujer. Al principio los movimientos eran lentos, como si se tratase de un precalentamiento. Los hombros, las manos y el pecho oscilaban adelante y atrás, arriba y abajo y hacia los lados. Luego llegó el turno al balanceo de las caderas y los empujones de la pelvis. Y finalmente entraron en juego los pies, siempre de puntillas. Todas estas partes se fueron conjuntando y el ritmo aumentó progresivamente. Aparecieron los golpes ejecutados con los glúteos. El flautista era puro frenesí y los tambores reproducían lo que parecía secuencia de un encuentro sexual. De repente, cuando el éxtasis parecía inevitable, la música y la bailarina pararon en seco y todos saludaron. Se había consumado el coitus interruptus, que tradicionalmente debía ser preparación para disfrute posterior con la artista, siempre y cuando a ella le placiese. Dejamos una generosa propina en la mesa, para premiar a quienes nos habían deleitado de esa forma. Me fui a dormir y Charly se quedó un rato más en la terraza, contemplando el firmamento. A la mañana siguiente me explicó que la bailarina, llamada Kwella, había vuelto y le había invitado a tomar un baño de luz de luna.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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