Publicado: vie, Mar 2nd, 2018

Cuentos de Invierno de Farramuntana: Goia [ I ]

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La primera impresión me hizo pensar que estaba frente a Lauren Bacall, el sueño eterno de ese icono al que todos llamábamos Janfri. Ni el color ceniza de su largo cabello, ni las discretas arrugas le habían robado un solo ápice del encanto que lucía en su juventud. Si no fuese porque había leído la noticia de su muerte tres años atrás, hubiese jurado que se trataba de la actriz, aunque resultase absolutamente insólito que ella estuviese en aquel rincón situado, no en el quinto, sino en el vigésimo pino, lejos de todo y de todos. El óvalo perfecto de su cara alargada, los ojos rasgadísimos, adornados de arcos de ceja elegantes como alas de gaviota y de pómulos rotundos, la nariz fina y el labio inferior grueso…eran inconfundibles. Pero yo no había silbado para llamarla. No podía ser. Me restregué los ojos, para espantar a la alucinación, probablemente debida a la falta de glucosa tras del ejercicio intenso que me había llevado hasta allí. Pero la aparición no se esfumaba. No solo eso, sino que, además, me sonreía de esa forma irónica tan suya, provocando la formación de unos magnéticos hoyuelos. Aún con los párpados entornados, la intensidad de su mirada era tremenda, y hacía que me encogiese de forma inevitable. De pronto, tendió la mano hacia mí, como propuesta de saludo, y me dijo: —Buenos días. Hechizado, avancé en dirección a la oferta, dando algún que otro traspié, y choqué aquellos cinco dedos largos y finos, que estaban increíblemente fríos. Mientras volvía a imaginar que mi compañera era algún tipo de fantasma, pensé en cómo había llegado yo hasta dicho rincón. Fue a causa de uno de esos caprichos de precio incalculable. Después de ver el inicio del torrente, no pude desechar la tentación de seguirlo durante un buen trecho. Al principio era relativamente ancho y la única dificultad estribaba en andar como pisando huevos, sobre las piedras redondeadas que poblaban el suelo. Luego tuve que salvar el obstáculo de un par de cables electrificados, que algún ganadero tortura-vacas había instalado en la zona para evitar que las cabezas se metieran por aquel laberinto. Por mandato de la ley de Murphy, toqué sin querer uno de los cables con la espalda, al pasar por debajo del mismo, y comprendí que un pulso con bastantes voltios es muy disuasorio. En consecuencia, el siguiente hilo lo pasé por arriba, asegurándome de mantener la entrepierna a una distancia considerable del engendro. Poco a poco el camino se hizo impracticable. La vegetación crecía a los lados de manera incontrolada. Hubiese hecho falta, no un machete, sino una excavadora para abrirse paso con comodidad. Por otra parte, el suelo, que apenas veía la luz, era una auténtica alfombra de musgo resbaladizo, que crecía sobre los pedruscos y comprometía la integridad de los tobillos a cada paso. Yo seguía avanzando, engañándome a mí mismo con la idea de que más adelante encontraría un claro. Sorprendentemente, al cabo de una media hora, empleada en recorrer apenas doscientos metros, llegué a la tierra prometida. Un ensanchamiento del cauce, limitado por altas paredes de piedra, en el que se formaban algunas balsas de agua. Y allí, como ya he dicho, estaba Ella. —Buenos días— respondí tímidamente—. Me llamo Farramuntana. —Yo soy Laila —contestó—. La ninfa de estas aguas. Bueno. Íbamos progresando. Estaba claro que era una presencia real…y que estaba como una regadera. Por eso quizá coincidíamos en un lugar tan inhóspito. De hecho, iba vestida únicamente con una especie de túnica de algodón, que algún día habría sido blanca, pero que ahora era del mismo color gris que su cabello. La temperatura ambiental era de diez grados, lo que sumado a la humedad del rincón en que nos hallábamos, explicaba por qué tenía las manos tan terriblemente frías. —Veo que no me crees —dijo, moviendo la cabeza a los lados para expresar desaprobación. —La verdad, siempre había imaginado a las ninfas más… —¿Jóvenes? Entendido. Yo lo fui durante mi primer milenio, pero ahora ya voy acabando el segundo. Me queda solo una centuria más y luego me desvaneceré. Las de mi clase somos caducas, como estas hojas que pisas hoy. En cualquier caso, la conversación me resultaba muy interesante, y aquella mujer no parecía peligrosa, por lo que decidí seguirle la corriente y continuar hablando con ella. —También se cuenta que van desnudas — dije con un poco de vergüenza. —Ja,ja,ja —rio ella con una voz que era perfecta imitación del ruido del agua en un manantial —. Así solía hacer yo, pero con la edad me he vuelto algo friolera. Por eso me has encontrado aquí a esta hora. Busco los escasos rayos de sol que se filtran a través de la cúpula de árboles. Con el tiempo me he convertido en algo parecido a un reptil.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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