Publicado: vie, Feb 23rd, 2018

Cuentos de invierno de Farramuntana: Calores en el año del Cólera (Fragmento de ‘Ribereños’) [ yII ]

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Así, Calores empezó a trabajar para el Patrimonio con el pacificador Alfonso XII, que parece que tampoco tenía todo el ADN en regla, pero fue capaz de acabar con más de medio siglo de agitación y revoluciones, por la vía tranquila. Los rumores hablaban de un capitán como su posible padre. En realidad, muchos de los habitantes de Aranjuez se planteaban también su origen. Tantos reyes como habían pasado por la Villa, normalmente en primavera, con la sangre alterada y un poder absoluto, tenían que haber dejado traza y consecuencia de sus frecuentes escarceos. Carlos pudo ver de cerca al Monarca, además del día de la célebre corrida, durante un suceso singular que aconteció en Aranjuez en el triste verano de 1885. Aquel año la primavera había sido extremadamente lluviosa. El río llegó a desbordarse a las afueras del pueblo y el cauce habitual quedó casi seco. Se organizó el trasvase de agua desde el mar de Ontígola, lo que hizo que este también quedase prácticamente vacío. En Aranjuez la gente sabía que esas condiciones eran caldo de cultivo para fiebres y otras afecciones. A principios de junio, de repente, en todas las calles se empezó a hablar de unos casos de cólera. Se habían detectado entre jornaleros que trabajaban en las fincas de los alrededores del pueblo. El médico del Patrimonio, el doctor Richer, le contaba a Carlos, ya Guarda oficial, que esa enfermedad provenía originalmente de la India, pero que esta vez en particular venía sin duda del sur de España. Los temporeros andaluces y murcianos, que inmigraban cada año para trabajar en la siega en la vega de Aranjuez, habían anticipado su llegada huyendo de la enfermedad que se extendía en esas regiones. Y alguno de ellos había traído consigo el mal bicho. Durante el mes de Julio, la epidemia llegó a su punto máximo. Marcial decía al respecto: – La única manera de controlar esto es que cada cual se quede en su casita. Contra más nos aglomeremos, antes nos contagiaremos todos. Y a la gente le da por hacer Procesiones. ¡Eso, todos bien juntitos tosiéndose los unos a los otros! Fíjate en la Casa Negra de la calle Stuart, solo en ella hay más de cincuenta infectados y es porque sus habitantes viven amontonados. Con eso y la falta de alcantarillado ya no hay quien pare este asunto. La epidemia está localizada en el centro de la población. Más seguros estamos los que vivimos un poco lejos. – Los únicos seguros – contestó Carlos – son los que han abandonado el Real Sitio y se han ido a vivir con algún pariente en otro lugar. Según parece, más o menos la mitad de los ribereños ya no están aquí. – Debe ser eso que dicen de las ratas y los barcos. Pero como tú sabes, a nosotros nos toca el papel de Capitanes. Aunque no quedase nadie en Aranjuez, los Guardas del Patrimonio tendríamos que aguantar aquí al pie del cañón. – Otros dicen que el alcohol es buena prevención para evitar el contagio. Pero no precisamente dándose friegas con él. Estos días hay más borrachos que nunca en el pueblo. Y yo creo que debilitar el cuerpo cuando anda por ahí suelto el bacilo, no es precisamente la mejor idea. – Cuánta razón tienes. Por cierto, esta tarde tenemos que ir a preparar hogueras con hierbas aromáticas y azufre en varias calles. Son órdenes del Doctor Richer. Dice que eso no va a resolver el problema, pero que dará un poco de ánimo a la gente el ver que se hace algo. Malo tampoco será, al menos olerá mejor el ambiente. El propio Doctor comentaba que los infectados morían más en los hospitales que en los domicilios. Se habían habilitado dos centros de atención excepcionales: el militar en la plaza de toros y el civil en la casa Marinos. Pero muchos afectados preferían seguir en sus domicilios y ver si su naturaleza y el tratamiento que se estaba consolidando como el único efectivo hacían efecto. Desinfección, láudano y reposo, eran de momento las únicas posibilidades frente al mal. A mediados de Julio, la población de Aranjuez quedó reducida a casi un tercio. Los que tenían donde ir ya habían huido lejos del foco de contagio. De los que no abandonaron el pueblo, uno de cada tres contraía la enfermedad, y de los enfermos, la mitad acababa muriendo. Era una situación Dantesca. El propio Richer, profesional valiente y honesto, fue una de las víctimas. A finales de mes, parecía que la epidemia remitía. Cada vez había menos nuevos casos. La población recibía todos los días agua de Lozoya por tren, enviada por orden del Gobernador de Madrid, lo que también ayudaba a evitar la propagación. Pero el día treinta Marcial le dijo a Carlos: – Te voy a pedir otro, el último, favor impagable, aunque no puedes negarte: llévame al hospital militar. Creo que estoy contagiado. Aun no tengo los síntomas claros, pero me noto muy débil. No quiero pegárselo a Marisa, ni que ella me vea con vómitos y diarrea. Tú aguantarás, lo sé. Eres fuerte, y ya hemos visto que más de tres cuartas partes de los muertos son niños y viejos. Además, no te preocupes por mí, seguro que me curan como han hecho con tantos otros menos resistentes que yo. A Carlos se le vino el mundo abajo y se le llenaron los ojos de gruesas lágrimas. Pero entendió las razones de su jefe y amigo y cumplió con lo que este le pedía. Por el camino el Sobreguarda, ya afectado por la fiebre, le decía a Calores: – Si la Parca cree que se lo voy a poner fácil, no se imagina la mucha carne que puedo echar en el asador. Pasión como para quitarle el sueño a la misma muerte. A la entrada de la plaza, como cuatro años antes, pero en circunstancias muy distintas, encontraron a muchas personas que gritaban “el Rey, el Rey”. Sin comprender nada Carlos entró en el improvisado hospital con Marcial y allí le vio por segunda vez: Alfonso XII estaba junto a una de las innumerables camas, consolando a los enfermos. Resulta que, de repente, sin avisar ni a su familia ni al Gobierno, en contra del consejo de Cánovas y solo acompañado de un ayudante, el Rey en persona apareció en el Real Sitio y fue a visitar los hospitales de coléricos. Aquí se reafirmó la profunda convicción monárquica de Carlos, que luego se extendería a sus descendientes En agosto la epidemia remitió definitivamente, pero Marcial se quedó en el camino. A finales de verano, un viento inesperado arrastró todos los malos espíritus del ambiente. Ráfagas intensas agitaban las ramas de los árboles en los jardines con tremenda fuerza. Mucho antes del tiempo previsto, cayeron, como desmayándose de la emoción, hojas prematuramente secas, que sin embargo parecían volar con alegría hasta el suelo. Carlos pensaba que era como si ese viento le estuviese haciendo el amor a las hojas. Dulcemente primero. Brutalmente después. Vuelta a la dulzura más tarde. Se sentía cómplice de aquel sencillo espectáculo, buscando un refugio mental feliz para calmar su tristeza. Poco tiempo después, el veinticinco de noviembre, Alfonso XII murió de tuberculosis en el Palacio de El Pardo de Madrid y Calores cambió de Jefe Supremo pasando a servir a la esposa del fallecido, Doña Virtudes, la Reina María Cristina, aunque quien mandaba de verdad en el país era Sagasta.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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