Publicado: vie, Feb 16th, 2018

Algo estamos haciendo mal

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Ante episodios violentos como el sucedido el pasado lunes, a las puertas del colegio Sagrada Familia, cuando un grupo de jóvenes agredió de manera premeditada a un alumno del colegio, toca reflexionar. La extrema gravedad del caso pone el foco en la educación y en los valores que esta sociedad está transmitiendo a los más jóvenes. Que un alumno de 15 o 16 años sufra una agresión de este tipo, que podría haber desembocado en tragedia, no obedece sino a un cúmulo de circunstancias que hacen que nos detengamos en el futuro que muchos padres están labrando a sus hijos. Es cierto que no siempre toda la responsabilidad recae sobre los educadores pero las familias y los colectivos que se dedican a educar tienen la obligación de transmitir el valor del respeto por la vida y por la integridad física de las personas. No puede parecer que para algunos jóvenes, menores de edad -como es el caso- la violencia y las consecuencias que puede acarrear no sean sino parte de sus vidas, exhibiendo una sensación de que poco importa el daño que puedan causar. Profesionales de la psicología entienden que cada vez es más difícil mantener una buena estructura familiar que contribuya al desarrollo total del niño y que muchos padres no suelen tomar en serio un comportamiento violento de un niño en edad temprana, esperando que éste se corrija con el paso del tiempo. El consentimiento a los deseos del niño, la falta de recursos para manejar las frustraciones o la falta de seguimiento en materias escolares son puntos sobre los que los psicólogos enfatizan ante un caso de violencia que aparece después de la tiranía. Desgraciadamente, lo ocurrido el pasado lunes no es un capítulo aislado. Asistimos en la sociedad actual a varios casos de violencia física o psicológica entre menores que se repiten con más frecuencia de la deseada. Incluso existen casos de adolescentes que agreden a sus propios profesores amparados en la justificación de sus propios padres y eso ocurre porque algo estamos haciendo mal. Mención aparte merece el comportamiento de la ciudadanía ante un caso de violencia como el del pasado lunes. ¿Cómo es posible que a plena luz del día, en plena calle, con la cantidad de tránsito que hay en esa zona a esas horas nadie, salvo un vecino, detuviese su coche o se acercase a socorrer al agredido? El miedo no puede paralizar una reacción ante unos hechos de extrema gravedad que podrían haber acabado con la vida de un niño. Esto tampoco puede suceder y también la sociedad debe reflexionar porque todos somos responsables para que estas cosas no sigan sucediendo. A veces es necesario pararse a pensar qué errores estamos cometiendo y cómo podemos solucionarlos.

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