Publicado: Vie, Feb 9th, 2018

Cuentos de Invierno de Farramuntana: Seda [yII]

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Con la digestión en curso, que es la situación recomendada en todos los manuales de negocios para favorecer las transacciones, nos trasladaron después al lugar en el que, inevitablemente, acababa la ruta guiada: la tienda de un amigo o socio del guía, en la que tras la preceptiva invitación a té y galletas híper-dulces y maxi calóricas, llegaba el momento de la publicidad. Por supuesto, sin ningún compromiso ni obligación de comprar. Eso sí, se nos advertía de que en ninguna parte encontraríamos la misma calidad a tan bajo precio, ni la seguridad de que no nos estaban timando con imitaciones de los auténticos tapices artesanos, elaborados por manos de mujeres expertas y devotas de la tradición. Resistir a la capacidad comercial de los vendedores era prácticamente una misión imposible, por lo que muchas personas se disponían a claudicar rápidamente comprando una pieza pequeña y barata, para no llegar a mayores. La estrategia no podía ser más errónea. Si se elegía esa opción, acababa uno llevándose dos alfombras: la barata y una enorme mucho más cara. El turco de turno sabía exactamente qué teclas tocar en cada uno de los teclados individuales, para motivar, retar o incluso avergonzar al implicado. Otro grupo de víctimas argumentaba que preferían los tapices más grandes, pero que no podrían cargar con ellos. Carne de cañón. La tienda lo tenía todo previsto y cobraba una parte por adelantado, para luego enviar el fardo por avión y que el cliente lo recibiese cómodamente en casa, tras pagar el resto. Los incautos compradores se encontraban en poco rato dando datos de domicilio y abonando con la Visa el primer plazo de seis metros cuadrados de trabajo. Por mi parte, me mantuve en low profile mirando y argumentando simplemente que nada de lo que veía me gustaba. Hasta que el vendedor decidió usar la artillería pesada. Me dijo que ya entendía que yo no era cliente para artículos de algodón o lana, por muy artesanos que fuesen. Un connaisseur como yo — dijo en francés — tenía que ver lo que se elaboraba con seda. El fruto de los capullos de gusanos selectos, recolectado, afinado y utilizado de la misma manera que se hacía en tiempos de los antiguos sultanes. Sacó las mejores piezas y las espació delante de mis ojos. Se parecían a las vistas hasta el momento como un huevo a una castaña. El brillo, la calidad del dibujo, la finura de los detalles, eran sublimes. No obstante, aún tenía a mi disposición el pretexto de decir que los temas no eran de mi agrado… hasta que apareció la perla. La dejó en un rincón distraídamente, pero sin duda sabía que la mirada se me había quedado pegada a ese tapiz en particular. Le pregunté sobre el mismo, miró con aparente desgana una etiqueta en la parte de atrás, y me detalló las características: hecho en Capadocia por una experta reconocida, con doble nudo, es decir, empleando dos veces más trabajo y tiempo que lo normal, elaborado con seda de Kayseri sobre seda, lo que permitía un volumen de cien nudos por centímetro cuadrado, y representando el árbol de la vida. Aproximadamente medio año de trabajo de la autora, dedicando solo cuatro horas al día puesto que el cansancio ocular al trabajar con seda no permite sesiones más largas. Dos mil setecientos dólares. Y me enseñó el cartelito como prueba, en el que la cifra estaba escrita con números elegantes. Cada uno de los dos estábamos representando nuestro papel a la perfección. Ahora era el momento de indignarme y calificar de abusivo el precio, a lo que él respondería con una rebaja del diez por ciento, que yo tampoco aceptaría. La clave para mantenerme incólume era no hacer ninguna contraoferta. Entonces pasamos a la siguiente etapa, basada en su deseo de hacerme un favor, puesto que había entendido que me gustaba mucho el tapiz, para lo cual iba a consultar con el amo de la tienda la posibilidad de hacer una rebaja aún mayor. Trascurrieron unos minutos, perfectamente calculados para aumentar la tensión. Mientras, los demás clientes ya casi se marchaban con sus compras a cuestas y yo corría el riesgo de quedarme a solas con todo el staff de ventas. Volvió a aparecer mi torturador con cara muy seria y me comunicó que le habían autorizado a bajar hasta los dos mil, lo que era — me lo demostró tecleando en una calculadora de dígitos enormes — más de un veinticinco por ciento de descuento. Negué con la cabeza poniendo cara de pena y le dije que estábamos muy lejos de lo que estaba dispuesto a pagar. La sonrisa volvió a aparecer en su rostro y me preguntó cándidamente cual era dicha cantidad. Me tenía pillado. Pero antes de soltar el número, le pedí que me diese más datos sobre la naturaleza única de aquel trabajo. Algo interesante, especial, adicional a los elementos técnicos y de calidad que ya me había comunicado. Me respondió que haría algo mejor: traería a la autora en persona, que estaba trabajando en la trastienda, para que me contase ella misma lo que yo quisiera. Apareció la tejedora poco después y se sentó conmigo. Apenas hablaba francés, además de turco, y en aquella lengua nos entendimos. Me descubrió que ella solo elaboraba tapices con el motivo del árbol de la vida y que había aprendido de su madre, que a su vez lo había aprendido de su abuela, el diseño que seguía reproduciendo una y otra vez. —Como sabrás — relató — este árbol es común a todas las culturas y religiones del mundo, y siempre simboliza la unión entre lo divino y lo terrenal. Pero en este caso, según aprendí de mi madre, que me transmitió el arcano que acompaña a esta figura, es específicamente una clave para facilitar esa conexión. Al parecer, hay elementos en el dibujo que, interpretados correctamente, permiten acceder a un objeto real que es la puerta entre los dos universos. Lógicamente no tengo ni idea de cuales puedan ser dichos elementos, pero están ahí, aunque nadie los haya interpretado aún. Lo que me parece más absurdo, pero es lo que me contaron de niña, es que la puerta es en realidad un arma. Algo que, al quitar la vida, la convierte en eterna. Comprendí que se refería a la lanza divina y que en aquella imagen debía estar descrita la manera de encontrarla. Y si no era así, o no era capaz de entender el enigma… ¡qué más daba! Me gustaba mucho el tapiz y ya tenía ganas de irme de la tienda. Acabé comprándolo por un precio muy inferior al de la última oferta. Cada vez que paso por delante de él, dedico cinco minutos, a la búsqueda de ese mensaje tejido con seda, que se resiste a ser descubierto.

Sobre el Autor

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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