Publicado: vie, Feb 2nd, 2018

CUENTOS DE INVOERNO DE FARRAMUNTANA: Seda [ I ]

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La visita a la que para mí es Constantinopla, pero que la gente local se obstina en llamar Istanbul, era la joya de la corona del viaje. Capital de todos los grandes imperios y puente entre los dos continentes en los que nació la cultura. Bastaría la visión del tráfico de embarcaciones en el Bósforo para justificar la estancia. Uno puede quedarse horas contemplando la anarquía perfectamente organizada de la navegación en el estrecho. Cientos de barcos de todos los tamaños, a máxima velocidad, se cruzan, se esquivan y en realidad se comportan como si cada uno fuese la única nave en el agua. Un gran ejemplo para el ser humano. Evidentemente, es preceptivo el paso por Hagia Sophia, templo de la santa sabiduría de Dios, respetada por todas las religiones, que actualmente es museo. Para apreciar su espectacularidad hay que considerar que se construyó más de mil años antes que las catedrales más famosas, y que, sin embargo, sus líneas siguen enamorando a quienes las contemplan. El secreto es simple: Justiniano empleó a físicos y matemáticos para el diseño. La nave, diáfana y sin imágenes, ornamentada solamente con magníficos mosaicos, es un lugar en el que se siente la presencia de esa Sophia que da nombre al lugar. Así es el conocimiento: hermoso, sobrecogedor, pero sin adornos. Y, sin embargo, también hay margen para las leyendas en el interior de la antigua basílica. La más popular se detecta fácilmente en cuanto se ve una cola de personas frente a una de las gruesas columnas cuadradas, que está recubierta de chapa de cobre, pero en la que se ha practicado un agujero en dicho forro. Meter el dedo en el orificio y sacarlo húmedo significa garantía de salud, otorgada por las lágrimas de San Gregorio o la saliva del profeta Mahoma, según versiones. No obstante, cada uno de los cicerones que enseñan la iglesia tiene su historia particular para contar en exclusiva. Inventada, ciertamente, pero, en cualquier caso, especial y distinta de todas las demás que se pueden oír en el mismo sitio. El que me tocó en suerte, tras escenificar un ambiente de secreto incompartible, nos llevó a un rincón y bajando la voz contó que bajo el suelo que pisábamos había una gran cisterna. Al parecer era aún mayor que la de Yerebatán, que luego acabaríamos visitando, pero con un atractivo más importante que las columnas verdes y las cabezas de medusa de mármol de esta última. Los cuchicheos se convirtieron apenas en susurros, cuando prosiguió diciendo que, en tiempos de la cuarta cruzada y durante el saqueo del templo por parte de los venecianos, se consiguió preservar una de las reliquias más sagradas del templo, escondiéndola en el agua de la cisterna, el acceso a la cual se selló posteriormente. Se trataba de la lanza de Longino. Otras piezas, como trozos de la vera cruz o el santo sudario, desaparecieron durante el pillaje, pero el arma que se hundió en el costado de Jesucristo seguía allí abajo. Recompensamos adecuadamente al guardián de semejante misterio y salimos al exterior, camino de la otra ruta ineludible: el paseo por el Gran Bazar. En él, el guía oficial nos dejó abandonados a nuestra suerte, no sin antes advertirnos de que “allí se podía encontrar y comprar cualquier cosa”. Era solo cuestión de precio. Y para decidir este, había que regatear. No solo porque la oferta de salida era siempre exageradamente alta, sino porque los comerciantes tomaban como una grave ofensa la ausencia de mercadeo. Al cabo de media hora serpenteando por las calles de aquella tremenda ciudad comercial, me decidí a preguntar en una de las tiendas cuantos establecimientos se juntaban allí en total. A mi pregunta en inglés, me respondieron en perfecto castellano que unos cuatro mil. El más modesto de los vendedores hablaba una docena de idiomas y tenía tres másteres honoríficos. Tras deshacerme de mi informador con gran esfuerzo, puesto que quería colocarme unas pulseras con pretendidas piedras preciosas a precio de plástico, seguí deambulando otro rato. Pero no encontré nada digno de mención. Supongo que para dar con las piezas raras es necesaria la asistencia de un habitante local. De todas formas, aquella monstruosidad no estaba a la altura de los Soukh, mercados al aire libre en el Sahara, que había frecuentado en el pasado, en los que sí que se podían adquirir objetos —y hasta personas— incomparables. Era ya la hora de comer y nos encaminamos al Palacio Çigaran, en el que teníamos mesa en uno de sus seis restaurantes con vistas al estrecho. En él nos obsequiaron con aquello que estaba vetado a la mayoría de los lugareños, por precio y debido a razones religiosas. Comida a la occidental, vino y licores, todo ello amenizado con la ejecución de la rakasse o danza del vientre por parte de una reputada bailarina. La mujer tendría unos cuarenta años y sus carnes empezaban a evidenciar el paso del tiempo, aunque todavía se mantenían firmes y compuestas de volúmenes proporcionados. La piel era blanca, pero no pálida. Ese era, sin duda, el tono que despertaba pasiones antes de la moda del bronceado. El ritmo con el que ejecutaba aquel antiguo rito, era el preciso, ni lento ni sincopado, simplemente fluido. Su pelvis, que era la parte primordial del proceso y centro de gravedad de la mezcla de agua y junco en la que se había trasformado, oscilaba con una voluptuosidad que provocaba efectos más intensos que las mezclas etílicas ya consumidas. El pecho, voluminoso, seguía la cadencia que marcaban las caderas. Recordé entonces que algunos expertos aseguran que ese baile estaba emparentado con nuestro flamenco, por la vía común de Egipto. Si era el caso, el resultado final, tras siglos de evolución, era bien distinto. Pero la clave de toda la magia de la ceremonia y lo que hacía que la ejecutante fuese tan famosa, era el poder de su mirada. Como si se tratase de un implacable depredador, primero hipnotizaba e inmovilizaba a las presas con el contoneo, para rematarlas en el momento preciso con un fugaz encuentro de sus pupilas con las del sacrificado. En ese escaso segundo, el elegido sentía un dulce e intenso calor repentino, al que seguía un estado de beatitud inesperado. Alguien me explicó más tarde que las mejores bailarinas podían provocar un orgasmo de esa manera. Llegué entonces a la conclusión evidente y eterna: el que pensase que aquella mujer era un objeto se equivocaba totalmente. Los objetos éramos todos los espectadores.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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