Publicado: vie, Dic 22nd, 2017

Cuando miremos hacia atrás

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[ Enrique Hernán ] Al cabo de muchos años, el siglo XX será recordado como un siglo atroz, repleto de violencia y necedad. Un preludio algo artificial a la soberbia y superficialidad que nos caracteriza ahora a principios del siglo XXI, y sólo rescatable por algunas buenas, muy buenas literaturas, cadenas filosóficas, melodías y avances tecnológicos. Como cada vez que miramos hacia atrás, podrán reconocer aquellos que nos sucederán una época confusa y despiadada que sentó las bases de una sociedad cada vez más ignorante que sigue (a días de hoy, año dos mil diecisiete) regida por el egocentrismo, el cual nunca abandonó desde que se tienen registros históricos y que trabajó para que muchos, la mayoría, sobornados con los beneficios de la comodidad, cieguen sus ojos defendiendo como necesaria la estupidez humana ante aquellos pocos que reclamaron, con dolor, combatir la crueldad de nuestro erróneo modelo de vida que esclaviza sin escrúpulos todo lo que puede… y más. Recordarán dentro de muchos años que esos pocos existieron y que sabían con el alma, con los intestinos, que los abusos de la sociedad de confort debían ser combatidos, si queríamos progresar como seres humanos. Nuestros herederos echarán de menos las especies que hemos extinguido y los paisajes que hemos destruido. Notará la humanidad, al mirar para atrás, el poco respeto que sentíamos por lo que nos rodea y se avergonzaran por ello, sentirán una vergüenza ajena que les tocará en lo profundo. El siglo XX se llevará el premio por ser el siglo de los planes a corto plazo, el de la estrechez de miras, donde cambiamos la humildad por la soberbia. El siglo de las grandes guerras (no mucho peor que otros pasados, también es verdad, ni de algunos otros que están por venir, imagino) pero también la edad donde nació la modernidad, la tertulia como entretenimiento y algunos grandes pensadores que a menudo son ignorados; será todo esto juguete de cavernas para las generaciones que sufrirán nuestros desastres. Un siglo que prolongó la adolescencia, la etapa más tonta y egoísta del ser humano, sólo para que las más cínicas empresas aumentaran sus beneficios. Un siglo donde todos empezamos a creer y desear ser semidioses, pero donde no queríamos dejar paso a lo nuevo que estaba reclamando llegar, donde todos nos declarábamos creyentes en “algo”, comprábamos religiones casi hasta en los supermercados, pero donde nadie quería morir y estábamos dispuestos a cualquier cosa con tal de prolongar dos años la vida, aún a los noventa años. En fin, el siglo XX fue romántico, terrible, frío, acomodadizo y peligroso, como la historia y los siglos que lo precedieron, y se fue como se convive con la vergüenza; mirando para otro lado. Así también avanza inevitablemente el siglo XXI, herido por una sociedad infantil, hedonista y soberbia, débil y refugiada temerosa en su guarida, con las manos en los oídos mientras pretende confundir con el viento los gritos o gemidos de auxilio de aquellos que pueden pedirlo, o de aquellos otros seres que nunca gozaron de voz, ni respeto, ni consideración.

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