Publicado: Vie, Nov 10th, 2017

Cuentos de otoño de Farramuntana: ‘Pepita la Ribereña’ (II)

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La Infanta, ignorada por el pueblo y aún inmersa en un agradable desasosiego, dio la vuelta y se dirigió a Palacio. Cuando llegó a su cámara se dio cuenta de que ni siquiera le había preguntado el nombre a su bienhechor, del que ya estaba enamorada. Poco después se comentaba el suceso en todos los salones, corregido y aumentado. La noticia había corrido como la pólvora por todo Madrid. La Reina estaba disgustada por el alboroto, así como por el hecho de que su cuñada imitase sus travesuras. Le encargó a su marido que riñese a Josefina. — ¿Y dices que era muy guapo? — le preguntó Francisco a su hermana, visiblemente emocionado por la narración. —Un semidiós — respondió ella, con los ojos entornados y los labios fruncidos. —¡Qué envidia! A mí me toca compartir vida con la gordita del mal genio. Un macho así es lo que me convendría. —El problema es que seguro que no es noble. —¿Y qué? — argumentó Francisco —. Nosotros somos hijos del menor de los descendientes del abuelo Carlos, solo en teoría. Cuando nació nuestro padre el yayo tenía cuarenta y seis años y hacía por lo menos diez que no le ponía un dedo encima a la abuela. Está claro que venimos de Godoy, que no le hacía ascos al asunto y apechugaba con el entretenimiento de María Luisa. —Eso son habladurías. —Eso es más bien mejora de la raza. ¿De qué si no íbamos a ser tú y yo tan listos? —Es verdad que los retratos de nuestro progenitor se parecen poco a los de Carlos IV. —Evidente. Y hay otra prueba: el tío Fernando, que sucedió al abuelo tras ese motín orquestado en Aranjuez, siempre mantuvo a su lado a nuestro padre, a pesar de saber que no eran hijos del mismo hombre. Así controlaba la boca de Godoy, que no pudo publicar sus memorias hasta la muerte de Fernando. El mensaje era claro: “si hablas, me cargo a tu hijo”. De manera que la infanta no solo no fue reprendida, sino más bien animada por aquél al que todos llamaban Paquita. —María, necesito que indagues y me cuentes quién era ese hombre magnífico — encargó a su sirvienta en cuanto tuvo ocasión. Los datos le fueron entregados en breve plazo en un informe de tres páginas. En la primera se explicaban los orígenes de José Güell y Renté. Nacido en Cuba, hijo de catalán y cubana. Licenciado en Derecho en Barcelona. Periodista de El Heraldo, poeta y sospechoso de tendencias liberales. Habitaba en un pequeño estudio en la calle Toledo. Las otras dos hojas proporcionaban pelos y señales de las conquistas entre la población femenina, que le habían hecho ganarse una reputación de Tenorio en el barrio. Josefina rompió con rabia las cuartillas, como si con ello pudiese borrar los hechos de la historia. A partir de ese momento, la impresión que el cubano había causado en la Infanta se convirtió en una obsesión dolorosa. Aconsejada por su confesor, trató de deshacerse de ella por la vía de la oración y el recogimiento. Pero no tuvo el menor éxito. Hasta en la cara del Cristo de la capilla real veía los rasgos de José. Finalmente se armó de valor y se atrevió a pedirle a su cuñada el permiso necesario para desposar a un plebeyo. Estaba dispuesta, si ello era preciso, a esperar el tiempo que fuese hasta que la Reina le concediese a Güell un título que barnizase de alguna forma el casorio. —Tú estás loca — respondió Isabel —. Ese hombre es un revolucionario. Jamás de los jamases entrará en la familia Real. Partidaria de las soluciones drásticas y rápidas, la Reina ordenó que detuviesen inmediatamente al pretendiente con cualquier excusa. En cuanto a su cuñada, la envió a Valladolid custodiada por su padre, esperando que una separación temporal apagase aquella pasión insensata. Con lo que no contaba era con la vena revoltosa de Francisco de Paula, que como decía su hijo, había salido más a Godoy que a los Borbones. Josefina le enseñaba a su padre las cartas que enviaba en secreto a José, y juntos planeaban la manera de escapar del control de Isabel. Llegaron a la conclusión de que la mejor forma de forzar la situación era un matrimonio secreto. —Padre, si no me caso con él voy a perder el juicio. Las misivas que envía me inflaman. Si lo tuviese aquí cerca, no podría contenerme y perdería la honra con gusto. Estoy segura de que eso mismo les pasa a otras muchas. Quiero que ese hombre sea solo mío. Dicho y hecho, uno de los días en que daban un paseo por los alrededores del Palacio consiguieron deshacerse de la escolta por un rato. Detrás de unos árboles les esperaban José, un sacerdote y dos testigos, siguiendo el plan que habían urdido a través de la correspondencia. Y de esa manera contrajeron matrimonio con el sistema de “aquí te pillo aquí te caso”. Cuando la noticia se supo en Madrid, Francisco-Paquita aplaudió como una niña. Isabel, sin embargo, se enfureció como nunca antes lo había hecho. Aquella casquivana la había engañado. ¿Qué podía esperar de la hija de un bastardo y hermana del afeminado con el que se había tenido que casar? Estaba sola, rodeada de inútiles y estúpidos. Únicamente Narváez parecía tener la energía y el carácter necesarios y aconsejaba castigar duramente a la infanta. “Todos los vigilantes han sido burlados” decía la carta del jefe de policía, que fue destituido un día después. A grandes males grandes remedios, pensó. Hizo traer de nuevo a Palacio a la díscola cuñada y la recibió a solas en el salón del trono. Sentada en el sillón, tres peldaños por encima del nivel de la sala, miraba a Josefina que temblaba arrodillada frente a ella. Por un momento le dio pena. Pensó en la grandeza del amor verdadero y en cuánta envidia le daba la libertad de poder abandonarse a él. Pero, ¡qué puñetas estaba diciendo!, si la Reina se sacrificaba por el país, todos los demás tenían que imitarla. —Ya te dije que ese no entraría nunca en la familia. De manera que, si te has casado con él, te toca a ti salir de ella. A partir de hoy ya no eres Infanta de España. Solo eres la señora Güell. Estás desterrada. Te recomiendo que salgas para Francia mañana mismo. Josefina respiró aliviada. Lo único que no quería perder era a José. Ya se apañarían de alguna manera.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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