Publicado: Vie, Nov 10th, 2017

Anticambio climático

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[ Paco Segura ] Los inviernos de antes no son los de ahora. Lo que lleva tiempo diciendo mi madre también lo dice la OMM (Organización Meteorológica mundial), que se ha despachado en la apertura del congreso sobre cambio climático en Bonn con que 2017 será uno de los tres años más calurosos de la historia. Los otros dos fueron 2015 y 2016. Nuestra generación se puede atribuir el mérito de tan funesta progresión. Hemos trabajado duro a lo largo de muchos años para que esto por fin sea una realidad. Ojo las veces que nos hemos descubierto dándonos golpes de pecho y entonando discursos buenistas sobre el medio ambiente. No sólo lo hacíamos para quedar bien, a ratos creímos que esto nos importaba algo. Incluso en algún momento puntual mitigamos nuestra conciencia depositando una lata en un cubo amarillo. Una farsa. Cuando se nos ha pedido llevar a cabo acciones concretas la mayoría hemos dado largas disimulando y hemos tirado la lata donde mejor nos ha venido. De vez en cuando leemos con espanto que alguna remota isla paradisíaca del Pacífico pide ayuda porque en breve será engullida con la subida del nivel del mar. Que mal rollo, esa pobre gente en la playa con el agua al cuello. Resulta reconfortante idealizar desde nuestra urbe contaminada que eso nunca nos pasará a nosotros. Para la mayoría de la población que tenemos la suerte vivir en países desarrollados el cambio climático es la imagen de un iceberg desmoronándose a cámara lenta en un televisor de alta definición. Hablamos sobre ello bromeando con el nombre que le han puesto a un huracán o con la estampa de un simpático viandante señalando los cincuenta grados que marca un termómetro en el centro de Sevilla. Anécdotas. La sección de noticias curiosas de un telediario. En la mayoría de rincones del mundo este fenómeno significa no tener nada que llevarse a la boca, ver devastado el sitio donde vives o morir a manos de algo llamado Irma o Harvey. Lo más tremendo de vivir en la sociedad de la información es que conocemos al minuto lo que está pasando y nos da exactamente igual. Una parte de la humanidad tenemos decidido desde hace bastante acabar con este planeta, esquilmarlo hasta las últimas consecuencias. Guardamos la esperanza que mientras lo conseguimos algún ingeniero invente una nave espacial para sacarnos de aquí antes de que culminemos nuestro propio apocalipsis. Poder emigrar a otro sitio donde continuar esta fiesta desbocada. La idea de dejar un lugar mejor para vivir a nuestros hijos la hemos ido cambiando por recorrer de arriba a abajo un centro comercial. Quizá vimos demasiado sencillo eso de disfrutar una tarde en el campo. Nuestro mantra ha consistido en consumir hasta el infinito y después seguir consumiendo para sostener este insostenible modelo de sociedad. Un bucle cada vez más frenético, donde hemos logrado empezar la navidad en noviembre y el verano en febrero. Si todo sigue su curso nos extinguiremos en mitad de un erial con una sonrisa fingida y el último modelo de teléfono móvil en nuestras manos. Así si alguien nos encuentra algún día que al menos piense que desaparecimos disfrutando de este macabro espectáculo.

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