Publicado: Vie, Nov 3rd, 2017

Cuentos de otoño de Farramuntana. Pepita la Ribereña [ Parte I ]

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—Me aburro — le dijo Josefina a su dama de compañía —. Como echo de menos mi Aranjuez, donde al menos puedo pasear tranquilamente por los jardines. Pero aquí en la capital, con tantos peligros como dicen que hay, tengo que quedarme en Palacio y es un verdadero tostón. La infanta tenía veinte años y la sangre hervía en su cuerpo joven, inmune al avance de aquel otoño que traía consigo la tristeza habitual. Al final se decidió por el consuelo más socorrido para sus males: el chocolate. —María, haz que preparen un carruaje ligero. Me acercaré de tapadillo a la carrera de San Jerónimo, a buscar unos bombones. —Pero alteza — exclamó su asistente —, eso no puede ser. Si luego pasa cualquier cosa me echarán la culpa a mí. —Ya veo que te preocupas sobre todo por tu señora. Mira, si mi cuñada que es una cría de diecisiete años puede hacerlo, yo también. Sé de buena tinta que pasa por Lhardy todas las semanas. —Es que ella es la Reina y no tiene que dar cuentas a nadie. —Razón de más — respondió Josefina —. Cuando el riesgo parece que no es tal para la soberana, menos lo será para mí que solo soy una infanta. Además, es apenas un kilómetro por la calle Mayor…pero ¿para qué te doy tantas explicaciones? Tú prepáralo y punto. La sirviente salió de la estancia y la joven se quedó soñando con los ojos abiertos. Quizá podría encontrarse con ese guapo Salamanca, rico y ahora Ministro de Hacienda. ¡Qué pena que estuviese casado! Y peor aún, que no fuese noble. Con lo mucho que le gustaban a ella los hombres maduros. ¿Quién sabe? A lo mejor algún día su cuñada le concedería un título, puede que por ese proyecto del tren del que todo el mundo hablaba. Y si entonces se quedase viudo… —Alteza, el carruaje está listo — la interrumpió su dama —. Os acompañará Miguel. —No hace falta, hoy conduciré yo misma. —¡Dios nos pille confesados! — dijo con resignación María, mientras se persignaba un par de veces. La infanta se encaramó con agilidad al vehículo, apoyando el pie en el cubo de la rueda y sin utilizar el estribo. Luego miró al asiento posterior para asegurarse de que no había en él ningún criado. Finalmente invitó a los caballos a iniciar la marcha con un latigazo suave. El coche iba descapotado y el aire fresco de la mañana le daba en la cara, aliviando en parte la ansiedad que la dominaba. La conductora se quedó mirando a una pareja de viandantes que paseaban cogidos de la mano por la acera y el calor volvió a sus mejillas mientras se imaginaba a sí misma en esa situación. La sonrisa de embelesamiento se congeló en su rostro al oír un fuerte estruendo al otro lado de la calle. Un andamio, en el que varios hombres trabajaban para la construcción de una casa, se había venido abajo. Apenas tuvo tiempo de mirar si los infortunados obreros estaban bien, porque los caballos del carruaje, encabritados por efecto del accidente, emprendieron un loco galope. —¡Apartaos, cuidado, socooorrooo! — gritaba Josefina, incapaz de controlar a los corceles. Los transeúntes se volatilizaron, dejando la vía prácticamente desierta en cuestión de segundos. Algunos se encaramaron incluso a las rejas de las ventanas que daban a la avenida. Solo una persona se mantuvo en el centro de la calle, quieto y con la mirada fija en el carruaje, como si la cosa no fuese con él. Cuando el vendaval compuesto de animales, auto e infanta llegó hasta donde estaba, se lanzó al cuello de uno de los caballos y se colgó del mismo, tirando hacia abajo con fuerza. Unos segundos más tarde consiguió que se parase. Soltó al rocín suavemente y acarició su cara. Luego se acercó a la oreja y le dijo algo en voz baja. Solo cuando todo estaba verdaderamente calmado, se concedió algo de tiempo para recomponer la levita, que había quedado ladeada por el esfuerzo. Después se atusó el pelo y se acercó hasta Josefina. —Buenos días señora. ¿A quién tengo el placer de haber ayudado? — dijo mientras tomaba la mano de la infanta. —Soy Josefina Fernanda Luisa Guadalupe de Borbón y Borbón-Dos Sicilias — respondió la aludida, todavía con voz temblorosa por el susto, pero especialmente por la emoción del encuentro. Sin impresionarse por la retahíla de apellidos de la mujer, el caballero acercó sus labios a la mano que, aunque sin ejercer presión, tenía bien sujeta. La besó lenta y profundamente, a la vez que miraba a la propietaria directamente a los ojos. —Es un gran honor, y un placer aún mayor. Josefina no podía apartar sus pupilas de las de aquel hombre moreno, de mirada decidida y nariz romana poderosa. La espesa barba y unas entradas marcadas le daban un aspecto patricio. Era mayor que ella, probablemente unos diez años. El ideal con el que llevaba tiempo soñando. —Ya sabéis, sin duda, que habéis elegido el peor tipo de carruaje: un faetón. Toma el nombre del mítico hijo de Helios, el Sol, que quiso conducir el carro de su padre, y que al perder el control del mismo originó múltiples desastres térmicos en el mundo. Desde entonces hay desiertos, y los negros, negros son. No podía concentrarse en escucharle. Tan solo sentía en el dorso de la mano el efecto del beso recibido del desconocido. El contacto había sido largo y húmedo. Los labios, carnosos, estaban ahora profiriendo palabras que le parecían solo música, pero ella aún los percibía sobre su piel. Daba la impresión de que la había marcado con fuego. Puesto que el peligro había pasado, los paseantes volvieron a aparecer y se acercaron a curiosear, ejerciendo el deporte nacional de mayor aceptación. Uno de los que había visto los detalles del incidente, desde la atalaya de un balcón cercano, explicó los pormenores a la muchedumbre, añadiendo matices que la convertían en una auténtica epopeya. Un grupo de hombres se decidió entonces a coger en hombros al salvador. Acto seguido le pasearon por la calle Mayor, como si de un torero famoso se tratase, mientras proferían vítores y entonaban canciones.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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