Publicado: Vie, Oct 20th, 2017

Cuentos de otoño de Farramuntana: Las aguas (II)

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Juan no perdía detalle de todo lo que les rodeaba. —¡Válgame Dios! Fíjate en esos pedruscos de ahí. Son de sal amarga cristalizada. Además de la explotación de las aguas, se podrán extraer pedazos de glauberita de varias arrobas. Al lugareño le costaba creer que aquellas rocas pudiesen tener algún valor. También dudaba del interés por un agua que era amarga y desagradable. —Entonces, según decís, el agua tiene dentro cosas. —Por supuesto. Está compuesta de unas partecillas que desconocemos y que le confieren la fluidez. Entre esas moléculas hay aire y fuego. Cuando el fuego se va, el agua se vuelve hielo. Y si por el contrario se añade más fuego, se transforma todo en aire y queda un residuo muy pequeño de tierra. En este caso, sal de Glauber. Comprenderás entonces mi entusiasmo por estas rocas, que provienen de la evaporación de cantidades inmensas de líquido. El médico se quedó mirando a su acompañante, que era unos diez años más joven que él. Percibió, detrás del escepticismo que provocaba como defensa su ignorancia, un verdadero deseo de aprender nuevas cosas. —Existen dos tipos de aguas: las celestes o de lluvia y las terrestres, como esta. Las primeras son mejores para animales y plantas, y las segundas para los seres humanos. De las terrestres, las hay termales y acídulas. Pero, en fin, no quiero aburrirte con una clase de medicina. —No me aburre, no se preocupe. Estoy aquí para lo que mande. —Pues bien, entonces continuaré: uno de mis predecesores, un francés llamado Burlet, médico del padre de nuestro Rey actual, ya escribió una Thesys que demostraba la necesidad de baños y aguas minerales para la curación de muchas enfermedades de los españoles. —Creo que lo entiendo. A veces nos curamos con remedios o medicinas que no son sino hierbas. Pero las aguas que se encuentran por debajo de dichas hierbas pueden ser curativas también. —Más o menos. No andas desencaminado. La clave de la utilización de estas aguas especiales o de las sales que contienen, es la misma que aplica a todo en la farmacia: administrar las dosis adecuadas. Una Drachma de sales puede aliviar ciertos síntomas, pero si añadimos un par de escrúpulos, el efecto es el contrario. —¿Qué es eso del drama? Juan rio de buena gana y luego explicó al lugareño el sistema de medidas que utilizaba. —La Libra medicinal, que tiene aproximadamente la tercera parte de un kilo, casi no se aplica por ser una cantidad muy grande. La onza es la doceava parte de ella y ya es más común. La Drachma es una octava parte de la onza. Un escrúpulo es la tercera parte de la drachma. Cada uno de estos últimos contiene veinticuatro granos, que son la dosis más pequeña aplicable. —Muy interesante. Aunque para las patatas que cultivo, no tiene gran aplicación. —He de identificar plenamente las características del manantial y tendré que llevar a cabo no menos de veinte experimentos. La mayoría en un laboratorio de Chímica, con ácidos y álcalis, plata y otras sales. Pero algunos los podremos hacer aquí y ahora mismo. Por cierto, aún no me has dicho cómo te llamas. —Mi nombre es Fidel, para serviros. —Perfecto Fidel. Entonces ¿quieres ser mi ayudante en las pruebas de campo? No hizo falta esperar a la respuesta. La afirmación rotunda con la cabeza, acompañada de una expresión de ilusión infantil, hicieron comprender a Juan que su nuevo colaborador estaba más que dispuesto. —Lo primero que se aprecia, sin necesidad de análisis, es que estas aguas son claras, transparentes, incoloras y carentes de nubecillas o cuerpos sostenidos. No dejan sedimento con el paso del tiempo. Todo ello demuestra que las sales que llevan dentro están en perfecta disolución. Ambos se quedaron mirando la botella que utilizaban para la determinación. Observaban cómo el sol atravesaba al fluido sin delatar presencias indeseadas. —Otro factor importante es que no hieran al olfato. Para comprobarlo, hay que tapar la botella y agitarla para que haga ampollitas y espuma. Luego la abrimos y olemos. Prueba tú y dime si notas algo en los nervios olfativos. —Ningún olor. Nada. —Ahora llegamos al sabor. Es moderadamente amargo. Mucho mejor que el de otras aguas célebres que son nauseabundas. —Eso ya lo conocía yo. No son aguas para calmar la sed. —Sin duda. Hay que verlas como medicina. De momento, y creo que se confirmará la suposición, se pueden clasificar como neutras calcárias o amaricantes catárticas. Serán útiles para tratamiento de un gran número de enfermedades modernas. —¿Por qué decís modernas? Acaso no aliviarán las que conocemos de siempre. —Sí, sí, por supuesto. Lo que quería decir es que ahora hay personas que contraen las enfermedades crónicas por culpa de la alimentación, y eso es nuevo. En las mesas más pudientes se ha introducido el vicio del apetito desmedido, el gusto por las combinaciones y sabores desconocidos, y ello origina enfermedades. —Bueno —comentó Fidel —muchos estamos a salvo de esas dolencias. Los que comemos lo justo y gracias.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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