Publicado: Vie, Oct 6th, 2017

‘El río se nos llevan’

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Si José Luis Sampedro levantase la cabeza a buen seguro que se plantearía renombrar su libro ‘El río que nos lleva’ por ‘El río se nos llevan’. No se sabe a ciencia cierta si la intención del Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente es montar unos nuevos estudios cinematográficos, al estilo de Almería, para rodar nuevas películas del Oeste en los embalses de Entrepeñas y Buendía o es, simplemente, un nuevo capricho de quienes juegan al golf en el Levante porque el césped se les seca cada vez más rapidamente. El caso es que cualquier día de estos se presentará en las puertas de nuestras casas un señor trajeado, representante autorizado del Estado, pidiendo que le llenemos, muy amablemente, un recipiente con agua para trasvasarlo al Segura porque del Tajo ya no quedan ni los restos. Se empeñaron en matar nuestro río y a buena fe que lo están consiguiendo, y si alguna autoridad competente osa a discrepar y a negarse a firmar autorización alguna a un trasvase ‘ilegal’ pues recorrerá el mismo camino que el hasta hace poco Presidente de la Confederación Hidrográfica del Tajo, Miguel Antolín, por no prestarse a semejante infamia como es la de trasvasar agua de donde ya no hay. El cese de Antolín es una muestra más de la tomadura de pelo que a los vecinos de la cuenca se nos está aplicando. Porque lo que actualmente está haciendo el Ministerio es ilegal, por mucho que quiera justificarlo y disfrazarlo ante la opinión pública como una “cesión de agua entre particulares que es acorde con la ley”. Aquí la única ley que nos queda es la del pataleo, la de seguir arrimando el hombro y la de no cesar en el empeño de salvar un río que ya no se sabe si tiene salvación. Esto no es una cuestión entre partidos políticos y sí es un asunto político con intereses que no se sabe muy bien dónde ubicar. La defensa del Tajo ya ha dejado de ser una cuestión mayor para convertirse en una cuestión vital porque el agua es un bien tan necesario que un día va a ser imposible vivir sin ella. La estampa que presenta la cabecera del río es tan desoladora que a uno le dan ganas de pedir la eutanasia para un río que, lejos de sufrir, agoniza a la espera de que los responsables de su destino echen un vistazo para comprobar que ya no corre sangre por sus venas. Sin embargo, y cuando parecía que ya no podían trasvasar más agua por estar ya por debajo del umbral de la ley llega la ministra de turno y se inventa un nuevo resquicio para sacar, gota a gota, lo poco que queda del charco en el que han convertido a un río que hace años era a envidia de España. Total, que a este paso y no tardando el único líquido que se van a llevar serán las lágrimas de los vecinos que se derramarán cuando ya no quede ni pasado, ni presente, ni futuro. Ese día, la ministra se irá a su casa y dormirá tranquilamente, que es lo que hace habitualmente.

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