Publicado: Vie, Sep 29th, 2017

LOS RELATOS DE VERANO DE FARRAMUNTANA: Alfa y Omega del Tío Calores Cuento Número 12 de ‘Sueño Mestizo’ Parte 4

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—Ya, ya. Seguramente es bueno leer. Yo necesitaría otra vida extra para ponerme al día de todo lo que tengo pendiente. —Hace falta algo más. El tiempo que se pasa laborando, sea cual sea la actividad, ocupa una parte importante de tu alma. De manera que se crea un hueco tremendo en ella a partir del retiro, y necesitas llenarlo con algo que te satisfaga. Lo más importante es instalar algo ahí rápidamente. En caso contrario se te meterá algún ocupante intruso en el espíritu, se pondrá cómodo y ya nunca podrás entrar tú. —Los vampiros de sentimientos —prosiguió el pintor —Te sorben la pasión, de manera que al final ya nada deseas, ni aspiras a nada. Esos entes abundan entre nosotros. A veces van incluso disfrazados de seres queridos y están siempre dispuestos a vaciarnos la psique. En resumen, Carlos, que yo no pienso dejar de hacer lo que hago, por muy pachucho que esté. Mi última campanada me encontrará pintando. Luego habían pasado unas semanas y el artista falleció. Calores comprendía ahora mucho mejor lo que Santiago le explicaba aquel día. El sobreguarda había concluido recientemente una carrera de casi cincuenta años de trabajo. Periodo en el cual conoció a los referentes de su existencia: Jorge, cura de Alpajés, Juanillo, colega de siempre, Marcial, su mentor, y María, la mujer de su vida. Los cuatro le faltaban desde hacía demasiado tiempo. También sentía que la reciente partida de Rusiñol agrandaba ese hueco doloroso. El paso de los años le había privado del antídoto contra la vejez: los amigos auténticos. Esos que, escasos como si fuesen piedras preciosas, eran los únicos capaces de ensanchar su alma. Tenía una buena familia, eso era cierto, hijos y nietos en gran cantidad y muy variopintos, lo que le aseguraba la distracción. Pero como decía el pintor, no era eso. Volvió a pasar en sentido contrario la misma bandada de chavales, gritando, riendo y gastando la vida a puñados, con lo que sacaron momentáneamente a Calores del cuarto oscuro en el que estaba con aquellos pensamientos sombríos. Pero una vez se alejaron, las últimas frases de su amigo volvieron a su cabeza: —Si no te ocupas de tu interior, otros se harán sus dueños. Al final no quedará nada tuyo dentro de ti. Y entonces solo tendrás dos opciones: formar parte del batallón de marionetas o bien quitarte de en medio. Esto último le pasa cada vez a más gente. La sociedad mientras tanto solo se preocupa por otras causas de muerte. En aquel momento a Carlos le había parecido excesiva la conclusión de Rusiñol. Y se había apresurado a tocar madera con los dedos formando cuernos, mientras decía “mal fario”. —¿Lo ves? —reaccionó entonces el pintor —Ese es el tabú de los tabúes. Hay hasta quien dice que no se debe hablar del suicidio para prevenir el contagio. La supresión de la propia vida es el resultado de un defecto en el mecanismo de conservación que deberíamos tener todos, y según parece es una imperfección mayoritariamente masculina. Algunos obsesos de la conspiración afirman que la humanidad no hace nada para evitarlo, porque así se libera sin esfuerzo de algunos individuos defectuosos. —Pero si esta tendencia fuese contagiosa —concluyó—, como se argumenta para silenciarla, no se trataría de una de ciencia sino más bien de algo parecido a un bacilo. Como ese que se llevó por delante a medio Aranjuez cuando lo del cólera. El Tío Calores dijo entonces que los suicidas eran una minoría enferma. —No creas que son tan pocos —respondió Santiago —Se trata de un fenómeno potencialmente devastador. Coge el número anual de muertes por esta causa, añade las que quedan ocultas tras de otros motivos secundarios, luego extrapola a la proporción de intentos fallidos, y considera a todos aquellos que piensan seriamente en ello pero no llegan ni a intentarlo. Obtendrás medio millón por año en un país tan “alegre” como este en el que vivimos. —¡Pero eso es muchísima gente! — dijo Calores, que no había entendido la mitad del argumento —. No puede ser. —Hay algo mucho peor: hoy la natalidad es todavía boyante. Pero vienen vientos de Europa que recomiendan moderar el número de hijos. Dentro de poco serán muy extraños los casos como el de tu numerosa familia. Entonces llegará un momento en que se parirán menos niños por año que ese medio millón del que te hablaba antes. Total, que, si a todos los suicidas potenciales les diese por ejecutar con éxito el asunto, y añadimos las demás muertes naturales, desaparece el país en unas pocas décadas. Aquellas palabras de su amigo le seguían pareciendo fruto de la exageración propia de los genios. Sin embargo, presentía, muy próximo, otro tipo de inmolación masiva: el que traen consigo las guerras. Carlos no quería ser espectador de una insensatez de ese calibre. Se preguntó si sería posible provocar la propia muerte sin otra acción que la del deseo de partir. Mientras lo pensaba, sintió un dolor en el pecho que le pareció dulce y se abandonó a él. Volvieron a pasar los niños que correteaban sin tregua por el parque y le inspiraron un último pensamiento alegre, a la vez que pronunciaba en voz alta, pero apenas susurrándolo, el nombre de su mujer. Acostumbrado a mantener el equilibrio a caballo, su cuerpo se quedó como dormido, la espalda rígida, el cuello ligeramente doblado hacia abajo y las dos manos sobre el bastón, que esta vez sí le ayudó en su propósito.

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