Publicado: Vie, Sep 22nd, 2017

Alfa y Omega del Tío Calores Cuento Número 12 de ‘Sueño Mestizo’ Parte 3

Comparte
Tags

[ Farramuntana ] El Tío Calores andaba lentamente por el lateral de la plaza de San Antonio, camino del pequeño jardín de Isabel segunda. El bastón, que debiera ser su aliado y consejero, le parecía un estorbo indeseable al que tenía que prestar tanta atención como a sus cansadas piernas. En alguna ocasión, aquel infame trozo de madera se había atascado en uno de los muchos agujeros creados por el tiempo entre los bloques de piedra, y Carlos estuvo a punto de dar con su voluminosa humanidad en el suelo. Media hora antes había pasado por delante de la iglesia de Alpajés, a la velocidad moderada que le imponían las extremidades inferiores. Recordó, una vez más, como allí adquirió de niño el delgado barniz de cultura del que se sentía tan orgulloso. Cerca del templo contempló la estatua del Sagrado Corazón de Jesús, de magnífica piedra blanca de Colmenar, que había sido instalada dos años atrás por mediación de una colecta popular. El impulsor de la iniciativa fue el sacerdote José María López, heredero de aquel Jorge que tanto le ayudó cuando era un crío. Hacía muy pocos años que el Ministro de Hacienda había derogado definitivamente las leyes de desamortización del siglo pasado, de las que le hablaba su mentor. Siguió caminando. Un estado físico menguado, escoltado por una mente absolutamente lúcida, le obligaban a maldecir a la vejez mientras recordaba con enorme nostalgia los tiempos en que cabalgaba sobre el negro lomo de “Lobo”, el primer caballo que le acompañó en el trabajo de Sobreguarda. Hacia el final de su actividad en el Patrimonio, aquel inseparable camarada se fue al cielo de los corceles, que Carlos se imaginaba compuesto de infinitos prados verdes; y tuvo que cambiarlo por “Alma”, radicalmente opuesto a su predecesor. La última montura había sido blanca y pacífica, más acorde con un paseo por la feria del Rocío que para apoyar a la autoridad del Guarda. A juego con la evolución del jinete, en cualquier caso. Acompañado de sus propios gruñidos mentales, llegó finalmente al parque y tomó asiento en uno de los bancos de piedra junto a la estatua de la reina niña. En aquella reproducción de su imagen infantil parecía no haber roto nunca un plato. Y sin embargo ya había provocado la primera guerra Carlista, en la que los absolutistas, al grito de “Por Dios, por la Patria y el Rey (varón)” luchaban a muerte contra los liberales. Era cuando menos interesante comparar aquellos tiempos con los presentes: los tradicionalistas, que socialmente se correspondían con lo que ahora se llamaba proletariado, defendían valores muy distintos a los de la República. Pero cuando Carlos nació, Isabel era ya una mujerona de treinta y cuatro a la que llamaban “la castiza” en el mejor de los casos. Sin cultura y sin freno, casada a la fuerza con un marido al que todos denominaban “Paquita”, se convirtió en un ser noctámbulo y licencioso, digno de aparecer en tristes caricaturas cochinas creadas por el otrora poeta espiritual de moda y su hermano pintor. —Al menos trajiste al mundo a aquel Alfonso que se portó como Dios manda —dijo Carlos a la estatua —Poco importa de quién era hijo, el caso es que debía llevar buena simiente, porque cuando aquí nos diezmó el cólera dio la cara como un hombre. Siguió mirando la pieza de bronce sobre el pedestal de mármol, que representaba a una Isabel ya regordeta de niña. En la cabeza lucía una ridícula corona mientras sujetaba con la mano izquierda una banda con medalla. El Tío Calores recordó que, cuando él contaba solo diez años, aquel jardincillo cambió el nombre por el de un famoso general. La primera República estaba entonces bajo control conservador tras el golpe de Pavía. Uno de los gestos simbólicos de la época fue retirar la escultura, que luego volvería a ser instalada durante el reinado del hijo de la depuesta. Ahora, con otra República, el jardín entero había sido declarado Monumento Histórico-Artístico, por lo que no eran previsibles nuevos cambios. Carlos siguió hablando con su muda interlocutora: —Nos vamos yendo sin excepción y tú sigues aquí. A pesar del exilio, de lo verde que todos te pusieron, de tantos que se aprovecharon de ti para que solo tú cargases con las culpas. Pero al final la gente de los próximos siglos continuará visitando este jardín y sentirá una ternura inevitable por la niña obligada a ser reina. Esa que lo único que quería era disfrutar la vida. De repente pasó una bandada de críos entre el banco en el que se hallaba Calores y uno de los grandes jarrones pétreos cargados de flores. Parecía que reivindicaban la verdadera infancia frente a la congelada en metal con la que el anciano estaba compartiendo en voz alta sus pensamientos. No le dio tiempo a ver las caras de aquellos chavales. Quizá alguno de ellos era nieto suyo, puesto que ya contaba con un elevado número de hijos de sus hijos. Varios llevaban su mismo nombre, pero ninguno le recordaba a sí mismo de joven. Calores pensaba que aún tenía que llegar el alumbramiento de su verdadero sucesor. La cabeza se le fue entonces al recuerdo de su amigo pintor. El catalán con apellido de pájaro, muerto recientemente en la Gran Fonda del Comercio, a cinco minutos de distancia del banco en el que se hallaba ahora. La última conversación entre ambos había tenido lugar en el jardín de la isla. Rusiñol estaba pintando, como de costumbre, y saludó con un gesto de los párpados a Carlos en cuanto se percató de su presencia. Después le invitó a sentarse a su lado y se puso a hablar con él de forma animada, a pesar del agotamiento al que le había llevado la enfermedad. No tenía reparo alguno en que le oyesen otros paseantes. —El pudor no está hecho para los artistas —le decía entonces —. ¿Has visto qué poca agua trae el río? Este que viene será un verano cruel, de esos que no se rinden y se resisten a marchar, dejando a su paso todo seco y muerto. —Hablando de sufrimiento —repuso Calores —Usted debería cuidarse más. Tiene mala cara. Pensar incluso en retirarse de esta afición suya tan trabajosa. Santiago le miró con sorpresa, pero transformó el gesto rápidamente en el de su eterna sonrisa, mientras respondía: —¿Tú también quieres que me prepare para una nueva vida? Eso es lo que me recomiendan todos los que no me conocen, principalmente mi familia. —Hombre yo bien sé que esto es lo que le alimenta, pero también hay que sobrevivir para dedicarse a lo que a uno le gusta. —Si me hubiese consagrado al negocio familiar, ahora ya lo tendría todo previsto: los lunes, miércoles y viernes paseo en bicicleta, de esas Rabasa tan de moda en mi tierra, con los colegas también retirados de mi sacrosanta clase social. Los jueves natación en la piscina de agua dulce de Sabadell. El fin de semana, cada sábado, una excursión larga a la montaña…y los domingos a descansar, que hasta a Dios le hizo falta. —Mucho tute veo yo en dicha lista para usted, sobre todo en su estado actual, con perdón. —Exacto Carlos. Pero esa no es la pega principal. A una cierta edad, dicen los médicos, es esencial dotar a la vida de una buena dosis de ejercicio físico. Pues bien, no basta con eso. La actividad del cuerpo es tan solo una de las especias del plato.

Sobre el Autor

avatar

- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

Deja un comentario

XHTML: Puedes usar estos tags HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

BANNER