Publicado: Vie, Sep 15th, 2017

Los cuentos de verano de Farramuntana: Alfa y Omega del Tío Calores Cuento Número 12 de ‘Sueño Mestizo’ Parte 2

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—La gente habla de “la verdad” como si solo hubiese una, pero Balmes nos ha enseñado que hay tres tipos de verdad, que son muy diferentes. La primera es la Subjetiva, y la entenderás muy fácilmente. Es la que vale para unos, pero no para otros. Depende de cómo siente las cosas cada cual. Por ejemplo, para ti hace casi siempre calor y eso no es verdad para mí. —Está muy claro. Es lo mismo que pasa cuando me gustan las ancas de rana y a Juanillo no. —Exacto. La segunda verdad es la racional. Esta la comprenderás también con un ejemplo: ¿cuántos reales suman dos más dos? —Muy fácil: cuatro. Que es lo mismo que una peseta. —Bien, pues eso vale para todo el mundo. El que dice que dos y dos son tres, sabemos que falta a la verdad lógica, racional o matemática en este caso. —Aunque podría creer que tres es una buena respuesta, si no sabe sumar. Eso es una verdad subjetiva ¿no? —Perfecto. Veo que lo estas asimilando perfectamente. Pasemos a la tercera verdad que es el meollo del asunto: la objetiva. Esta también la ve todo el mundo de la misma manera, sin necesidad de aprender como en el caso de la suma. Por ejemplo, todos pensamos que robar es malo. —¿Incluso el ladrón? —Yo creo que sí. Excepto en ocasiones en las que se trate de una enfermedad. Hay una manera sencilla de verificarlo y es preguntarle al ladrón si le parece bien que le roben a él. —Y este segundo ladrón tendría cien años de perdón, ¿verdad? —Ja, ja, ja. ¡Qué grande eres! Eso tiene que ver con lo que queremos explicar finalmente: para estar seguros de una verdad necesitamos criterios, y el más importante es el que nos permite llegar a la verdad objetiva: el sentido común. Este lo llevamos dentro todos, aunque requiere un poco de ejercicio para desarrollarlo adecuadamente. Basta con él para ir por la vida de la mejor manera, sin necesidad de estudios. Tú, por lo que ya me has demostrado lo tienes por arrobas. Sigue así y vivirás en paz. A continuación, el párroco le dio a su pupilo algunos ejemplos para profundizar en los conceptos que le acababa de explicar. A veces pensaba que se excedía en el esfuerzo, puesto que se trataba tan solo de un chaval de ocho años. Pero el entusiasmo de Carlos y sus ansias por aprender convencían rápidamente al sacerdote de lo contrario. Le explicó que en aquel tiempo reinaba en España un Rey italiano, elegido por un General catalán, que había recuperado para la corona algunos de los bienes enajenados por la desamortización. —Del lío del General, ya muerto, y del Rey extranjero ya hablaremos otro día. Hoy comentaremos eso que tiene un nombre tan extraño, te lo explicaré de manera que lo entiendas y tú me dirás después qué opinas. El chaval aceptó encantado y se dispuso a disfrutar con la narración, a la vez que se relamía pensando en la futura charla sobre generales y reyes. —La Iglesia tiene, además de los templos, otros muchos bienes que ha ido adquiriendo con el paso de los siglos. Edificios y tierras, sobre todo. En algunas ocasiones se trata de donaciones y regalos, y en otras de maniobras menos bonitas. Ya sabes que en todas partes cuecen habas y a los religiosos nos toca reconocer lo que hayamos hecho mal. El caso es que muchas de esas propiedades no se utilizan. Son lo que llaman los gobernantes “manos muertas” o bienes inactivos. De manera que esos mismos políticos, en el nombre del pueblo, han decidido en varias ocasiones que era justo quitárselos a la iglesia para beneficiar a los ciudadanos. Especialmente a los más pobres. ¿Cómo lo ves hasta aquí? —No me parece mal, ya que no los usa nadie. —Estamos de acuerdo. Ahora tenemos que preguntarnos cuáles son los verdaderos motivos para que el gobierno haga eso. Ya se les ha ocurrido cuatro veces, desde los tiempos del choricero Godoy, y en algunas ocasiones se trataba más bien de recaudar dinero porque no les quedaba ni un duro. —Eso ya no me parece tan justo. —Aún lo podemos complicar mucho más. Con relación a los terrenos, la idea de los políticos era venderlos a pequeños propietarios. Así se saca dinero para el gobierno y de paso se proporciona un medio de subsistencia a los más modestos. ¿Quién crees tú que acabó comprando las tierras? —Me huelo que no fueron los más pobres. —Buena intuición. Los encargados de la venta hicieron lotes tan grandes, que solo podían ser pagados por ricos. En resumen: los poderosos acabaron siéndolo más aún y los pobretones quedaron no igual sino peor. Para acabarlo de adobar, la Iglesia, a la que no le sentó muy bien lo de que le quitasen tierras, tomó la decisión de excomulgar a los políticos y a los compradores. El resultado fue que solo compraron los que podían pagar a un intermediario que fuese al infierno por ellos. Los mismos otra vez. Ahora dime: ¿quién hizo bien en todo esto? Carlos se quedó pensando un buen rato y al final concluyó: —Pues me parece que nadie. —¿Y por qué dirías tú que la cosa salió tan mal, cuando la idea original podía ser buena objetivamente? —¿Por falta del criterio de sentido común? —¡Aleluya! Da gusto con estudiantes así.

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Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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