Publicado: Vie, Sep 8th, 2017

Gangos y huerta: mismo destino (yIII)

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[ José Vaquero. MÁS ] En el anterior capítulo nos habíamos quedado en el comentario sobre las casas de portazgo situadas en el Puente de la Reina y Puente Largo donde se cobraba un peaje a personas y mercancías que cruzaban los puentes. Nosotros a lo nuestro. El río gira bruscamente a la derecha. Tiene partido el caudal discurriendo parte del mismo junto a Palacio por las castañuelas y ora parte hacia norte. Estas dos lenguas de agua forman el jardín de la Isla. Hace años el paso de cierto caudal por las turbinas de la harinera “el Puente” formaba otra isla hoy poblada de patos y gansos (para ser exactos más gansos que patos) ahí se instaló un gango (y hasta dos) el de La Isla al que ya hicimos referencia la pasada semana. Mi hermano Ángel (que es un buen nadador) me comentaba de las cucañas, carreras de natación en el mismo puente de Barcas y hasta la pesca de mejillones de agua dulce a unos dos metros de profundidad en las paredes de la isla. Sí, sí, había y debe haber mejillones. Los llegamos a cocinar y estaban más duros que un leño. Nada, no os hagáis ilusiones, no sirven. Nada más pasar la gasolinera caminando hacia Madrid por dirección contraria se encuentra un gango “sin nombre” que conocimos como el de la Fresa (cerrado también, pero en pie) que abre un año si y dos no. Este año no le toca. Inmediatamente llegamos a las Doce Calles al pie de los altos de Miraelrey. Allí se encuentra el merendero restaurante Doce Calles (antiguo Manco). Otro que está inhabilitado a la espera de algún aventurero que lo reabra. Desde allí nos dirigimos hacia la puerta de la Cirigata. Dejamos a la derecha el Paseo de la Casa de Vacas, un gran caserío construido en 1576 y desgraciadamente e inexplicablemente derribado a principios del siglo XX. Cruzamos la carretera de Madrid y en un “pis pás” llegamos a la Ruta del Sol con más de cuarenta años de actividad. Se trata de un restaurante en plena zona arbolada. Durante años por allí pasaba todo el tráfico de y para Madrid. Hay una columna que lleva en el suelo, en el mismo sitio, desde los años 80 del siglo pasado. Volvemos hacia el río por la calle del Rey. ¡Vaya por Dios! algunos energúmenos se han llevado el transformador que llevaba años en una columna junto al gango de la Juliana o de Cadú (Cadú fue el último ganchero que nos contó historias de la gancherada y nos regaló una percha de hierro). Por el suelo residuos de aceite y algún resto de cables cortados. Los pescadores suelen refrescarse en sus sombras. Aún se pueden ver los restos de los cimientos del Puente Verde pendiente un proyecto de reconstrucción para unir la zona del recinto ferial (¿?) con los sotos y la antigua N_IV. Pero ese es un viejo cantar. Antes de pasar bajo el puente de la vía se nos caen las lágrimas. Recuerdos de paseos y momentos de disfrute en lo que fuera el gango del Pescador en la orilla izquierda. Se derribó por completo y no quedan ni el juego de la rana. Pasamos por debajo del puente de la vía. Esta ha sido siempre una importante zona de baños cuando aquellos ferro-buses y trenes de cercanías llegaban abarrotados de “domingueros” con sus sombrillas y neveras rebosantes de tortillas, ensaladas, melones y tinto de verano. Nada más pasar el puente, a la derecha se encontraba el gango El Moreno, era uno de los primeros que animaba la noche con fluorescentes verdes y música. Seguimos por el camino que bordea Legamarejo. En un claro junto a la Rotura llegó a montarse una caseta de chapa que también era un gango. El camino continúa y llegamos hasta la presa que alimentaba el molino de Tillit. El Americano (en el Rancho Grande) fue otro de los merenderos remodelados. Está irreconocible. Se han llevado hasta los marcos de las puertas y las ventanas. Es un estercolero. Allí el Tajo muestra su aspecto más birrioso. Con una garrucha de un par de metros te lo saltas de lado a lado. En esa zona se cruza un puente de madera y se llega a una isla. Allí, me comentan (yo no lo recuerdo), se llegaron instalar un par de gangos. Me callo porque no he conseguido información. Por el camino, que tan bien conocen pescadores, vemos que algunos energúmenos han acabado con mesas y bancos de madera (a duras penas queda alguna) qué ,ironía de la vida, muchos de los maderos de estas mesas han servido para hacer barbacoas. Bordeamos el antiguo hipódromo, dejamos la Junta de los ríos a la izquierda y tomamos la calle Lemus, pasamos la plaza de los Mosquitos (por ahí hay paloluz y mosquitos más malos que un dolor). En las antiguas pistas del viejo hipódromo aún pastan yeguas y caballos (sí, también algún burro). Llegamos a la puerta de Legamarejo. En el rincón de la izquierda junto al camino que lleva al Pico Jabalí se encontraba el gango de Isaac todo un clásico de los años ochenta, con un pequeño salón acristalado. No se estaba mal, salvo por los mosquitos. No queda ni rastro. Se nos hace tarde giramos a la derecha, nos encaminamos por la calle Tilos. A unos trescientos metros se encuentra un pequeño paso bajo las vías del ferrocarril. Ahí mismo se encontraba otro gango el de Colorín. La misma calle nos devuelve de nuevo al río. Vamos deprisa. Antes de entrar en Aranjuez nos encontramos con el gango de la Fresa del que ya sabemos que abre cuando quiere. Nos quedan algunos merenderos de interior. Nos habíamos dejado el de Ramoné, en la calle de la Reina, ha sido el último en ser demolido por completo. Una pena y un desperdicio de trabajo. Antes del puente de la Reina nos dejamos también el merendero-restaurante Casa Triviño (antigüa casa Jaro donde se “parlaba francaise”) que cuenta en sus salones de interior con los últimos frescos de aquel singular y pintoresco Garcigabriel. Decoró numerosos bares y restaurantes. Entre ellos la desaparecida la Mina. Triviño cuenta con solera y abre todo el año con buen surtido de viandas. Vuelta atrás, pasamos de largo el Palacio Real y llegamos al raso de la Estrella. No ha desaparecido pero el gango de la Estrella sólo mantiene su viejo caserón y ninguna actividad. Aquí eran típicos los Cocodrilos. Un poco más adelante la casa junto al túnel que pasa bajo las vías hacia Rober Bosch sirvió como gango unos años, era la Concha. También en el Raso, en la calle Madrid, La Colmena fue ampliando sus instalaciones hasta transformarse en un Lunch bar interesante. Toda su actividad ha cesado. Benditos guangos, gangos, merenderos, restaurantes con vocación veraniega y hortelana en los que se puede disfrutar al fresco y pisar tierra. Compartir tiempo de charla, juego, lectura a la par que despacharnos a gusto con sus especialidades. Son una singularidad de nuestro hermoso Aranjuez. Cuidémoslos y disfrutemos de ellos mientras duren. Hay otros tantos que formaron una gran red entre 1940 y la actualidad. Hoy solo quedan cuatro. Definitivamente era el río, el poderoso Tajo, y la lhuerta el alma de aquel florecimiento de un incipiente ocio y hostelería popular local. Ambos, el río y la huerta han seguido el mismo camino: el del expolio y la decadencia en beneficio de la potente industria agrícola y hostelera del levante español.

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Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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