Publicado: Vie, Jul 21st, 2017

Los Relatos de Verano de Farramuntana. Road Movie (I)

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Comíamos bien y barato, bebíamos bien y barato, y juntos dormíamos bien y con calor, y nos queríamos (Ernest Hemingway)

Otra conversación, fundamentalmente a solas. Esta mañana, muy temprano, has abierto las puertas de los tres balcones de la casa. El aire del exterior, a unos dieciocho grados, se ha colado en tu guarida como una bendición. También has entornado la pequeña ventana practicable en la entrada, que ayuda a crear corriente entre Almíbar y el patio de la corrala. Es el momento de salir a disfrutar de este fresco y aprovechar para engrasar la máquina. La luz es todavía escasa, pero te diriges hacia Toledo, ya verás donde paras. Es un sendero de largo recorrido, pero sabes que hay mucha carretera, aunque pocos coches, en los primeros nueve kilómetros. Después del antiguo apeadero de Las Infantas tus pies ya encontrarán pista. De las calles anchas pasas a la amplitud de la plazuela, luego Parejas, y ya encaminado hacia la estación, vas protegido por los plátanos viejos del lado derecho. En el puente sobre las vías recuerdas aquellos días en que, como paquete en la bici de tu padre, él te llevaba al pequeño paraíso de la Embreadora, a pasar tardes dulces e inolvidables. Santa Isabel y enfrente fábricas viejas, muchas ya cerradas, dos tipos distintos de defunción. Más allá el nudo de autopistas, y llegas a la antigua carretera de pleno. Está trazada con tiralíneas, y corre paralela a la línea férrea. Has salido a cazar impresiones. La primera aparece pronto. Es una pequeña instalación eléctrica, visiblemente abandonada, en la que un cartel advierte “en caso de observar alguna anomalía, rogamos lo comuniquen al Cuartel de la Guardia Civil más próximo”. Sonríes. Por culpa de esa deformación profesional de la que no puedes desprenderte, te preguntas inmediatamente ¿qué debe considerarse anomalía? Vaya usted a saber. ¿Dónde está el Cuartel más cercano? ¿Cómo lo explicas, una vez allí? Ufff, menos mal que ya no aplica el aviso. Sigue la Flamenca con su puerta grandiosa abandonada y el cartel de hierro oxidado hasta las entrañas. La friolera de cuatro mil hectáreas. Mejor se entiende como un cuadrado de seis y pico kilómetros de lado. Más que un Aranjuez. Propiedad de infinitas perdices, pero sobre todo del Duque de Fernán Núñez. En los bordes de la carretera, como es habitual, crece el hipérico, la hierba de San Juan, que la gente llama corazoncillo. Lo que no es normal es que esté florida un mes antes del santo que le da nombre. Estas flores amarillas curan las quemaduras de la piel y del alma. Los tóxicos pepinillos del diablo están ya a punto de explotar. Eso debería suceder dentro de varias semanas. Te diviertes provocando la eyaculación de uno de ellos, que envía las semillas a más de dos metros. También las mariquitas, numerosas en las ramas, van con adelanto, lo que quiere decir que los pulgones, su alimento, lo mismo. Los raíles se van acercando a ti, a medida que avanzas por la recta. Debe ser cierto eso de que las paralelas se unen en el infinito, o quizá antes. Pero no, finalmente llega una curva, aunque ligera. Y allí se produce el tránsito intenso al pasado. A un lado el típico domicilio abandonado de los peones camineros, con sus inevitables paredes añil, espantadoras de moscas. Al otro, una casita que te parece idéntica a la de la Embreadora. La puerta está cubierta por una cortina, manta reciclada, en la que Quijote y Sancho montan guardia boca abajo. Geranios en una mesa de bricolaje dan la nota de color, mientras que en otra se ven los restos de un sencillo desayuno reciente, leche con pan. Las frondosas moreras regalan la sombra necesaria. Sale del interior un hombre de edad indefinida, entre sesenta y ochenta, provisto de escasos dientes y armado de una escoba, con la que empieza a barrer el suelo de lo que podría considerarse la acera. —Buenos días — saludas —. ¿Le importa que saque una foto de su casa? Me recuerda mucho a la de mis abuelos. —Claro, hágala — responde él, mientras analiza tu aspecto de corredor, extraño para él. —¿Es usted de Aranjuez? —De toda la vida — asegura —. Y siempre he vivido en esta curva. La casa es fresca en verano y caliente en invierno. Es por los muros. Pero tendré que acabar yéndome al pueblo. —Ya — empatizas —. Es lo normal. Lástima. —Eso sí, antes de irme haré que venga una pala y la derribe. Ni para mí ni para nadie, que no se me metan unos y… ¡Ah! lo primero cortar la luz. Aprovechas para presentarte y descubres que se llama Antonio. Le explicas que estás explorando el camino a Toledo y te da unas indicaciones. Se ve que lo conoce. Probablemente lo ha recorrido varias veces y no le espanta la idea de andar cincuenta kilómetros. Es de otra generación, mucho más habituada al esfuerzo. —Hasta la vista — te dice cuando le dejas —. Y nunca se le ocurra plantar moreras frente a la casa. Ya ve que tengo que pasar el día barriendo moras. No le cuentas que naciste en una calle que tiene cientos de esos árboles. Con la cháchara has perdido (¿?) un cuarto de hora y te toca apretar.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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