Publicado: Vie, Jul 14th, 2017

Los Cuentos del verano de Farramuntana: Juanito el pastelero

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Jean Laurent, nacido en Francia, vino a Madrid con 28 años. Debimos acogerle bien porque nunca se marchó. Es más, desde ese momento cambió su nombre a Juan.  Se casó con la viuda de un pastelero y dedicó sus primeros años de estancia a elaborar cajas de cartón y papeles de calidad para encuadernación. De repente se interesó por la fotografía.  Seis años más tarde, (eso es progresar) fue nombrado fotógrafo oficial de la Reina Isabel II. Inventó la técnica del papel leptográfico (junto con José Martínez Sánchez), que proporcionaba mayor estabilidad gracias a una capa de sulfato de bario entre soporte y emulsión. Eran los tiempos de los gloriosos fotógrafos-químicos. También fue el pionero en la aplicación de fotografías en abanicos. La foto adjunta es una reproducción moderna de la suya de 1861. Narciso ya estaba en aquel tiempo pasmado de verse en el reflejo y le dolía la cara de ser tan guapo. Los titanes de abajo comentaban entre dientes “lo que hay que aguantar”. La fuente era entonces puro gozo de agua. En su foto aparecía un artista invitado, sentado en el borde, sobre el que los lectores de “Ribereños” ya han oído hablar. La Reina castiza le llamaba “Juanito el pastelero”. Decía que no era por su otra profesión, sino por lo dulces que le salían los retratos. “Tú haz lo que sea menester, pero procura sacarme siempre menos rellenita”, le ordenaba mientras posaba para él. Aprovechando la confianza, Juan se atrevió a pedirle a la soberana autorización para satisfacer un capricho irresistible: fotografiar algunos cuadros de Goya en la calle. Cuando vio a la Maja bañada directa y únicamente por el sol, parece que dijo: “ahora podrías resucitar, amigo Goethe”. Mientras tanto, seguía elaborando sus colecciones de postales para la venta (a quince céntimos la unidad). En ellas, por ejemplo, se reflejaba la fuente de Ceres, cuando aún estaba en el jardín del Príncipe y no en el de la Isla, en el que la hemos podido ver todos los nacidos el siglo pasado (XX). Él se burlaba de sus antiguos compatriotas y le explicaba a Isabel: Algunos autores franceses llaman al pueblo en el que tenéis esos bellos jardines “Arangoise”. Lo más seguro es que sea debido a su incapacidad para pronunciar las jotas y las zetas. Escrito así, ellos lo leen aproximadamente “Arangüésss”. Pero el caso es que angoise (aunque tenga una ese de menos) significa Angustia… como la Virgen de la parroquia de Alpajés en el mismo pueblo. Y la iglesia toma el nombre de la antigua aldea existente mucho antes que Aranjuez. ¿Habrá una conexión en todo ello? Mistéeeerio…magggíaaaaa. Esto último lo pronunciaba con acento italiano y la reina estallaba en carcajadas. Él pensaba que para esos instantes convendría inventar una máquina que hiciese los retratos inmediatamente. Así podría captar esos gestos poco habituales de su patrona. De momento se contentaba con fotografiar a la Mariblanca, que se quedaba pacientemente bien quieta, dando la espalda a las estatuas del puente barcas y a las del jardín de la isla. A base de pasar tantos ratos juntos, se creó una complicidad mutua y la Reina le contaba a Juan sus pesares: “Yo diría que tampoco lo he hecho tan mal. He conseguido reabrir las universidades que cerró el borrico de mi padre, logrado la expansión en Guinea y la Cochinchina y desarrollado el ferrocarril, que cambiará totalmente este país anticuado. Por cierto, Juanito, me tienes que dar otra copia de tu colección de fotos de la línea MAZ” Luego proseguía con la parte triste de su existencia: “¿Y que me ha dado la vida a cambio? Un marido al que todos llaman Paquita (sobran las palabras), la cuchillada del cura Merino, el agobio continuo de los carlistas, los dibujitos marranos de ese escritor tísico y su hermano… y ahora, para rematar la faena, viene una tal Gloriosa con ganas de quitarme el asiento. Y dice Godoy que a él le ha tratado mal la historia. Ja, ja, ja y re-ja. Tanto infortunio me da hambre y luego pasa lo que pasa”. Según las crónicas populares, la soberana mitigaba su desesperación a base de visitas a media mañana a la cocina de palacio, que estaba situada en los Fogones. Durante esas incursiones se ponía moradita de albóndigas, su plato preferido. Más tarde, cuando el fotógrafo capturaba la imagen de la fuente de Hércules en el jardín de la Isla, pensó que los doce trabajos que le encomendó la Sibila a este, no eran nada comparados con la carga que soportaba la pobre Isabel. Llegó el momento en que su jefa tuvo que salir por piernas, y ambos intercambiaron países hasta el final de sus días. El retratista, por su parte, hizo una escapada a Portugal para probar si la realeza de allí le contrataba, pero fue que nones. Afortunadamente había abierto tienda en Paris, y vendía sus fotos españolas muy bien al otro lado de los pirineos. Seis años más tarde, ya con el hijo de Isabel en el poder, se le encargó fotografiar las paredes de la quinta del sordo. Su trabajo fue clave para poder transferir a lienzo la pintura negra de Goya. Frente a la fuente de Apolo, ya mayor, le vino a la cabeza por vez primera la idea de la muerte. No pudo evitar imaginar su mausoleo en mármol de carrara, como el que tenía delante. Hoy descansa en el Cementerio la Almudena. La lápida de su tumba, algo rota y poco visitada, luce su nombre español: Juan.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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