Publicado: Vie, Jul 7th, 2017

Los Relatos de Verano de Farramuntana [ El llano Parnaso (II) ]

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Ya en el Jardín de la Isla, el jardinero guía les acompañó hasta una de las fuentes y les contó que se trataba de la famosa composición escultórica de los tritones, que hizo poner allí Felipe IV, y que fue pintada por Velázquez. JC le sacó de su error, sin estar del todo seguro de las intenciones del hombre: —Acierta usted con el Rey, pero esta no puede ser la fuente que dice. La trasladaron a los jardines del Moro en el Palacio Real de Madrid, hace dieciocho años. De hecho, esperamos verla allí la semana próxima. —Y en cuanto al cuadro — añadió Gustavo —, es bien sabido que no lo pintó el gran Diego, sino su yerno, Martínez del Mazo. Piense usted que el maestro era ya muy viejo cuando se hizo esa obra. Se dirigieron después a los jardines del Príncipe, los naturalmente preferidos de Carlos III, el Rey cazador. Sabían que, apenas medio siglo atrás, en aquel lugar se encontraban abundantes gamos y jabalíes. Eran tan numerosos, que no resultaba extraño toparse con ellos también en las calles del pueblo. Pero, además, el tercer Carlos había poblado aquel ordenado bosque con guanacos, cebras y hasta elefantes, que hacían compañía a la manada de búfalos que llevó hasta allí su padre, y cuyas hembras proporcionaban una leche sin igual. En el momento en el que JC y Gustavo visitaban Aranjuez, los auténticos protagonistas eran los toros de lidia, seguidos de cerca de unos burros de envergadura extraordinaria, que alcanzaban precios comparables a los de los caballos de pura sangre. —La raza de estos animales debe ser limpia y ancestral — dijo Gustavo, mientras dibujaba a un grupo de asnos, conducidos por una pareja de pastores—. Quizá más antigua que la de algunos hidalgos. —Ya lo explicó Aarsen de Sommeredyck, otro de los viajeros por España, en mil seiscientos sesenta y seis. Estos burros son inigualables para montar a las yeguas y producir las mejores mulas. El sueco cita uno que se llegó a vender por veintidós mil reales de vellón. Siguieron paseando por el interior del vergel y les llamó especialmente la atención una fuente en la que un anciano recostado y desnudo simbolizaba al Tajo, mientras que una fuerte joven, en pie, hacía las veces de Jarama. —No entiendo el símil — dijo el dibujante—. Con esta diferencia de estado físico, el “encuentro” no se puede producir. Pero la realidad es que sí que se consuma dicha unión en esta villa. —Puede que se trate de darle más valor al milagro de la conexión de ambos. Pero tienes razón, el Tajo está en Aranjuez a la mitad de su vida y deberían haberle simbolizado como alguien de tu edad. —Quizá algunos piensen que la hembra representa a esa reina regordeta que gobierna este país, y el vejestorio a Paquita, su marido. —Estás muy crítico con la nobleza hoy — respondió JC con una sonrisa de complicidad —. Debe ser por la fatiga del viaje. Así sois los plebeyos. Razonablemente cansados, los dos franceses decidieron retirarse a la Fonda del Norte, en la que tenían previsto cenar y dormir. Gustavo realizó antes un croquis de la fuente de San Antonio, al pasar por la plaza del mismo nombre. —Es una suerte que podamos reposar y comer bien aquí mismo. Antes o venías con el séquito, o dormías en el suelo y te morías de hambre. Ahora, con cinco mil habitantes, Aranjuez ya tiene buenos lugares para alojarse. —Espero que no nos suceda como al hijo del conde negro — precisó Gustavo. —¿El moreno y lúcido Dumas dices? —El mismo. Él estuvo en el Parador de la Costurera, en el que todos los mozos se llamaban Manuel, y le despertaron a media noche unos arrieros que se confundieron de habitación. —Me suena un poco al Quijote, no sé si la inspiración de esa historia no viene de ahí. De todas formas, recemos para que no ocurra igual. Más que nada, porque no podríamos citar una anécdota ya descrita por otros. Al día siguiente se desplazaron hasta la plaza de toros, en medio de un auténtico río de personas que acudían a ver el espectáculo. Además de la corrida convencional, estaba anunciada la lucha entre un toro y un tigre. —No sé si va a ser muy animada — les comentó el espectador que se sentaba a su derecha —. Las antiguas peleas entre camellos y perros sí que valían la pena. Parece mentira esos animales tan desgarbados, cómo se apañaban para defenderse. Pero, en general, estas batallas no son especialmente movidas, porque los bichos se ignoran los unos a los otros. La frase que acababan de oír le cuadraba perfectamente al tigre, que, a pesar de los gritos y la presencia del otro animal, se paseaba lentamente por la arena con una indiferencia absoluta. El astado, por el contrario, aun siendo de talla reducida, estaba en un estado de excitación manifiesto. No pasó ni un minuto hasta que arremetió contra el felino rayado, y con ayuda de los cuernos, usándolos como palas, lo mandó al otro lado de la valla protectora. El público abucheó entonces al vencido, como si este pudiese sentir vergüenza. Pero las increpaciones de “fuera, fuera” no le afectaron lo más mínimo. Se retiró con parsimonia hasta su jaula, en la que entró por decisión propia. —Ya ves Gustavo, el animal más peligroso es el descontento general humano. Observo que en tu dibujo has plasmado al toro mayor de lo que en realidad es. —Por no ridiculizar al tigre más todavía. Doré continuó tomando apuntes del natural de los asistentes al festejo, para desarrollarlos más tarde. —Es increíble Jean Charles, estos españoles posan de manera natural, sin darse cuenta de ello. —Mira amigo, creo que los parnasianos han dado con la verdad absoluta: el arte solo se debe al arte. No hace falta que sea útil ni, por supuesto, que tenga relación alguna con lo social o lo político. La belleza se justifica a sí misma. Aranjuez es el ejemplo perfecto. —Solo le falta una cosa — respondió Doré —: que El Quijote hubiese pasado por aquí. —Chi lo sa? Basado en “Voyage en Espagne” del Barón Jean Charles Davillier (1862), que fue publicado en Francia en la Revista de viajes de Hachette en 1869, segundo semestre, entrega XX y traducido al español, como libro, en 1957. Relato corregido en alguna imprecisión histórica, que probablemente se produjo por dar fe a explicaciones ajenas, sin verificarlas después. Aumentado modestamente con imaginación literaria. Eso que llaman creatividad. Escrito en el Casino de Reus, junto al Teatro Fortuny, cerca de la estatua de Prim, influido sin duda por espíritus co-protagonistas de aquellos mismos años.

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  1. avatar Marta dice:

    Muy interesante y muy bien escrito

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