Publicado: Vie, Jun 30th, 2017

Los Relatos de Verano [ de Farramuntana ]: El llano Parnaso (I)

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Se admiraban mutuamente. Y se envidiaban a la vez, de forma educada. JC era escritor, pero lo consideraba tan solo una actividad secundaria. Su pasión compulsiva era el coleccionismo y recopilaba con placer inmenso obras de arte, personas y experiencias. El padre de su padre, del que había heredado el nombre, amasó una fortuna considerable. Él se sentía obligado a emplearla en dichas actividades, porque no creía que existiera otra utilidad mejor para el dinero. Solo echaba de menos una capacidad creativa como la de su acompañante. Gustavo era diez años menor y poseía un brillo inigualable. La naturaleza le había dotado con la rara habilidad de dibujar a gran velocidad. En muy corto plazo lograba plasmar en su obra aspectos sublimes de la realidad que no eran evidentes a los ojos de los demás observadores. Le hubiese gustado tener, como JC, la vida asegurada, de forma que no necesitase prostituir su arte con la venta. Guardar así cada uno de sus hijos para sí mismo. También deseaba rodearse de personajes notables, como hacía regularmente JC. El Barón Adolphe de Rothschild o el compositor Johann Strauss, sin ir más lejos, asiduos compañeros de tertulia del coleccionista. Pero, sin duda, lo que más codiciaba era la amistad que unía a JC con el joven Fortuny, del que Gustavo pensaba que acabaría superando al mismo Goya. A JC, por su parte, le encantaba viajar, porque era la mejor manera de satisfacer sus deseos. Durante la exploración de países desconocidos aprendía nuevas lenguas. Luego, al utilizarlas, era capaz de acceder a conocimientos enriquecedores. Como cantar seguidillas o tocar la guitarra española, cosas que hacía con admirable maestría, sobre todo si se consideraba su nacionalidad francesa. Con ayuda de todo ello lograba encontrar, en algunas ocasiones, verdaderos tesoros olvidados, piezas únicas antiguas, que adquiría inmediatamente para su colección. En esta ocasión, era Gustavo quien le había convencido para que ambos viajasen juntos a España. Acababa de ilustrar una edición de El Quijote, y tenía ganas de comprobar muchas de las cosas que había leído en el libro. —¡Pasajeros al tren! Aquel día se desplazaban de Toledo a Aranjuez, utilizando para ello el ferrocarril. Comparado con las diligencias y calesas que habían sido su medio de transporte en las jornadas previas, siempre por caminos polvorientos, el tren les pareció un paraíso con ruedas. —Il fait vraiement chaud ici. —Hablemos en español, Gustavo. Nos servirá como entrenamiento. A ver si así evitamos esas sonrisitas de todos los nativos, cuando oyen como nos peleamos con sus erres y jotas. —Tienes razón. El caso es que este redingote y el sombrero están muy bien para el norte de Francia, pero en esta estepa… —Noblesse oblige. —Eso tú, que eres Barón. Durante la conversación, escrutaban el paisaje por la ventana abierta, como siempre en busca de sorpresas. Pronto vieron la estación de Algodor, de la que supusieron que el nombre era árabe, como tantos otros en España. Algo más tarde pasaron por la de Castillejo, y finalmente llegaron a la de término, Aranjuez, al oeste de Palacio. Pasearon un rato por la avenida arbolada que llevaba hasta el imponente edificio vecino y, llegados allí, se quedaron un buen rato contemplándolo. —Esto es realmente el Versalles español— dijo Gustavo. —Los Borbones han intentado hace creer a toda Europa que el nombre de Aranjuez viene del latín y significa Altar de Júpiter. ¡Quelle hyperbole! —Por lo que he oído, la pena es que los cuadros que pueden contemplarse en el interior son mediocres. ¡Qué lástima, un traje tan maravilloso con tan poco cuerpo! —Tienes razón, hay algún detalle elegante, como el gabinete de porcelanas del Buen Retiro, pero otros son vulgares. La imitación de la sala de las dos hermanas de la Alhambra es un pecado. —De todas formas, la reputación de Aranjuez se debe a sus jardines. Oasis milagroso en medio de tanta sequedad. La pareja se había documentado sobre lo que vieron en aquel mismo lugar otros viajeros que les habían precedido. Poetas como Argensola o Gómez Tapia, hacía ya tres siglos. Y entre sus compatriotas, el Conde de Saint-Simon, por ejemplo, que pasó por Aranjuez más de medio siglo antes, en donde se enamoró, especialmente, de los árboles. Altos, densos, barrera infranqueable para el sol, y ordenados en avenidas largas, de las que apenas se alcanzaba a vislumbrar el final. —No podría haber sido de otra manera —comentó JC—. Para el autor de “El nuevo cristianismo” no hay lugar en la sociedad para los incapaces. Solo lo que es productivo tiene sentido, y pocas cosas lo son tanto como estos gigantes vegetales. —Cierto. Pero entre los improductivos parece que citaba también a la nobleza…— arguyó Gustavo mientras sonreía. —Cambiemos de tema —respondió JC—. Además, ya sabes que somos muy necesarios para el arte. En fin, no sé si podremos inventar aquí alguna historia para épater al editor de la revista. Creo que después de la broma de Sierra Nevada ya no podremos sorprenderle. —”Nos han confiado una misión importante: el restablecimiento de la Santa Inquisición. Estamos convencidos de que dicha institución es absolutamente necesaria. Por otra parte, se nos ha prometido a cambio la posición de Grandes de España. En consecuencia, dimitimos de nuestras funciones como reporteros” decía nuestra carta— detalló Gustavo mientras reía a carcajadas. Se encaminaron hacia los jardines, pero ya desde el exterior la calle de la Reina les dejó maravillados. Era casi una legua de sombra perfecta generada por los majestuosos titanes de los que hablaba Saint-Simon. Gustavo se puso inmediatamente a dibujar ese paisaje y lo convirtió en un túnel romántico, en el que unas pocas personas aparecían como insignificantes, atemorizadas figuras. La luz solo se podía percibir al final, a lo lejos, en el lugar en que se acababan las filas de árboles. —Perfecta metáfora— dijo JC.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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