Publicado: Vie, Jun 23rd, 2017

Los gangos: el corazón del verano ribereño (I)

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Desde finales del S.XIX, allá por 1880, la explosión demográfica de Aranjuez era más que notable. Desde que Fernando VI abriera las puertas del Real Sitio y Villa a otras personas que no fueran sólo las ligadas a la actividad de la corte, la ciudad fue incrementando paulatinamente su población, pasando de los 10.000 habitantes a principios de 1900. Ese ritmo de crecimiento se debió, en parte, a la actividad agrícola y que se iniciaba al pairo de las huertas y jardines reales.

[ José Vaquero. MÁS ] Luego llegaría el tren, a mediados del siglo XX. Aranjuez era ya un municipio importante en la comarca, triplicando su población hasta llegar a los 40.000 vecinos. La ciudad relajó su crecimiento, a partir de ahí, en favor de municipios satélites de Madrid. Bajo ese preámbulo de dinamismo, de actividad, de comercio, se originaron los lugares de encuentro: los guangos -cobertizos largos y estrechos con techumbre a dos aguas- repartidos por distintos puntos de las huertas, siempre junto al río como lugares de esparcimiento y de espera tras las largas jornadas agrícolas de sol a sol. Probablemente, del guango se pasó al gango o a la ganga, por lo económico de los vinos, refrescos, viandas y gaseosas que servían al fresco en las largas y calurosas noches de aquellos veranos ribereños. Guangos o gangos, primero construidos como chamizos a base de restos de hojalata, luego reforzados con gruesos troncos y techumbre de uralita fueron aguantando y proliferando por la vega en decenas de rincones y viejos caseríos. Hubo un plan en los años ochenta del siglo pasado para reordenarlos. Se hicieron nuevos, pero ineficaces. Muy monos, con su acometida de luz pero incómodos. Pocos pudieron engancharse a los transformadores porque era inviables para una explotación de temporada en medio del campo, hasta que finalmente se abandonaron. Para no entrar en discusiones linguísticas, lo dejamos ahí, como hipótesis, y punto. Aquellos gangos fueron creciendo al ritmo de la población y de la entrada en servicio del ferrocarril que traía cada fin de semana a los inmigrantes que iban hacinándose (1950-1970) en poblaciones cercanas a la capital como Getafe, Parla, Móstoles o Alcobendas, aumentando exponencialmente sus poblaciones sin un mal charco de agua donde remojarse en verano y creciendo estrepitosa y desordenadamente como ciudades dormitorio. Benditos Gangos de Aranjuez distribuidos a ambas orillas del -por entonces- caudaloso y peligroso río Tajo que servía de gozo, rebozo y esparcimiento a propios y extraños. Muchos se ahogaron en las desconocidas pozas y remolinos del río. Otros fueron salvados por aqul famoso Antonio Puerta, “El Mangas”, que tenía su gango en unos de los mejores baños como era el de La Pavera. Hoy en día, el río se ha ido achicando de tal manera que es sólo ya una “manga de agua de apenas medio metro de calado que discurre junto a la margen derecha dejando paso a espadaña y hierbas junto al merendero. Bañarse allí es poner el culo en remojo y de aquella cuerda “trampolín”, mejor ni hablamos. Más abajo, algunos de los de toda la vida siguen bañándose en la playa de los cantos frente a la rotonda que ofrece la posibilidad de llevar la comida de casa. Sana costumbre casi en desuso. Los gangos han ido transformándose al ritmo de la vida cotidiana. Sigue, eso sí, la nocturnidad, o sea la pérdida del sentido del tiempo, sobre todo en tiempo de vacaciones escolares. Hablar de estos gangos y, sobre todo, de aquellos que se ha tragado el tiempo, el pico y la pala o el acomodo es siempre apasionante entre quienes peinan canas; más aún, incluso, con quienes no peinan ninguna. -Yo recuerdo uno que había en la Isla, frente a Palacio -dice Alberto-. -No, en la Isla hubo dos -comenta Carmelo-. Sí, en la “Isla” cuyo único acceso era un destartalado puente de maderas sobre el ramal de agua proveniente del desaguador del molino de la desgraciadamente desmontada Harinera. Puente peligroso y, a menudo, impracticable al que accedían pescadores y enamorados. Gangos y río, un binomio elemental solo transgredido por algunos casos aislados como los merenderos situados en el camino de Ontígola donde hoy se ubica el Albergue San Vicente de Paúl. O el de Isaac en las mismísimas puertas de Legamarejo. No había río pero sí una cacera, el Caz de la China donde algún espabilao (término utilizado en la Manchuela y por los gancheros tan fielmente retratados por Jose Luís San Pedro en la novela ‘El río que nos lleva’) sacaba cangrejos de río… de los buenos de los que presumía en el Bar Sol (ahora Jesmon Joyeros, junto a la jamonería Santi que cuenta con una solera de los años cincuenta). Alitas de pollo, caracoles, callos, ensaladas, conejos y pollos al ajillo con abundante salsa para mojar y las sempiternas y recurridas tortillas de patatas, eran la carta habitual. Ensaladas con sabrosos tomates y pepinos de la huerta y buenos vinos de Villaconejos, Noblejas, Yepes y hasta de Villarrubia de Santiago, muchas veces aligerados con la Campiña , aquella gaseosa autóctona. Sólo el griterío de los niños alteraba la charla familiar acurrcada bajo la brisa veraniega que de vez en cuando rompía la calma chicha y el batir de abanicos. Muchos han desaparecido o están inactivos. Pesa sobre alguno la incertidumbre, como el de “Sepultura”, inexplicablemente cerrado hace unos años. O rancho Grande en la rotura frente a la presa de “tillit”, frente a Rober Bosch. En los años cincuenta se contaban más de cuarenta. Salivilla que contaba con una playa peligrosa de verdad fue derruído y no quedan ni los cimientos. Igual que el de Sesé, también conocido con el Frenazo o el Pescador. El Infante, el del cartero, el del rebollo. Desde la presa del Embocador, construida en el sXVI para regular el caudal del río Tajo, hasta la conocida Junta de los ríos -Tajo y Jarama-, la historia de los guangos es tan variopinta como profusa. El Embocador fue objeto de importantes obras de acondicionamiento aunque desgraciadamente perdió las dos estaciones hidroeléctricas totalmente desmontadas como la del Molino. Sin embargo, aguas abajo, en Toledo, se han recuperado este tipo de mini centrales hidroeléctricas y se encuentran en pleno funcionamiento.

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Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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