Publicado: Vie, Abr 7th, 2017

El Real Cortijo prepara un homenaje a Godoy, Príncipe de la Paz, en el 250 aniversario de su nacimiento

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El próximo 12 de mayo, coinciendo con el inicio de sus fiestas, el Real Cortijo de San Isidro prepara un homenaje que tiene mucho de reparación histórica a Manuel Godoy al cumplirse el 250 Aniversario de su nacimiento en Badajoz. El programa de actos que aún no ha sido dado a conocer oficialmente contempla dar su nombre a un edificio singular y la celebración de una Conferencia-Debate en la que se abordarán la vida y obra del Príncipe de la Paz, con sus luces y sus sombras. En mayo, inaugurando las Fiestas de San Isidro, Godoy retorna a la que fuera una de sus posesiones más queridas: en el Cortijo, el Príncipe de la Paz, pretendió llevar a cabo una experiencia piloto de explotación agrícola sostenible e inteligente

 

[ Ricardo Lorenzo. MÁS ] Manuel Godoy, el chivo expiatorio del Motín de Aranjuez, utilizó la mitad de su larga vida (murió octogenario) para, desde la nada, alcanzar el Poder y la Gloria. La otra mitad, errante y exiliado, la gastó intentando en vano que se le hiciera justicia y se le restituyeran sus bienes y su buen nombre. Hablamos de Manuel Godoy (Badajoz,12 de mayo de 1767-París, 4 de octubre de 1851), el malquerido Duque de Alcudia y Príncipe de la Paz -entre otros títulos-. La Historia debe una reparación a Godoy y un análisis sin prejuicios de su trayectoria pública y humana, sin olvidar sombras -la persecución de Jovellanos, por ejemplo-, pero sin escamotear luces -su genio abierto a la modernidad, su impulso de la cultura y la educación, su habilidad política en tiempos turbulentos, la lealtad a sus reyes…- En el Motín de Aranjuez empezó a cavarse la tumba de Godoy. Desde el infausto 17 de marzo de 1808 hasta la fecha de su muerte, el 4 de octubre de 1851, su estrella se fue apagando, lenta y cruelmente, en sucesivos exilios, acompañando a Carlos IV y María Luisa, los reyes depuestos por su propio hijo traidor, el felón Fernando VII, en Compiègne, en Marsella, en Roma. En 1832 Godoy llega a París y hasta su último día, diecinueve años más tarde, no hace más que descender hacia la pobreza, no hace más que reclamar en vano. Camilo José Cela, Premio Nobel y Amotinado Mayor de este Real Sitio, en ‘A vueltas con España’ (Ed. Seminarios y Ediciones, 1973) escribe: “A Godoy le llamó Meléndez Valdés: atlante que sostenía sobre sus hombros el peso de la Monarquía. Moratín le piropeó de: apuesto, cumplido garzón. Después… después no importa. El extremeño es hombre capaz de todo, menos de levantarse. Su espíritu de independencia quizás se lo impida: para levantarse suele ser preciso apoyarse en los demás. Godoy murió pobre y resignado. Él, que todo lo fuera, murió con la humilde paz que Dios reserva a los paseantes de los jardines de París, de los jardines del Palacio Real y de las Tullerías, por ejemplo”. En el exilio parisino entretiene sus días escribiendo sus ‘Memorias’, el monumental texto (1.900 páginas tiene la versión que consulto, editada por la Universidad de Alicante en 2008; 1.048 páginas tiene la versión abreviada publicada el mismo año en La esfera de los libros) que es su descargo ante la Historia y en que recrea su vida, desde la infancia hasta la salida al destierro. A ‘Los sucesos de Aranjuez’ dedica el extenso capítulo XXXII que así comienza: “Llego ya a la tragedia de Aranjuez, acerca de la cual mi largo lloro, inconsolable durante tantos años, ha sido más por mi adorada patria, que por la grande desventura a que me trajo la envidia de los hombres”.  Las ‘Memorias’ fueron publicadas por entregas entre 1836 y 1842. Godoy, una vez más, leal a Carlos IV, le había prometido a éste, que no escribiría nada contra su hijo. Así que esperó a que Fernando VII muriera (en 1833) para darlas a la imprenta. Las ‘Memorias’ rápidamente recorrieron Europa traducidas al alemán, al francés, al inglés, despertando interés y admiración. En España, en cambio, sus irreductibles enemigos, menospreciaron la obra e incluso negaron su autoría . Blanco White, que la leyó en inglés, en su exilio londinense, sin embargo, no tuvo ninguna duda al respecto y lo dejó escrito: “Desde la primera línea he tenido la íntima convicción de estar oyendo una voz que creía interrumpida por la mano de la muerte; la certeza de que un llamamiento largamente reprimido de justicia y humanidad nos llega de alguien vencido por la edad, la tristeza, la pobreza y el desprecio general, a quien vimos en plena humanidad, esplendor y poder, objeto de universal adulación, condescendencia y sumisión”. En España será Larra, en memorable artículo, el primero en animarse a reivindicar la figura de Godoy y la obra que (a través de su mujer Pepita Tudó) intenta publicar entre nosotros: “Cuando se reflexiona que el hombre a quien ascendió a su lecho una nieta de Luis XIV, apeado ahora de sus brillantes trenes, lanzado de su propio palacio, desnudo de sus galas y veneras, arrojado por la fuerza de la opinión a las márgenes de un río extranjero, se presenta a las puertas de su país en modesto traje, con un humilde sombrero redondo en aquella cabeza que cubrieron coronas ducales, y con unos cuantos cuadernos impresos en la mano, no ya para reconquistar las perdidas grandezas, sino para reconquistar el nombre de ciudadano español, que catorce millones de hombres poseen sin esfuerzo alguno…”. Mesonero Romanos, en  ‘Memorias de un setentón’ pudo hablar con el anciano Godoy en el parque de las Tullerías donde lo vio muchas veces: “al parecer resignado y con las peripecias de su vida, sentado en una silla en los jardines, entretenido con los niños que jugaban en derredor suyo… Sus acompañantes en las Tullerías, solían ser los cómicos que se reúnen allí, como en Madrid en la Plaza de Santa Ana, los cuales solían tomarle por un actor jubilado o un aficionado veterano, y le conocían únicamente por ‘Monsieur Manuel’, sin sospechar jamás que sobre aquella hermosa cabeza había descansado una efectiva corona de Príncipe, que aquellos hombros habían llevado suspendido un manto verdaderamente regio, que aquel anillo que aún brillaba en su mano era el anillo nupcial que colocara en ella una nieta (la condesa de Chinchón) de Felipe V y de Luis XIV”. Los restos de Manuel Godoy descansan en el cementerio de Pere Lachaise en París. A la izquierda de la capilla, en la zona conocida como ‘La isla de los españoles’ (aquí yacen otros ilustres desterrados, empezando por Moratín, protegidos en su día por su vecino en la muerte), en la tercera línea de la división 45, está la tumba: en la gruesa piedra un medallón reproduce el perfil y el nombre: “Manuel Godoy, Duque de Alcudia y Príncipe de la Paz”.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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