Publicado: Jue, Mar 16th, 2017

Los sindicatos pierden peso

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Los dos sindicatos con más representación, UGT y CCOO, han celebrado recientemente sendos congresos para renovar ejecutivas y nombrar a los secretarios generales de sus respectivas comarcas. En UGT, después de un periplo de varios meses en manos de una gestora, tras la dimisión de la anterior secretaria general, Eva López Simón, será Tomás Alonso el máximo representante de los trabajadores desde su vertiente sindical. En el caso de CCOO repite, tras varios lustros, Jesús Quirós, un clásico con varias legislaturas a sus espaldas que cuando aterrizó dijo llegar “para un ratito”. Que el peso de los sindicatos en la sociedad ha perdido relevancia, mal que le pese a Alonso, es tan cierto como el continuo descenso de afiliaciones, con la pérdida de cerca de una cuarta parte de la militancia en los últimos años. La última gran movilización, a finales del pasado año, no hizo sino corroborar un hecho: los sindicatos pierden presencia y credibilidad entre los trabajadores y, además, han perdido fundamentos a la hora de la movilización. Cierto es que su incapacidad para la defensa de trabajadores autónomos, en constante crecimiento ante la crisis, el continuo vivero de EREs, los múltiples contratos precarios o los incesantes cambios legislativos son difíciles de combatir sin una gran masa de trabajadores detrás, pero antes de seguir inmersos en la rueda que gira alrededor de políticas obsoletas deberían llamarse a la reflexión y cuestionarse por qué están tan lejos de la confianza de los trabajadores. Que los sindicatos son un pilar fundamental para el buen funcionamiento de un país es innegable; que en una época de recortes en sanidad, en educación o en derechos laborales deben ser piedra angular en la quimera no puede ofrecer la menor duda, pero o se adaptan a los nuevos tiempos, se modernizan, se ajustan a la realidad y vuelven a hacerse fuertes o el futuro de los trabajadores quedará anclado en un pasado sin esperanzas de futuro. La falta de fuerza en las negociaciones, cada vez más del lado de la empresa, es un hecho que certifica los pobres resultados en materia de convenios colectivos. Si a la coctelera le añades la bajada de salarios por encima del 30%, la decadencia de la imagen por determinados casos de corrupción a nivel estatal o la autocomplacencia en la nula renovación de cargos o estructuras no puede resultar más que una pérdida de credibilidad que está haciendo mucho daño a los derechos adquiridos durante tantos años. Que CCOO y UGT, dos formaciones con un poso indiscutible en España, no hayan sido capaces de colocarse entre los sindicatos más relevantes en Europa es una afirmación que constata que sus políticas de captación no ofrecen la confianza necesaria, y con tan baja afiliación ni Gobierno ni Patronal sienten ningún tipo de presión ante decisiones que siempre perjudican al trabajador. Cuestiones tan importantes hacen que la reflexión sea dar un paso al frente o apartarse para los que quieran empujar desde atrás. La renovación profunda debe combatir un elitismo desde lo más profundo de sus estructuras internas, eso que llaman ‘renovarse o morir’.

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