Publicado: Vie, Ene 20th, 2017

Sampedro, el escritor ‘nacido’ en Aranjuez

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La cultura ribereña se sustenta en tres pilares que conforman la columna vertebral de su historia. Cada uno en su universo: Rodrigo, en las partituras; Rusiñol, en los pinceles; y Sampedro, en las letras. Los tres dieron prestigio y nombre a esta ciudad, la llevaron por el mundo, la trataron con inteligencia y la colgaron de sus corazones; a veces solitarios, a veces inundados de la admiración que siempre despertaron.

El 1 de febrero se conmemorará el centenario del nacimiento de uno de los escritores más destacados de este país. José Luis Sampedro cumplirá cien años y mantendrá viva la llama de las calles de este pueblo, ‘su’ pueblo, que como él siempre dijo, despertó al escritor que llevaba dentro. Nació en Barcelona en 1917, aunque allí apenas vivió cinco años ya que su familia se trasladó a Tánger, lugar en el que permaneció hasta su adolescencia, que pasaría en Aranjuez. Cuando estalló la Guerra Civil, en 1936, fue llamado a filas por el ejército republicano aunque en un futuro próximo, temiendo por su muerte, pasaría a formar parte del bando contrario. En 1940 comenzó a trabajar como funcionario de aduanas en Santander pero pidió el traslado a Madrid, donde comenzó sus estudios de Ciencias Económicas que finalizaría en 1947. Allí conoció a su primera esposa, Isabel Pellicer, que falleció en 1986. A finales de los 90 contrajo matrimonio con Olga Lucas, escritora, poetisa y traductora con quien compartió sus días hasta el 8 de abril de 2013, fecha en la que el humanista falleció en su casa, en Madrid. El economista Sampedro, además, destacó como economista. Trabajó en el Banco Exterior de España e impartió clases en la universidad, convirtiéndose, en 1955, en catedrático de Estructura Económica por la Universidad Complutense de Madrid, desempeño que compaginó hasta 1969 con distintos puestos en el Banco Exterior, donde llegó a ser Subdirector General. Entre 1965 y 1966, y ante las destituciones de los catedráticos en la universidad española Aranguren y Tierno Galván, decidió hacerse profesor visitante en las universidades de Salford y Liverpool y junto a ellos, y a otros profesores, crearon el Centro de Estudios e Investigaciones (CEISA), que sería cerrado por el gobierno franquista tres años después. En 1968 es designado ‘Ann Howard Shaw Lecturer’ en la universidad norteamericana Bryn Mawr College y a su regreso a España pide la excelencia en la Complutense. En 1977 es nombrado senador por ‘Designación Real’, en las primeras Cortes democráticas. Su obra Su primera novela, ‘La estatua de Adolfo Espejo’, la escribe al acabar la guerra aunque no fue publicada hasta 1994. En 1951 publica ‘Congreso de Estocolmo’ y en 1961, ‘El río que nos lleva’, una obra que se forja de sus vivencias en esta ciudad. En 1970 publica ‘El caballo desnudo’; en 1981, ‘Octubre, octubre’ y en 1985, ‘La sonrisa etrusca’, inspirada en Miguel, su único nieto, y tal vez su primer éxito clamoroso. En 199o publica ‘La vieja sirena’ y tres años más tarde, su segunda obra dedicada a la ciudad ribereña: ‘Real Sitio’. En 1994 publicó ‘La sombra de los días’; en el año 2000, ‘El amante lesbiano’, que acaparó la atención de la crítica y obtuvo un importante éxito de ventas. En 2006 vio la luz ‘La senda del drago’ y en 2011, ‘Cuarteto para un solista’. Su última obra publicada fue ‘Monte Sinaí’, en 2012. También escribió varias obras sobre economía y dos cuentos, ‘Mar al fondo’ (1992) y ‘Mientras la tierra gira’ (1993). En 2008, recibió la Medalla de la Orden de Carlomagno del Principado de Andorra. En abril de 2009 fue investido como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Sevilla. El 22 de julio de 2010 recibió el XXIV Premio Internacional Menéndez Pelayo. El Consejo de Ministros de 12 de noviembre de 2010 le otorgó la Orden de las Artes y las Letras de España “por su sobresaliente trayectoria literaria y por su pensamiento comprometido con los problemas de su tiempo”. Pero Sampedro también fue un hombre comprometido con la sociedad y se erigió en uno de los referentes del movimiento del 15M. Como legado dejó un magnífico prólogo del libro ‘¡Indignaos!’, de Stéphane Hessel.

 

RAMÓN PECHE [ JEFE DE PROTOCOLO DEL AYUNTAMIENTO DE ARANJUEZ ]

Nuestro vecino José Luis Sampedro

 

Conocí personalmente a José Luis Sampedro el 11 de febrero de 1982, cuando se acercó a su querido Aranjuez para presentar su, entonces, última novela, ‘Octubre, octubre’, en la Librería Aranjuez, donde firmó ejemplares y departió con los vecinos. Después pronunció una conferencia en la sede del Colectivo Ribereño de Acción Cultural, el CRAC, que tituló ‘Mi Aranjuez, hace medio siglo’, en la que rememoró aquel verano de 1930 cuando, contando 13 años, llegó a Aranjuez con su padre, médico destinado en el Colegio de Huérfanas de la Calle del Capitán. Aquí comenzó su andadura literaria, joven e impulsiva en sus primeros años, para consolidarse con el tiempo en una de las plumas mas fructíferas y elogiadas de nuestra literatura reciente. En aquella tarde, los jóvenes incipientes periodistas del periódico ARANKEJ, mirábamos desde nuestros escasos 22 años la figura de José Luis, que nos deleitaba con sus recuerdos, mencionando de forma cercana y cotidiana a personajes históricos que conocíamos por las páginas de los libros (Alfonso XIII, Santiago Rusiñol…), intercalándolos con sus maravillosos recuerdos de calles, plazas y parajes por los que dejó correr sus primeros años. A través de su memoria, nos transportó hasta su primera residencia en las calle del Rey y luego en la calle del Capitán; a sus paseos por la calle de Stuart, por la Mariblanca, por el Mar de Ontígola… Nos regaló su percepción de un Aranjuez plagado de bicicletas de los jornaleros que acudían al campo ribereño o de los obreros de la Azucarera y de la Cintera. Nos hizo cómplices en su emocionado recuerdo de Don Justo Escudero García Bezamil, que fomentó la lectura en sus años mozos y creó una biblioteca a la que costaba suscribirse 50 céntimos mensuales. Nos confesó los disfraces de “guarrillos” que los chavales se ponían en las fiestas de Carnaval. Compartió con nosotros las proyecciones de películas en blanco y negro en la Plaza de Toros. Nos empapó de sus baños en El Molino… Aquella tarde, José Luis, con 65 años plenos de vida, nos hizo partícipes de su amor por Aranjuez y sus gentes, de una forma llana, amena, cercana, como solía ser habitual en él. José Luis volvió en infinidad de ocasiones a su Real Sitio y en muchas de ellas tuve la suerte y el honor de hacerle compañía, ya por ser su acompañante casual en alguno de sus fugaces recorridos por los Jardines, por el Raso de la Estrella o por el Casco Histórico, ya por hacerse acreedor de alguno de los honores y distinciones municipales que ostentaba. Los tenía todos: Hijo Adoptivo, Medalla de Oro, Amotinado Mayor, su nombre en un centro de adultos, en la biblioteca de un instituto, en un aula poética o en una sala de lectura… Solo Joaquín Rodrigo le iguala en la lista de Títulos honoríficos arancetanos. Y eso que nunca gustó de agasajos. Cada vez que una nueva corporación municipal me indicaba que buscara su beneplácito para poner su nombre a una calle, me decía: “Aparta de mí este cáliz Ramón, que en este país, cuando te ponen una calle es que te quedan dos telediarios y a mí lo que me queda es mucha guerra que dar…”. Y ese argumento me lo repitió la última vez que le llamé con la misma monserga. Era el año 2009 y tenía, entonces, 92 años… Tuvo que ser la parca, siempre inoportuna, la que propiciara, que el Ayuntamiento pudiera, por fin, denominar un espacio público con su nombre. José Luis fue ese hombre abierto, solidario, defensor de la libertad y de la vida, que se imponía al académico, al escritor, al economista, al ensayista, al dramaturgo, al profesor… pues todas estas facetas cultivaba nuestro recordado Sampedro. José Luis, al menos en Aranjuez, no precisaba mostrar su cara amable, pues no era otra la que solía gastar cuando paseaba por las avenidas y los pensiles de la ciudad barroca. Respiraba humanidad y compromiso al mismo tiempo, y en su domicilio madrileño de Cea Bermúdez, cualquier ribereño encontraba la puerta abierta, apertura hacia esta ciudad que ha mantenido su fiel compañera Olga Lucas, sensibilizada por el propio José Luis hacia estos lares que riega el río que nos lleva, del que Sampedro fue adalid hasta la saciedad. Acertada es la elección del lema que identifica este centenario de su nacimiento que ahora conmemoramos, Cien años con José Luis Sampedro -al que se unen instituciones de toda España y, en Aranjuez, el Ayuntamiento y el Foro Cívico- pues marca la diferencia con otros acontecimientos y efemérides que se suelen rememorar por simple justicia con la Historia. Con José Luis es diferente. Ejerció de vecino ejemplar, amante de su ciudad, cuando la vida le trajo a pisar estas calles, a tocar estas piedras, a respirar este aire… pero también, con más fuerza si cabe, cuando los avatares de la misma vida le llevaron a otras geografías personales y literarias, desde las que no dejó de defender y difundir nuestra imagen y nuestra cultura. Haber compartido con él momentos y situaciones, deja una huella especial, indeleble, eterna, pero cercana, a flor de piel, que se reproduce como una cicatriz del corazón cuando de nuevo se acude a su literatura para buscar y encontrar ese Aranjuez de siempre al que amó y defendió el vecino José Luis Sampedro.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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