Publicado: vie, Mar 21st, 2014

La ciudadanía es un arma cargada de futuro

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“¡A la calle! que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo”.
(Gabriel Celaya, 1955)

¿España en marcha o Españas en marcha? Más bien esto último. La España de la Dignidad, que es política y social, ya desde 2011 viene moviéndose de continuo para frenar a esa España gobernante, corrupta, rendida a la troica, plagada de ministros y ministras en blanco y negro que encomiendan la política a Vírgenes y Santos. No paro de imaginar al añorado Berlanga haciendo virguerías cinematográficas con todo este elenco de “píos mandamases” que imponen medallas a las Santísimas, besan crucifijos y ponen primeras piedras de futuros cuarteles de la Guardia Civil acompañados de todo un friso de estereotipos gustosamente heredados. Nos queda Almodóvar, pero a su cine le falta una miaja de valentía para retratar esta España mariana, frascuela y panderetil que la caspa ministerial nos regurgita una y otra vez.

La España de la Dignidad está en marcha reclamando, y a veces consiguiendo, poner en pie parte de esa hilera de derechos tirada al suelo por los cincuenta y dos Reales Decretos Ley inconcebibles en un país democrático, que, a modo de napalm político autoritario, ha utilizado el PP en estos dos años de gobierno de dudosa legitimidad. Aún me chirría aquella frase de Mariano Rajoy: “Quien me ha impedido cumplir mi programa ha sido la realidad”.

A Mariano, la realidad le habrá impedido cumplir su programa, pero no cumplir sus políticas. ¡Así nos va!

La España del 22 M, en gran manera, hija o hermana de aquella otra surgida el 15 M, llega a Madrid no solo para mostrarse contrapoder a los Rajoy, González, Cifuentes y Botella. Llega a Madrid como enmienda a la totalidad a la política gastada, más que anacrónica, anidada en la mentira tan propia de la supervivencia institucional y sistémica. Me refiero a esa política asocial, anti ciudadana, endogámica, encerrada en sus instituciones —con alguna que otra escapadita a Suiza—, que no para de untar vaselina supuestamente democrática y constitucional para embadurnar de pretendida legitimidad a las reformas que nos empobrecen a la mayoría a la par que enriquecen a sus más cercanos. Lo que acontece es que, al contrario de lo que ocurría en el cuento de El traje del Emperador, la ciudadanía desde hace tiempo les percibe desnudos y deslegitimados. Y lo mejor de todo: no se miente a sí misma y se lo cuenta, a quien sea, a la cara.

El 22 M, el 15 M, la PAH, Gamonal, la defensa del río Tajo, las mareas multicolores así como cualquier movimiento ciudadano que se haya desembarazado de la tenaza de la partitocracia, ya hacen un correlato entre siglas, discursos, formas de relación, políticas y los efectos de estas sobre la ciudadanía. Los movimientos ya sacan conclusiones y las hacen públicas, y demuestran que van organizándose socialmente al margen del poder político y de la representación tradicionales. La ciudadanía está reaprendiendo a no desentenderse de la Política desenmascarando a la política. Solo desde fuera del régimen se puede reconstruir la Democracia. ¿Después del 22 M se podrá considerar regenerada o reconstruida la Democracia? No. Como tampoco lo estuvo después del 15 M, ni de los logros de la PAH o de las mareas, pero lo que es innegable es que la continuidad de la acción de los movimientos ha conseguido una mayor fiscalización de la política; somos, en general, mucho más sensibles e inflexibles ante la corrupción que aflora a diario y ante las políticas que nos desposeen de nuestro derechos ciudadanos.

Nos queda un camino más que volver a recorrer, paralelo al anterior, sin suplantarlo. Nos queda asumir que también, subrayo lo de “también”, es necesario que el movimiento cree sus propias instituciones políticas o, mientras esto ocurre, llegue a las ya existentes con el objetivo político de democratizarlas, realizar las políticas que la ciudadanía necesita y blindarlas contra cualquier tipo de corrupción.

¡Por un 22 M histórico… y más allá!

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