Publicado: Vie, Ene 10th, 2014

Aerolíneas Gallardón. Destino Londres

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El “verso suelto” se nos ha “convertido” en un ripio permanente de extrema derecha. Quienes le conocen, le definen como “un ego tan poblado como sus cejas”. Y es que de las zejas sociales del fugaz primer ZP regresamos, a través de este nuevo Centinela de Occidente, que es el ministro de Justicia, a las de Carrero Blanco y, obedientemente, a las de su padre, otro cruzado que hizo de la lucha contra el derecho al aborto buena parte de su carrera política, y que ahora su vástago retoma con furor liberticida.

La derecha tiene con los apéndices capilares el mismo problema que con su tramposo y eterno “viaje al centro”. Por mucho que se disimulen dejan rastro, y sus portadores siempre llevarán la mochila tan cargada de “orígenes” que les hace, a ellos y a sus políticas, incompatibles con la modernidad y la libertad. (Fin del trayecto).

Desde que en 2008 se avanza hacia el aborto libre, el batallón de la cruz y la política misacantana no ha cejado en sus acometidas inquisitoriales contra el derecho al aborto. “La maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres” sentenció la cacofonía ideológica de Fachardón. “[El aborto] Tiene algo que ver [con ETA], pero no demasiado”, dijo el ministro y miembro del Opus, Fernández Díaz. Ambas frases nos dan la clave del camino seguido por este Gobierno con su penúltima vuelta a un pasado no superado. La mujer que aborta es, en cierta manera, ETA; al igual que también lo es la ciudadanía discrepante.

La realidad desborda y asusta al Régimen mariano, que frente a esa imaginada etarrización desbocada de la ciudadanía, responde elevando el autoritarismo represor de libertades y derechos civiles y tutelando, en este caso, a las mujeres en tanto que seres concebidos como incapaces de asesorarse o de decidir sobre el desarrollo de su personalidad y la maternidad.

La derechona, que “ora y embiste”, machista y cavernaria, pudiente y londinense, retoma el vuelo como lo hizo durante el franquismo, de tapadillo, para que hijas, esposas o amantes se deshagan, previo pago y con garantías sanitarias, de la embarazosa carga. El pecado para estos gigantes de la falsa moral no está en el hecho, sino en que éste se sepa. Su conciencia, después de darse un paseo por Piccadilly Circus, regresa inmaculada. A las “otras mujeres” se les impone la falsa moral, única, doméstica, prejuiciosa y antigua, que el Gobierno ha comprado —y pagado— a la Conferencia Episcopal de Rouco Varela y al lobby ultracatólico y reaccionario de los “pro vida”. Jalean todos estos santurrones que la ley del crucifijo en la vagina desiguale socialmente a las mujeres, les prohíba el derecho a la información, cercene su libertad sexual y reproductiva y les restrinja el derecho a decidir. No parece importarles que se vuelva a poner en peligro la salud y la vida de muchísimas de ellas, que se verán obligadas a abortar en pésimas condiciones, ni la creciente precarización económica y laboral de las familias, o la inexistencia de ayudas a la Dependencia, que hacen inviable una vida digna a las personas obligadas a nacer pese a sus graves malformaciones. Su máxima: ¡No abortes, se madre: resígnate; o mejor: sométete!

Este Gobierno se “explica” diciendo que garantiza el derecho a la vida del “concebido pero no nacido”. Cuando nazca y necesite escuelas infantiles, hospitales públicos, espacios lúdicos o, más adelante, colegios, becas, universidades y trabajo digno será otro cantar. Los derechos del feto se convertirán en demandas caprichosas de seres que pretenden vivir “por encima de sus posibilidades”. Así es la derechona. Combatámosla para que esta asquerosa ley y toda su política dure lo que duren ellos en el Gobierno.

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